El 26 de mayo de 1942, Rommel lanzó un ataque sorpresa en las líneas británicas en el desierto de Libia. Ambas partes se habían estado preparando para una ofensiva, pero Rommel tenía, por el momento, una ventaja comparativa en el suministro a través del Mediterráneo.

 

La Línea Gazala se extendía por unos 100 kilómetros desde Gazala, en la costa, hasta Bir Hacheim, en el desierto. El Octavo Ejército británico mantenía el frente que era bien defendido y protegido por enormes campos minados entrelazados en una escala nunca antes vista -más de medio millón de minas estaban enterradas allí-. Detrás de los campos minados estaban brigadas bien equipadas agrupadas en “fortines”. Estos fortines eran puntos fuertemente defendidos y que constituían la columna vertebral de la posición en Gazala.

 

Después de un ataque de distracción en el centro de la línea, Rommel había decidido flanquear la misma marchando lejos hacia el sur, adentrándose en el desierto hasta llegar al último “fortín” en el sur, para luego virar hacia el norte nuevamente. La fortificación más al sur se encontraba en Bir Hakeim y estaba defendida por los miembros de la Francia Libre.

 

Fue aquí que una de las pocas mujeres que estaban justo en el frente de batalla, Susan Travers, se encontró ocupando una de las posiciones más expuestas en la línea. Ella era el conductor del General Kœnig, el comandante de los soldados de la Francia Libre, un papel que desempeñó voluntariamente con el fin de estar con él, ya que ella también era su amante. Ahora se encontraba en el centro de la feroz batalla. Como la mayor parte del ejército alemán barrió el desierto en torno al “fortín” de Bir Hakeim, este fue objeto de un ataque directo de una poderosa fuerza de tanques italiana:

Embestida del Afrika Korps en Gazala

Rommel se había hecho de una reputación en Francia, al conducir a sus tropas en avances relampagueantemente veloces, una táctica que trató de emplear una vez más al intentar romper las líneas británicas en el desierto de África, durante la Operación Venecia, en mayo de 1942.

Nuestra odisea comenzó en una noche con luz de luna en mayo, cuando se escucharon fuertes disparos a la distancia, justo antes del amanecer. En el norte, el cielo repentinamente se encontró en llamas y había destellos de cañones y explosiones. Una brigada anglo-india hindú, afuera de la alambrada, había sido vencida por un fuerte ataque de tanques y por números muy superiores mientras que custodiaban la periferia. Media hora más tarde, el primero de los tanques enemigos se puso a la vista -ochenta de ellos, todos avanzando juntos-, disparando indiscriminadamente mientras llegaban, el chirrido de sus orugas añadiendo a la cacofonía de terror que ahora envolvía a Bir Hakeim. Fueron seguidos de inmediato por un impresionante número de camiones que transportaban infantería y artillería.

 

Me retiré a mi refugio, apretando mi casco de hojalata sobre mi cabeza, escuchando el sonido distante de las minas terrestres explotando bajo las orugas de los grandes monstruos de metal, que estaban intentando segar su camino hacia nosotros. Los proyectiles estremecían a medida que caían en los alrededores. Minutos antes de que el ataque principal hubiera comenzado, Amilakhvari había aparecido en la entrada de mi guarida de conejo.

 

Esto es para ti’, dijo, entregándome su rifle con una amplia sonrisa. ‘Supongo que no tendrás que usarlo, pero pensé que podría hacerte sentir mejor’.

 

Lo tomé agradecidamente y le brindé una mirada de tal gratitud y afecto que se ruborizó. Sentada con este sobre mi rodilla en mi refugio por las siguientes horas, en verdad me sentí mucho mejor.

 

A las diez de mañana, el pequeño ordenanza indochino, que habíamos apodado Trompette, hizo sonar su clarín de latón pulido para el todo sereno y aquellos que habíamos tomado cubierta emergimos parpadeando en la luz del día para ver el daño que se había hecho. A pesar de la evidencia de cráteres grandes en la arena y rocas alrededor de nosotros, las noticias eran buenas.

 

Gabriel de Sairigné llegó al cuartel general para informar al general, con una sonrisa en su cara sucia de tierra. ‘Los italianos se han retirado, señor, con la pérdida de treinta y cinco de sus tanques. Casi un centenar de prisioneros han sido capturados y muchos han muerto, mientras que, de nuestro lado, sólo hay dos bajas y un cañón destruido. Señor’.

 

El general estaba complacido y también nosotros. Al recibir las noticias vía la radio en el cuartel general británico, una carta llegó desde arriba que no seríamos conocidos más como los Franceses Libres, sino como La France Combattante, los Franceses Peleadores. Fue un nombre que realmente no se quedó, pero se apreciaba el honor.

 

Los italianos apenas podían creer lo que había sucedido. De hecho, unas horas antes, varios soldados, viendo sus propios vehículos (abandonados) y pensando que la posición debió haber sido tomada, se aproximaron a Bir Hakeim por error. Fueron capturados rápidamente y sus transportes destruidos. Fue un primer día notable.

Si deseas saber más, lee “Tomorrow to Be Brave: A Memoir of the Only Woman Ever to Serve in the French Foreign Legion” [Mañana para ser valiente: una memoria de la única mujer que sirvió en la Legión Extranjera francesa], de Susan Travers.

El coronel general Erwin Rommel durante una inspección de las tropas italianas. En primer plano un tanque italiano Semovente 75/18.

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