Ante la ignorancia de las autoridades en Moscú, los leningradenses estaban desesperados por la falta de acción de las mismas. Como los desastres militares de los primeros meses, la hambruna se había mantenido fuera de las noticias.

 

Aunque los periódicos mencionaban “escasez de comida”, esto lo hacían ocasionalmente y sólo de paso, colocando en su lugar un juego macabro de muertes civiles por los bombardeos alemanes. Internamente, fueron acuñados eufemismos para disfrazar la simplicidad de la tragedia; en lugar de “hambruna”, los informes del gobierno utilizaban términos como agotamiento, avitaminosis, los efectos acumulados de la desnutrición, muerte debido a las dificultades con el suministro de alimentos o, el más común, distrofia, un invento pseudo-médico que incluso es utilizado en la actualidad.

 

Vera Inber estaba llevando un diario desde agosto de 1941 que reflejaba la vida de la ciudad de Leningrado durante este periodo de privaciones sin paralelo alguno en la historia:

Más días de hambre y muerte en Leningrado

Mujeres soviéticas huyen de sus casas, mismas que fueron destruidas por bombarderos alemanes.

10 de abril de 1942

 

Me desperté durante la noche, en tal estado de angustia y ansiedad que mi corazón casi deja de latir.

 

I.D. [su esposo Ilya Davidovitch] difícilmente puede caminar, se ve espantoso y cambia ante nuestros ojos y muy rápidamente. Las cosas en el hospital están empeorando y ahora, encima de todo, tenemos este caso de tifo. Es suerte que sólo sea un caso único -quizá no haya otro-.

 

Pero también hay buenas noticias, Nuestro grupo logró abordar los camiones de Ladoga. Han estado en la otra ribera por un largo tiempo y podemos estar seguros que no tendrán que regresar como ellos temían que tendrían que hacerlo.

 

Creo que puedo escuchar mi estufa encendida. Efrosiniya todavía está enterrando a su esposo.

 

El hospital aún no tiene agua. Como no pueden encontrar un plan de las tuberías de agua (ni siquiera en la Junta de Agua de la ciudad pueden encontrar uno), nuestros hombres a cargo de suministros hurgan en todos los puntos y grifos, calentándolos con nuestras últimas gotas de combustible. Después resulta que no era lo correcto puesto que, como no hay agua, un lugar sin ninguna importancia fue calentado. ¿Y cómo podría ser diferente? Es como si uno punzara el cuerpo humano por todas partes con la remota posibilidad de encontrar una vena en particular.

 

Y allí se mantiene sobre mi escritorio, deseado e inaccesible, el pequeño globo terráqueo de la escuela que me fue entregado. Está enmohecido y cubierto con hongo en la región ártica (estuvo por todo un invierno en un piso bombardeado y sin calefacción).

 

Tracé “mi meridiano” sobre él con un lápiz carmesí. Pero cuándo llegaré a eso otra vez, por desgracia, no lo sé. Ayer sólo escribí dos estrofas.

 

La idea de que pueda estar en Moscú mañana me parece la más fantástica de todas las fantasías. Pero es poco probable que sea mañana.

Si deseas saber más, lee “Leningrad Diary” [Diario de Leningrado], de Vera Inber.

Las autoridades soviéticas iniciaron una operación masiva de limpieza a principios de marzo de 1942. Fue una experiencia desgarradora para los 300,000 leningradenses encargados de la tarea. Familias enteras fueron descubiertas muertas en sus apartamentos. Los cuerpos de seres queridos fueron recuperados de la nieve, mientras que otros innumerables quedaron sin ser reclamados. Nadie había sobrevivido para llorar por ellos. La pena fue simplemente abrumadora a medida que la escala de la tragedia se hizo tangible. Comunidades enteras simplemente desaparecieron.

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