Cada 30 de enero, Hitler daba un discurso en el Palacio de los Deportes de Berlín, ante multitudes gigantescas, con motivo de la celebración de su nombramiento como Canciller de Alemania. En esta ocasión, él no era menos popular con los fieles al partido, incluso con aquéllos que racionalizaban y podían ver la terrible posición en la que Alemania se encontraba actualmente en relación con la guerra.

 

La Wehrmacht había manifestado abiertamente su fracaso tratando de romper las defensas soviéticas y la consecución de una rápida victoria se alejaba. Ahora Alemania se enfrentaba a una guerra larga y difícil con la Unión Soviética, viéndose obligados a reforzar sus suministros desde el occidente. Mientras el número de bajas en el frente ruso aumentaba cada vez más, los alemanes empezaron a darse cuenta de los horrores que se estaban desenvolviendo en aquel lugar.

 

Con la entrada de los Estados Unidos en la guerra, se desequilibró fuertemente el balance de suministros disponibles para los Aliados comparados con aquellos de las fuerzas del Eje. Tarde o temprano, inevitablemente se abriría un “segundo frente” en Europa.

 

La respuesta de Hitler fue un típico examen prolijo y confuso de la guerra, culpando a todos menos a él mismo. Vio la situación alemana en términos apocalípticos. La política contra los judíos se había endurecido fuertemente desde que los Estados Unidos se aliaron con el Reino Unido. La reciente Conferencia de Wannsee sólo reconfirmó los preparativos que se encontraban ya listos para la organización de los asesinatos en masa, la “industrialización de la muerte”. Ahora dejaba muy en claro que su promesa de aniquilar a todos los judíos en Europa, hecha antes del inicio de la guerra, no había sido una amenaza vacía:

Hitler reitera su amenaza contra los judíos

Como cada 30 de enero, Hitler celebraba su nombramiento como canciller de Alemania, brindando discursos que justificaban el rumbo de la guerra que ahora él dirigía a su capricho.

Resulta claro para nosotros que la guerra sólo puede terminar con la destrucción de los pueblos germánicos o la desaparición del judaísmo en Europa. Lo dije mucho antes del 1 de septiembre de 1939, ante el Reichstag alemán. Deseo evitar hacer profecías irracionales, pero esta guerra no finalizará como los judíos se imaginan, es decir, que la población aria europea será destruida; en su lugar, el resultado de este conflicto bélico será la destrucción de los judíos. Por primera vez la antigua, genuinamente ley judía será aplicada: ‘¡ojo por ojo, diente por diente!’

 

Y entre más se extienda la lucha, también lo hará el antisemitismo, -esto puede decírsele al judaísmo mundial-. El antisemitismo será cultivado en cada campo de prisioneros de guerra, en cada familia que deba ser iluminada del por qué, hasta el final, debe hacer este sacrificio. Y llegará la hora donde el enemigo mundial más maligno de todos los tiempos será por fin acabado por el siguiente milenio.

Si deseas saber más, lee “Hitler: Speeches and Proclamations, 1932-1945: The Chronicle of a Dictatorship (Vol. IV, 1941-1945)” [Hitler: Discursos y Proclamaciones, 1932-1945: La Crónica de una Dictadura (Vol. IV, 1941-1945)], de Max Domarus.

Este no era un caso aislado en el cual Hitler repetía su amenaza, como su Ministro de Armamento, Albert Speer, dejó claro después de la guerra:

El odio de los judíos era el motor y el punto central de Hitler, tal vez incluso el elemento mismo que lo motivaba. El pueblo alemán, la grandeza alemana, el Imperio, todos ellos no significaron nada para él en el último análisis. Por esta razón, deseó en la oración final de su testamento, fijar en nosotros los alemanes, incluso después de la caída apocalíptica, en un odio miserable de los judíos.

 

Yo estaba presente en la sesión del Reichstag del 30 de enero de 1939, cuando Hitler nos aseguró que, en caso de guerra, no serían los alemanes, sino los judíos los que resultasen aniquilados. Esta sentencia fue pronunciada con tanta certidumbre, que no me permití cuestionar sus intenciones de llevarla a cabo. Él repitió sus intenciones el 30 de enero de 1942, en un discurso que también conozco: la guerra no terminará, como los judíos imaginan, con la extinción de los pueblos arios europeos, sino que resultará con la aniquilación de los judíos. Esta repetición de sus palabras del 30 de enero de 1939 no fue única. A menudo recordaba a su séquito de la importancia de este dictamen.

Si deseas leer la declaración completa de Albert Speer, realizada el 15 de junio de 1977, visita el sitio Jewish Virtual Library [Biblioteca Virtual Judía].

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