Cuando el buque Maru de Lisboa atracó cerca de la isla de Stonecutter, en los alrededores de Kowloon, en septiembre de 1942 tenía 22 años de antigüedad. Utilizada para llevar migrantes japoneses a los Estados Unidos, el navío no era ajeno a la transportación de personas.

El 25 de septiembre de 1942, casi 1,850 prisioneros de guerra fueron enviados hacia ella del campo de prisioneros de guerra de Shamshuipo. Durante los dos días siguientes, varios de los hombres más enfermos fueron removidos y cuando zarpó hacia Japón el 27 de septiembre, unos 780 soldados japoneses también estaban siendo llevados a bordo para su repatriación.

Todo iba bien hasta unos 200 kilómetros al sureste de Shanghai, cuando, a las 07:00 de la mañana del 1 de octubre, fue impactada por un solo torpedo disparado desde el submarino norteamericano USS Grouper. El Maru de Lisboa se estremeció hasta detenerse por completo.

Durante el día, las tropas japonesas fueron trasladadas a un destructor japonés y otro buque de transporte de tropas, pero los prisioneros de guerra se quedaron abajo en las bodegas. Se quedaron allí durante 26 horas, luego forzaron su salida cuando el barco comenzó a hundirse. La navegación japonesa en la zona no hizo ningún intento por ayudar; de hecho, dispararon contra hombres en el agua. Perdiendo la esperanza de ser rescatados, la mayoría de los prisioneros comenzaron a nadar hacia islas cercanas, aunque eventualmente los japoneses comenzaron a recogerlos. Sin embargo, al final del día, 825 hombres habían muerto a bordo del barco o en las aguas a los alrededores del incidente. Alf Hunt, de la Marina británica, se encontraba a bordo:

El hundimiento del Lisbon Maru

El hundimiento del Lisbon Maru, dibujo realizado por W. C. Johnson, en Kobe, Japón.

En la mañana del 1 de octubre, alrededor de las 7 am, la mayoría de la gente estaba despierta y aguardando la primera comida del día. De repente se escuchó un ruido fuerte, como aire saliendo de una llanta y uno no podía distinguir si era a bordo o afuera del barco.

Más tarde nos dimos cuenta que era un torpedo que había fallado. Más o menos un minuto más tarde hubo un fuerte estruendo, más que una explosión y unos segundos después el ruido de los motores se detuvo. Alguien gritó el viejo dicho naval, generalmente utilizado de manera jocosa, “que no cunda el pánico hasta que las luces se apaguen” y después, muy gradualmente, la única bombilla lentamente disminuyó en intensidad y se apagó. Inmediatamente hubo pánico entre los japoneses arriba de nosotros y en la cubierta superior. Había muchos gritos y alaridos en la cubierta superior con órdenes siendo dadas y después de unos dos minutos el cañón en el castillo de proa abrió fuego. Era probablemente uno de 3 pulgadas por la forma en que se escuchaba el crujido de éste y disparó varias rondas, al parecer en ninguna dirección en particular. Había todavía pandemónium en la cubierta superior y a los prisioneros de guerra afortunados que se les había permitido estar en cubierta a las cabezas se les ordenó que fueran abajo.

Hubo especulación en el compartimiento, si hubiéramos encallado y los japoneses estuvieran nerviosos disparando el arma, si fuera un torpedo seríamos rescatados como los sobrevivientes del Altmark, por la Marina, etc. Por el resto del día escuchamos a los japoneses movilizándose, entonces muy lentamente el barco comenzó a inclinarse a babor.

Hacia al anochecer, alrededor de las 7:30 pm, escuchamos un rechinamiento y más gritos. El destructor japonés Kure había maniobrado al lado. Esto fue seguido de cerca por el carguero Toyokuni Maru con órdenes de llevarse a las tropas japonesas. Después de que fueron evacuados las gruesas vigas de maderas fueron colocadas a través de la escotilla, las lonas se extendían por encima y luego se ajustaban hacia abajo. Estábamos ahora en total oscuridad. Estaba profundamente negro. Las condiciones en la bodega estaban empeorando. Hacía mucho calor y era extremadamente difícil respirar. La mayoría de nosotros vestíamos un par de pantaloncillos cortos y una camiseta. Algunos sólo llevaban el conocido fanduchi o tanga. Los gemidos y quejidos de los enfermos y moribundos llenaban el aire, pero no había nada que uno pudiera hacer excepto esperar a que los japoneses remolcaran el barco averiado y tratar de llevarlo a la costa.

Por suerte pensé que bien podría intentar recostarme para conservar energía y descubrí que justo en la parte inferior del barco el aire parecía más fresco y tolerable. Evidentemente había un ventilador en la cubierta superior que no había sido cerrado y el conducto de aire iba hacia abajo hasta la quilla del barco. No teníamos idea del tiempo, pero debieron ser en las primeras horas de la mañana, después de una noche que pareció una eternidad, que se escuchó un golpeteo suave. Me di cuenta que, siendo un operador de radio, era código morse siendo transmitido por uno de los chicos de la Marina en la bodega delantera a través de un tubo común conectándonos. “Tenemos dos muertos y varios moribundos”, decía el mensaje. Alguien en nuestra bodega comenzó a responder y luego hubo un grito frenético de “paren ese golpeteo” de algún alma demente.

Hasta ese momento, no puedo decir honestamente que yo era una persona religiosa. De niño siempre me habían hecho caminar a la iglesia del pueblo dos veces al día con escuela dominical por la tarde; si me ayudó o no, no lo sé, pero recé muy seriamente entonces.

 

Se podía escuchar el agua dando vueltas en la bodega contigua, probablemente el cuarto de máquinas y luego estaban los ominosos ruidos de los mamparos empezando a ceder. La inclinación a babor había aumentado, el barco, calculaba que estaba a más de 30 grados y las escaleras de los corredores estaban casi a nivel. Hubo una conversación por unos segundos y luego algún alma valiente que tenía un cuchillo, lo empujó hacia arriba entre las tablas de la escotilla y cortó la lona. Se produjo una repentina aglomeración en las escaleras y las tablas de la escotilla y las cubiertas fueron empujadas a un lado por el peso de los números. Algunos de los compañeros tenían chalecos salvavidas, pero la mayoría de nosotros no habíamos podido encontrar alguno. Mis pies apenas tocaron los peldaños de las escaleras y estaba afuera en el aire fresco al llegar a cubierta. Algunos de la media docena de guardias o algo así que habían quedado a bordo, disparaban incesantemente en la bodega, pero pronto fueron silenciados.

Si deseas saber más, lee “The Sinking of the Lisbon Maru: Britain's Forgotten Wartime Tragedy” [El hundimiento del Lisbon Maru: la tragedia de guerra olvidada de Gran Bretaña], de Tony Banham.

Prisioneros de guerra en la ciudad de Kobe, en Japón. Estos prisioneros de guerra son miembros de la guarnición británica en Hong Kong, la mayoría -si no enteramente- son sobrevivientes del Maru de Lisboa. Las fotografías fueron gentilmente proporcionadas por Bruce Waldron, cuyo padre, el sargento Albert Edward Waldron, del 1er. Batallón del Regimiento de Middlesex era un prisionero de guerra en Kobe.

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