El general Douglas MacArthur había salido de las Filipinas rumbo a Australia por órdenes del presidente Roosevelt para continuar la defensa de las fuerzas aliadas en el suroeste del Pacífico, dejando al general Wainwright al mando de las fuerzas estadounidenses y filipinas en el área de Bataan.

 

Las fuerzas japonesas estaban esperando reforzar sus posiciones y unidades para finalizar la ocupación de Filipinas, sin embargo, continuaban bombardeando y realizando andanadas de artillería sobre Manila, Bataan y Corregidor.

 

Aunque las esperanzas de recibir auxilio y refuerzos seguían vivas, no había ninguna ayuda en camino. Carlos P. Romulo, periodista y ahora ayudante personal de MacArthur, describe el terror de la población filipina por las atrocidades cometidas por los invasores japoneses:

Atrocidades de los japoneses en Filipinas

Un niño muerto en Luzón, en las Filipinas, a manos de los japoneses.

Y ahora, en estos últimos días amargos de marzo, una nota me fue traída por uno de nuestros oficiales que había superado el bloqueo. Estaba escrita por la mano del Presidente de Filipinas.

 

Una sola línea pero, viniendo de la mano de Quezon, era un compromiso de honor: ‘Sólo una palabra para decir que no los olvidaremos o abandonaremos. M.L.Q.’.

 

¡Represalia! Para nosotros se había vuelto la palabra más fea en el lenguaje humano. Nuestros informes de inteligencia nos traían terribles historias de represalias a lo largo del tramo de doce millas de agua que nos separaba de Manila.

 

Hemos escuchado hablar de miembros de las principales familias que han sido obligados a trabajar como sirvientes de casa en hogares usurpados por los japoneses.

 

Nos dijeron de niñas, cuyos padres se rehusaron a cooperar, que desaparecieron en las zonas rojas construidas por los invasores.

 

Los japoneses, al reconstruir nuestro sistema norteamericano de escuelas públicas para servir a sus políticas, realizó autos-da-fé de todos los libros que contenían referencias a la peligrosa ‘democracia estadounidense’.

 

Los niños filipinos que asistían a estas escuelas fueron forzados a cortar su cabello a la moda japonesa.

 

Nos enteramos que chinos prominentes, viviendo en Manila, que habían apoyado abiertamente a Chiang Kai-shek, eran asesinados sistemáticamente por los japoneses.

 

¡Cuán desesperados estaban los japoneses por su odio! Diez filipinos fueron arrastrados de sus casas y ejecutados porque un centinela japonés fue herido con un bolo [cuchillo grande de un solo filo utilizado en Filipinas] por algún adversario desconocido.

 

Una mujer estadounidense fue torturada por oficiales japoneses al rehusarse a proporcionar información en relación con movimientos militares y un doctor filipino arriesgó su vida al llevarla a su casa y cuidar de ella.

¡Y aun así nuestra gente se defendió! Nos enteramos que nuestro pueblo se rehusaba a cooperar, que estaban destruyendo sus cultivos, pasando hambre, desafiando a sus conquistadores.

Si deseas saber más, lee “I Saw the Fall of the Philippines” [Yo ví la caida de las Filipinas], del coronel Carlos P. Romulo.

Soldados japoneses en Manila, en una patrulla diaria pasando al lado de monjas católicas.

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