
El Stalag Luft III era uno de los múltiples campos de prisioneros de guerra destinados a oficiales aliados, casi todos ellos ingleses y americanos. Se encontraba en Sagan, cerca de Berlín, y contaba con sistemas de seguridad muy avanzados para la época en materia de prevención de fugas; sin embargo, los prisioneros lograron construir tres túneles de escape.
En Stalag Luft III, el creciente grupo de oficiales aviadores aliados —en su mayoría británicos y de la Commonwealth, muchos de ellos tripulantes de bombarderos derribados sobre Europa— hacía todo lo posible por mantener la moral alta mientras permanecía en cautiverio. Al mismo tiempo, estaban comprometidos con una tarea mucho más seria: la construcción de Tom, Dick y Harry, los tres túneles concebidos para una evasión masiva que pasaría a la historia como la “Gran Evasión”.
Para el verano de 1943, la organización del escape se había convertido en una empresa clandestina de enorme complejidad. No se trataba sólo de excavar: había que ocultar toneladas de arena, fabricar herramientas, conseguir madera para apuntalar los túneles, falsificar documentos, preparar ropa civil y mantener alejadas las sospechas de los guardias alemanes. Al final, sólo el túnel Harry se utilizaría en la fuga de marzo de 1944; Tom sería descubierto y Dick quedaría inutilizado como vía de escape, aunque seguiría sirviendo para ocultar material.
Cuando surgían otras oportunidades para entorpecer el esfuerzo de guerra alemán, por pequeñas que fueran, los prisioneros las convertían en distracciones casi teatrales. Aquellos actos no sólo irritaban a los guardias: también rompían la monotonía del cautiverio y reforzaban la sensación de que seguían combatiendo, aunque fuera desde detrás de las alambradas. Siempre dispuesto a participar en esas provocaciones —y a ganarse su correspondiente temporada de castigo en el “congelador”, como llamaban a las celdas de aislamiento— estaba Ken Rees, quien recordaría uno de esos episodios con humor seco: una escena menor, casi absurda, pero reveladora del ingenio con que los prisioneros convertían cualquier descuido alemán en una pequeña victoria moral:
Creo que fue a finales de julio cuando un general alemán nos hizo una visita, una especie de inspección de AOC [oficial aéreo al mando], supongo.
Un gran Mercedes negro, reluciente, se detuvo dentro del recinto y de él bajaron el general y el Kommandant, von Lindeiner. Al iniciar su recorrido por el campo, von Lindeiner, que conocía muy bien a los prisioneros que comenzaban a reunirse a su alrededor, les advirtió prudentemente que mantuvieran la distancia.
Pero el general, lleno de confianza en sí mismo, dijo:
—No, no. El conductor vigilará.
Al igual que su jefe, el conductor tampoco sabía mucho sobre los prisioneros de guerra. Era demasiado educado y quedó atrapado por un torrente constante de preguntas de dos prisioneros que hablaban alemán, mientras el resto de la turba se arremolinaba alrededor del coche, con aparente reverencia y admiración.
Después de que el conductor repartió algunos cigarrillos, la multitud se dispersó. Con ella desaparecieron también los guantes del general, su linterna, sus mapas, su juego de herramientas y un manual marcado, de manera bastante optimista, como “Secreto”.
Aunque el pobre diablo del conductor probablemente ya iba camino al frente ruso, cuando von Lindeiner entró al recinto al día siguiente y sugirió al SBO [el Oficial Superior Británico] que, si el manual era devuelto, las demás pérdidas serían pasadas por alto y no habría represalias, todos sabíamos que, en realidad, el general estaba demasiado avergonzado por haber sido burlado con tanta facilidad y estaría más que satisfecho si se silenciaba toda referencia al asunto.
De todos modos, no tenía sentido conservar el libro, ya que los prisioneros que hablaban alemán lo habían revisado de cabo a rabo y encontraron muy poco de interés o valor militar. Roger Bushell organizó rápidamente la fabricación de un sello especial para estamparlo en las primeras páginas. El general recibió su libro de vuelta con la siguiente marca:
“Aprobado por la Junta de Censores de Prisioneros de Guerra”.
Si deseas saber más, lee “Lie in the Dark and Listen” [Acuéstate en la oscuridad y escucha], de Ken Rees.
Mientras los oficiales, como los de Stalag Luft III, permanecían recluidos en campos separados y podían dedicar gran parte de su energía a intentos de fuga, falsificación de documentos y pequeñas provocaciones contra sus guardianes, la situación de los “otros rangos” era distinta. Bajo la Convención de Ginebra de 1929, los soldados prisioneros podían ser empleados como mano de obra, al menos dentro de ciertos límites legales, y muchos trabajaban en granjas, fábricas, canteras o destacamentos laborales. Las condiciones podían ser duras, con hambre, agotamiento y dependencia de los paquetes de la Cruz Roja o de los envíos desde casa.
Sin embargo, las autoridades alemanas encontraron entre esos prisioneros una actitud igualmente desafiante. El siguiente documento procede del Apéndice B del informe histórico de MI9 y reproduce un informe de la SS sobre seguridad interna, fechado el 12 de agosto de 1943. No describe la perspectiva británica, sino la preocupación alemana ante el efecto moral y propagandístico que producían los prisioneros británicos sobre la población civil del Reich: su porte, su orgullo nacional, sus quejas contra los guardias, sus raciones recibidas por paquetes y su aparente seguridad en la victoria:
Los británicos suelen prestar muy poca atención a los alemanes y los miran como si no existieran. Muchos alemanes han señalado que sus propias mujeres y, en particular, algunos de sus aliados, podrían beneficiarse si estudiaran la actitud que los británicos adoptan hacia sus enemigos. Las relaciones sexuales, por ejemplo, entre prisioneros británicos y mujeres alemanas son muy raras.
Esto probablemente se debe al hecho de que los británicos poseen un sentido muy desarrollado de orgullo nacional, que les impide fraternizar con mujeres de una nación enemiga. Un ejemplo notable del orgullo nacional británico y de su actitud hacia el Eje se vio el otro día. Algunos soldados italianos de un convoy que pasaba arrojaron cigarrillos a unos prisioneros británicos; estos dieron la espalda a los italianos y dejaron los cigarrillos tirados en el suelo.
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PRISIONEROS BRITÁNICOS E INDUSTRIA ALEMANA
La mayoría de los informes afirma que la producción de los prisioneros británicos no puede compararse con la de los alemanes. Los informes de producción también indican que la falta de disposición de los británicos para trabajar tiene un efecto negativo en otros trabajadores extranjeros y conduce a una desaceleración general de la producción.
En términos generales, los británicos hacen apenas el trabajo suficiente para evitar ser castigados; su baja producción se debe también, en parte, a que los guardias alemanes no cumplen sus deberes con la suficiente energía. Esto genera cierta amargura entre los trabajadores alemanes, quienes señalan que los británicos son más fuertes que ellos, están mejor alimentados y tienen mayor resistencia.
Un informe de Görlitz afirma: “La producción de los prisioneros británicos es muy baja. Es alrededor de un 50 por ciento inferior a la del trabajador alemán, aunque los británicos son, sin duda, más saludables”. En una fábrica de Graz, la política británica de “ir despacio” llegó a tal punto que muchos fueron retirados del trabajo y enviados de vuelta a sus campos.
Se citaron ejemplos de prisioneros que simplemente se marchaban y se negaban a trabajar, o que lo hacían tan mal que constituían un peligro.
Así, algunos prisioneros que trabajaban en un vagón ferroviario fueron enviados de regreso a su campo, por temor a que la mala calidad de su trabajo provocara descarrilamientos de trenes.
“Hacerse el enfermo” es otro recurso que emplean los británicos para ralentizar la producción. A menudo sucede que el 50 por ciento de los prisioneros se encuentra en la lista de enfermos al mismo tiempo.
SOLIDARIDAD DE LOS BRITÁNICOS CON OTROS PRISIONEROS ALIADOS
Se informa que los prisioneros de guerra británicos han mostrado últimamente una marcada solidaridad con los prisioneros rusos y, en algunos casos, con los franceses. Los prisioneros se hacen señales entre sí y los británicos, con frecuencia, saludan a los rusos con el puño comunista cerrado. Un funcionario dio cuenta de dos campos contiguos cerca de su casa que alojaban, respectivamente, a prisioneros británicos y a rusos. Al principio, los rusos solían pasar en silencio, en fila, junto al campo británico.
Con el tiempo, los británicos comenzaron a reunirse para ver pasar a los rusos y bombardearlos con cigarrillos.
FALTA DE RESPETO DE LOS BRITÁNICOS HACIA LOS FUNCIONARIOS ALEMANES
También es digno de mención que, sobre todo en el trabajo agrícola, los británicos con frecuencia presentan quejas contra sus guardias sin consultar al empleador. Los propios guardias dicen que los británicos se quejan a menudo de ellos y que no tienen ninguna oportunidad de defenderse. “A menudo sucede”, dice un informe de Gras, “que los guardias son arrestados sobre la base de una queja británica”.
Un suboficial de guardia escribió: “No es de extrañar que los británicos se vuelvan insolentes, ya que los oficiales escuchan sus quejas en privado y simplemente mandan salir de la habitación a los soldados alemanes. Sólo falta que tengamos que ponernos firmes frente a los malditos británicos. Cuando eso ocurra, me pegaré un tiro en la cabeza”.
LA CALIDAD SUPERIOR DE LAS RACIONES BRITÁNICAS
La opinión alemana se ve influida en no poca medida al ver los regalos de alimentos enviados a los británicos. Sus paquetes consisten en gran parte en artículos que desde hace mucho tiempo escasean en Alemania. Los británicos se dan cuenta del valor propagandístico de esos regalos y aprovechan cualquier oportunidad para presumir de ellos. Comentarios como “Oh, eso no es nada; Inglaterra está llena de cosas como éstas” a menudo producen el efecto deseado en los alemanes.
Los prisioneros reciben de casa abundantes suministros de chocolate, salchichas, carne enlatada, jamón, entre otros, y durante los descansos del trabajo los consumen de la manera más ostentosa posible. El trabajador alemán observa y extrae sus propias conclusiones. Entre los trabajadores alemanes de las canteras de piedra de Holzkirch surgió una considerable animadversión al ver la buena comida que tenían los británicos.
“Se espera que hagamos turnos dobles con pan y margarina”, decían, “mientras los Herren Engländer [señores ingleses] son demasiado ociosos como para decir palabra y no piensan en otra cosa que en engullir”. Finalmente se emitió una orden que prohibía a los prisioneros británicos llevar sus alimentos al trabajo.
Las autoridades alemanas, además, hacen concesiones a los prisioneros británicos; los trabajadores alemanes sencillamente no pueden entender esto. En las cantinas de los campos de prisioneros suele haber cerveza disponible, mientras que los alemanes no pueden encontrarla ni siquiera en las posadas. En un campo cerca de Dresde, los británicos vaciaron un barril de cerveza para celebrar el final de la campaña africana.
Esto enfureció mucho a los trabajadores alemanes del campo; uno de ellos escribió: “Los alemanes pueden trabajar hasta reventar, siempre que los prisioneros de guerra reciban todos sus pequeños lujos”.
PRISIONEROS BRITÁNICOS EN EL CAMPO
Los prisioneros británicos empleados en el trabajo agrícola son particularmente arrogantes con la población local. La situación es especialmente intolerable en las granjas donde los prisioneros trabajan para el agricultor. Allí, el inglés se siente señor de la finca, es atendido de pies a cabeza, no acepta órdenes y hace exactamente lo que quiere. Los prisioneros son especialmente bien tratados por las mujeres, que creen las profecías políticas de los británicos y consideran inteligente congraciarse con ellos.
Está bastante claro que los agricultores tienen miedo de sus prisioneros y se ven afectados por su arrogancia. En relación con esto, se ha solicitado a las autoridades que utilicen prisioneros británicos sólo en plantas industriales o en granjas donde exista una supervisión masculina adecuada.
En resumen, la tradición británica de comportarse como Herrenvolk [pueblo de señores/raza dominante] se mantiene entre los prisioneros de guerra. Su presencia en Alemania es completamente desmoralizante, ya que su comportamiento no solo representa a una nación racialmente afín a la nuestra, fuerte y absolutamente segura de la victoria, sino que también ha suscitado discusiones sobre la inutilidad de una guerra entre dos naciones del mismo linaje.
Si deseas saber más, visita los Archivos Nacionales británicos.
El reporte completo puede encontrarse en el sitio de Archive Research & Document Copying. [Investigación de Archivo y Copia de Documentos].

Haciendo ejercicio en la sección estadounidense del Stalag Luft III, “caminando el circuito”, un sendero trazado a lo largo de todo el perímetro del recinto, justo dentro del riel de advertencia colocado a diez metros de la cerca de alambre de púas.

El Kommandant del Stalag Luft III, Oberst Friedrich Wilhelm von Lindeiner-Wildau.









