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Detrás del cine de Zimovniki

Una brigada soviética de trabajadores ferroviarios restaura una vía en 1942.jpg

Una brigada soviética de trabajadores ferroviarios restaura una vía en 1942. La escena muestra el trabajo manual necesario para devolver las comunicaciones al servicio mientras la guerra avanzaba por el frente oriental. (Foto: Mark Redkin / TASS).

Dos días antes, el mando soviético había hecho llegar al 6.º Ejército las condiciones de capitulación. Friedrich Paulus consultó a sus superiores y recibió la orden de rechazarlas. En la mañana del 10 de enero de 1943, la artillería soviética abrió la ofensiva destinada a reducir el cerco de Stalingrado.

Pero el movimiento del frente no terminaba en el cerco. Mucho más al suroeste, las fuerzas alemanas que semanas antes habían intentado avanzar desde Kotelnikovo para socorrer al 6.º Ejército se retiraban a través de la estepa. Los combates se desplazaban hacia el río Manych y las comunicaciones que enlazaban Rostov con el Cáucaso.

Zimovniki se encontraba sobre la línea ferroviaria Stalingrado-Cáucaso. Los alemanes la habían abandonado apenas dos días antes, aunque más al sur continuaba un duro combate de retaguardia entre Zimovniki y Proletarskaya. En la carretera todavía quedaban vehículos, municiones y rastros de una retirada que no había terminado.

El corresponsal británico Alexander Werth llegó aquel día en una vieja ambulancia. Su aproximación a Zimovniki comenzó mucho antes del cruce de calles, del club y del cine. Primero aparecieron los cazas sobre la estepa, los trabajadores junto al ferrocarril y los vehículos alemanes desmantelados en los accesos a la población:

Al día siguiente —era 10 de enero— fuimos en nuestra vieja ambulancia a Zimovniki, unas sesenta millas más adelante por la línea ferroviaria Stalingrado-Cáucaso. Los alemanes habían abandonado Zimovniki apenas dos días antes, y los principales combates se libraban ahora en algún punto más al sur, entre Zimovniki y Proletarskaya, junto al Manych. Más allá del Manych estaba Salsk, una de las grandes bases aéreas alemanas utilizadas para abastecer a las tropas cercadas en Stalingrado, situada a 120 millas al este de Rostov.

La carretera a Zimovniki atravesaba una estepa casi completamente llana, cubierta de nieve y resplandeciente bajo el sol aquel día. Allí prácticamente no había líneas naturales de defensa: ningún río, apenas algún barranco y casi nada digno del nombre de “altura”.

Tras perder Kotelnikovo, los alemanes habían atravesado apresuradamente aquella región, particularmente inhóspita para un ejército en retirada. En cierto punto, en medio de la estepa, habían abandonado un enorme depósito de municiones que se extendía por unos dos acres.

A medida que nos acercábamos a Zimovniki, aumentaban las señales de actividad aérea. Cazas rusos pasaban rugiendo sobre nosotros casi cada minuto; era evidente que no muy lejos se libraban combates aéreos o que los cazas perseguían a las columnas alemanas mientras continuaban retirándose.

Se decía que más allá de Zimovniki los alemanes libraban un duro combate de retaguardia y que los restos de las 17.ª y 23.ª divisiones blindadas habían sido reforzados recientemente por la División SS Wiking. La Wiking había sido trasladada desde el Cáucaso, donde había combatido en vano contra los rusos en Mozdok.

En muchos tramos, la carretera discurría junto a la vía férrea. Allí trabajaban ya centenares de personas: hombres y mujeres arrebujadas en chales, devolviendo la vía al ancho ruso. Los alemanes habían estado allí apenas unos días antes; los rusos no perdían tiempo. Aquel ferrocarril, que comunicaba Stalingrado con el Frente del Cáucaso, era importante.

Había pocos indicios de combate a lo largo de la carretera: aquí y allá, un automóvil o un camión abandonado; también uno o dos tanques alemanes destrozados y un soldado ruso muerto.

Zimovniki era un lugar evidente para intentar resistir. Se alzaba sobre una elevación, con el terreno descendiendo hacia el norte y el oeste.

Llegamos a las afueras. Allí había centenares de automóviles y camiones alemanes destrozados, sin ruedas ni neumáticos y con las dínamos retiradas; muchos estaban completamente calcinados. Las placas de matrícula llevaban estampado en rojo el emblema del águila con la esvástica y estaban marcadas con las letras W. H. —Wehrmacht—.

En la estepa, a nuestra derecha, algo ocurría. Se oía fuego de artillería en la distancia y, en cierto momento, un proyectil cayó no muy lejos, levantando una nube de humo amarillo. De vez en cuando llegaba desde lejos un fuerte estampido, seguido por una sucesión de explosiones. Todo ocurría demasiado lejos para que resultara muy emocionante, pero uno de los oficiales dijo:

 

¿Sabe qué es eso? Eso es Katiusha.

 

La población quedaba a la izquierda. Del alto edificio del silo de grano todavía se alzaban nubes de humo. Una mujer de mediana edad, de rostro delgado y arrugado y con la ropa muy sucia —la primera civil que veíamos—, se acercó a nosotros.

Los alemanes incendiaron el grano; lleva dos días ardiendo. Los nuestros intentan apagarlo.

Le pregunté dónde había permanecido durante todo aquel tiempo. Me contó la historia habitual que se oye en los lugares recién liberados. Durante seis días, mientras se combatía alrededor de Zimovniki y la artillería rusa batía las posiciones alemanas, ella y sus cuatro hijos pequeños habían vivido en un sótano, casi sin comida y sin más agua que la nieve que chupaban.

Debieron de ser los alemanes quienes prendieron fuego al silo —añadió—, aunque quizá lo alcanzó un proyectil ruso. En realidad, no se puede saber.

Esperamos un rato a uno de los oficiales que nos acompañaban, que había ido a hacer averiguaciones. Cuando regresó, dijo que en realidad no había mucho que pudiéramos ver, salvo la propia ciudad. Repitió que había campos de minas en las pendientes occidental y meridional, donde estaban todos aquellos alemanes muertos, y que sería mejor que no fuéramos por allí.

Las calles de Zimovniki estaban ahora desiertas y habían sufrido bastantes daños por el fuego de artillería. Era una pequeña ciudad agradable, con árboles a ambos lados de sus anchas calles, muchas casitas de madera de aspecto acogedor y algunos edificios modernos.

En el cruce de las dos calles principales se alzaba el pedestal de la estatua de Lenin, pero de Lenin no quedaba más que una pierna. Detrás de la estatua estaba el club y, al otro lado de la calle, un cine bastante grande. Los letreros de las calles, pintados sobre tablas toscas, estaban unos en alemán y otros en rumano.

El club, un gran salón para reuniones y espectáculos con una galería a su alrededor, tenía todas las ventanas reventadas. Los alemanes lo habían utilizado como cuartel. Todo el suelo estaba cubierto de haces de paja sobre los que habían dormido.

Las galerías y el estrado seguían decorados con ramas de abeto, y las mesas y los montones de paja todavía estaban cubiertos por los restos de lo que parecía haber sido una celebración de Año Nuevo: docenas de botellas vacías de vino y coñac, en su mayoría francesas, latas vacías y cajas alemanas de cigarrillos y galletas.

Sobre una de las mesas había también un montón de periódicos y revistas alemanes. Una de ellas mostraba a soldados alemanes tomando el sol en tumbonas, en una terraza con vistas al mar —¿sería Anapa?—, y llevaba como artículo principal un texto turístico titulado “Der Herrliche Kaukasus und die Schwarzseeküste” [“El magnífico Cáucaso y la costa del mar Negro”].

¡Así que ya habían empezado a sentirse como en casa en el Cáucaso! La revista tenía apenas tres semanas; ahora huían del Cáucaso tan deprisa como se lo permitían las piernas…

A la derecha del estrado había varios pupitres escolares y un piano cuyas teclas, sin duda, habían sido destrozadas deliberadamente. Todo el lugar parecía una pocilga.

En el exterior todavía quedaba un cartel que comenzaba con estas palabras: “Habitantes de Zimovniki, hemos venido a liberarlos del yugo y de la arbitrariedad de los bolcheviques…”. El resto había sido arrancado.

Mientras yo inspeccionaba el club, algunos de los demás habían cruzado la calle y entrado en el pequeño parque situado detrás del cine. Algunos regresaron bastante pálidos.

En el parque, soldados rusos cavaban una fosa común para los rusos muertos en Zimovniki.

Allí, en el parque, setenta u ochenta cadáveres rusos habían sido colocados en filas, congelados en posturas horribles: algunos sentados, otros con los brazos extendidos, algunos sin cabeza. Había también ancianos barbudos y muchachos de dieciocho o diecinueve años, con los ojos abiertos.

¿Cuántas fosas comunes como aquella —“fosas de hermanos”, como tan acertadamente las llaman los rusos— se cavan cada día a lo largo de las dos mil millas del frente ruso?

Si deseas saber más, lee The Year of Stalingrad [El año de Stalingrado], de Alexander Werth.

Werth había seguido durante horas las señales materiales de una retirada: el depósito de municiones, los vehículos desmantelados, la vía que recuperaba su ancho anterior y el silo de grano todavía en llamas. Dentro del club, las ramas de abeto, las botellas francesas y una revista publicada apenas tres semanas antes parecían haber detenido la escena en una celebración de Año Nuevo interrumpida.

 

En el exterior, una proclama aún hablaba de liberación. Al otro lado de la calle, los soldados cavaban.

En las páginas de Werth, aquel 10 de enero quedó concentrado en una geografía menor y más difícil de olvidar: un cruce de calles, un club, un cine y el parque situado detrás.

Soldados alemanes caminan junto a un vehículo blindado ligero Sd.Kfz_edited.jpg

Soldados alemanes caminan junto a un vehículo blindado ligero Sd.Kfz. 250/2 en la Unión Soviética, en enero de 1943. La escena muestra el aspecto de una columna mecanizada durante el mismo invierno en que las fuerzas alemanas retrocedían desde Kotelnikovo y Zimovniki. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-235-0962-05A / Mentz / CC BY-SA 3.0).

Había un cúmulo de pruebas de la conducta de los alemanes en las zonas ocupadas, no sólo d

Partisanos soviéticos ejecutados por ahorcamiento después del 21 de enero de 1943; al fondo aparecen soldados alemanes y población civil. (Foto: Bundesarchiv, Bild 101I-031-2436-03A / Koch / CC BY-SA 3.0).

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