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Cuando la Navidad llegó tarde a Davao

Mary Dougherty, trabajadora de la Cruz Roja, inspecciona un paquete de alimentos destinado

Mary Dougherty, trabajadora de la Cruz Roja, inspecciona un paquete de alimentos destinado a un prisionero estadounidense. En junio de 1942, 20,000 paquetes de este tipo fueron enviados hacia el Lejano Oriente a bordo del Gripsholm, junto con cigarrillos y otros suministros para estadounidenses cautivos o internados en Japón, China ocupada y Filipinas. (Foto: United States Office of War Information / Library of Congress).

Después de la caída de Manila y casi nueve meses después de la rendición de Corregidor, el cautiverio se había convertido en una realidad prolongada para miles de militares estadounidenses y filipinos en las Filipinas ocupadas. Los prisioneros estaban repartidos entre cárceles, campos y destacamentos de trabajo en distintas partes del archipiélago.

En Mindanao, unos 2,000 prisioneros de guerra estaban confinados en la antigua Colonia Penal de Davao, situada a unos 80 kilómetros de la ciudad, en una región de pantanos y selva. Aproximadamente la mitad había sido trasladada desde Cabanatuan en octubre de 1942; poco después se les unió otro contingente de alrededor de mil hombres procedente de Malaybalay, en el centro-norte de Mindanao.

Para quienes habían llegado desde Cabanatuan, Davao había supuesto al principio una mejora relativa. Las enfermedades habían alcanzado allí proporciones epidémicas y la desnutrición había debilitado de tal manera al contingente trasladado que, al llegar a Mindanao, más de la mitad de los hombres no estaba en condiciones de trabajar. Aquella comparación, sin embargo, decía tanto sobre lo que habían dejado atrás como sobre lo que encontraron en Davao.

Entre ellos se encontraba el capitán de corbeta Melvyn H. McCoy, de la Marina de los Estados Unidos. Había servido en el Arsenal Naval de Cavite y permanecido en Corregidor hasta la rendición del 6 de mayo de 1942; después pasó por Bilibid y Cabanatuan antes de ser trasladado a Mindanao.

En su relato de Davao, McCoy conservó una escena de aquellos primeros meses:

Una tarde de principios de enero, cuando regresaba del trabajo, me encontré cerca de los barracones con un marinero que había pertenecido a mi unidad en el Arsenal Naval de Cavite antes de la caída de Corregidor.

¡Es Navidad, comandante McCoy! —gritó—. ¡Es Navidad!

Sabía perfectamente que la Navidad ya había pasado, prácticamente sin que nos diéramos cuenta, así que le pedí que explicara su entusiasmo.

Cosas de casa —balbuceó—. Cajas de Estados Unidos. Cajas de la Cruz Roja.

Había apresurado el paso y para entonces ya trotaba a su lado. Debo confesar que los dos echamos a correr, a toda velocidad, hacia los barracones.

La noticia era cierta. Había, en efecto, cajas de la Cruz Roja y dos para cada prisionero. Más que eso: para cada uno de nosotros significaban el hogar. Mientras cada prisionero abría una caja, sospecho que muchos, entre ellos yo, lo hacían con un nudo en la garganta.

No intentaré describir la alegría con que recibimos aquellas cajas de la Cruz Roja. Así como no existe una palabra para “verdad” en el idioma japonés, tampoco conozco palabras capaces de describir los sentimientos con los que recibimos aquella primera comunicación desde nuestra patria. ¡Y qué bienvenido era el mensaje que traían aquellas cajas!

En primer lugar, había café: un concentrado que sabía mejor que cualquier taza humeante que hubiera bebido para sobrellevar una noche helada en el puente de un buque en alta mar. Era el primero que probaba desde un sorbo conseguido de contrabando en la antigua prisión de Bilibid, en Manila. Había barras de chocolate, queso, carnes enlatadas y sardinas, cigarrillos y una porción de té, cacao, sal, pimienta y azúcar. Lo mejor de todo era que había sulfamidas y preciada quinina.

Como no fumaba, no tardé en hacer un trueque ventajoso con mis cigarrillos. El único tabaco disponible para quienes fumaban era una hoja de tabaco local bastante áspera que crecía dentro del recinto de la prisión. A menudo ni siquiera había de eso, y los prisioneros recurrían a las barbas de maíz y a hojas secas.

Sin embargo, por mucho que negociara, no encontré a nadie dispuesto a desprenderse de una sola migaja de su queso: desde nuestra captura no habíamos probado mantequilla, leche ni ningún otro producto lácteo… Nuestra Navidad se había retrasado, pero fue una de las más agradables que muchos de nosotros recordaremos siempre.

Además de las dos cajas que recibió cada prisionero, cada uno de nosotros recibió también quince latas de carne de res en conserva o de estofado de carne y verduras. Los japoneses nos las racionaron a razón de dos latas por semana, de modo que duraron aproximadamente ocho semanas. La comida durante esas ocho semanas fue la mejor y más nutritiva que recibí durante los once meses que estuve prisionero de los japoneses.

Pero nuestra celebración tardía de la Navidad también tuvo un lado oscuro. En primer lugar, supimos que nuestros preciados suministros de la Cruz Roja habían sido recibidos en Japón, a bordo de un buque diplomático, ya en junio de 1942. Nunca supimos por qué tardaron unos siete meses en llegar hasta nosotros, en Davao. Más desastroso aún fue que, tan pronto como recibimos nuestras cajas, los japoneses suspendieron de inmediato la escasa ración de verduras que hasta entonces se nos había entregado.

Y cuando cada hombre terminó la última de sus quince latas de carne, seguíamos sin recibir verduras.

En resumen, habíamos vuelto a las mismas raciones que recibíamos en Cabanatuan: lugao por la mañana y, en las otras dos comidas, arroz con media taza de cantimplora de una sopa aguada de hojas de camote.

Si deseas saber más, lee Ten Escape from Tojo [Diez escapan de Tojo], de Melvyn H. McCoy y Stephen M. Mellnik, según relato recogido por Welbourn Kelley.

El envío de socorros al Lejano Oriente dependía de un corredor diplomático muy limitado. El Gripsholm, un trasatlántico sueco neutral fletado por el gobierno estadounidense para intercambios de ciudadanos con Japón, zarpó de Nueva York el 18 de junio de 1942 rumbo a Lourenço Marques, en el Mozambique portugués. Entre su carga viajaban 20,000 paquetes de alimentos de la Cruz Roja, un millón de cigarrillos y otros suministros destinados a estadounidenses cautivos o internados en Japón, China ocupada y Filipinas. Desde el punto neutral, aquella ayuda debía continuar su recorrido bajo los mecanismos de distribución aceptados por Japón.

El registro oficial del cautiverio estadounidense en Filipinas dejó sobre Davao una anotación mucho más seca:

Al principio, la alimentación era aceptable y consistía principalmente en arroz, sal, azúcar y verduras. Algunos de los comentarios de los prisioneros sobre la comida en aquellos días fueron los siguientes:

“Cultivamos nuestros propios alimentos, incluido arroz en los arrozales. Seguimos viviendo bien de la granja”.

“Trabajando en una granja avícola para nuestro propio consumo”.

“Comemos mucho arroz tres veces al día, capullos de plátano y papaya verde, frijoles mungo, camotes y yaca, con la que se hace una buena sopa. La comida de la selva es buena”.

El 29 de enero de 1943, cada prisionero recibió un paquete y medio de la Cruz Roja, lo que ayudó en cierta medida; pero, al mismo tiempo, los japoneses dejaron de distribuir alimento alguno y no restablecieron la ración original, ni siquiera después de que se agotaran los suministros de la Cruz Roja.

Si deseas saber más, visita Mansell, sección “Report on American Prisoners of War Interned by the Japanese in the Philippine Islands”, informe preparado por la Office of the Provost Marshal General el 19 de noviembre de 1945.

Para los hombres de Davao, el cautiverio también significaba no saber qué había ocurrido con aquello que desde fuera intentaban hacerles llegar. Una carta, una medicina o un paquete podían haber cruzado océanos y, aun así, quedar fuera de su alcance durante meses.

En Davao, esa dependencia se veía en cosas muy concretas. Un paquete preparado meses antes podía detenerse en algún punto del recorrido, pasar a otras manos y aparecer cuando su destinatario ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba esperándolo. No hacía falta que desapareciera para quedar fuera de alcance: bastaba con que alguien decidiera cuándo podía seguir adelante.

La guerra del Pacífico seguiría cambiando a una escala que los hombres de Davao apenas podían percibir. Para ellos, el tiempo obedecía a otras esperas. En Davao, hasta la Navidad necesitó permiso para llegar.

El M.S. Gripsholm, trasatlántico sueco empleado como buque neutral de intercambio, fotogra

El M.S. Gripsholm, trasatlántico sueco empleado como buque neutral de intercambio, fotografiado en junio de 1942. El 18 de ese mes zarpó de Nueva York rumbo a Lourenço Marques llevando, entre otros suministros, paquetes de la Cruz Roja destinados a estadounidenses cautivos o internados en el Lejano Oriente. (Foto: U.S. Coast Guard / Maritime Administration, U.S. Department of Transportation).

De izquierda a derecha, el capitán William Edwin Dyess, el capitán de corbeta Melvyn H. Mc

De izquierda a derecha, el capitán William Edwin Dyess, el capitán de corbeta Melvyn H. McCoy, el general Douglas MacArthur y el mayor Stephen M. Mellnik en Brisbane, Australia, el 30 de julio de 1943. McCoy y Mellnik serían los autores principales de Ten Escape from Tojo. (Foto: U.S. Air Force / The National WWII Museum).

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