El primer salto británico sobre Italia

Tropas paracaidistas formadas ante un Whitley adaptado como transporte en RAF Ringway, enero de 1941. En este centro se preparaba la fuerza aerotransportada británica de la que surgieron los hombres destinados a la Operación Colossus. (Foto: Taylor, fotógrafo oficial del War Office / Imperial War Museums, H 6527; dominio público).
Apenas veinticuatro horas después de que Winston Churchill interrumpiera una película para dirigirse por radio al Imperio, la guerra contra Italia cambió de escenario y de método. En el norte de África, las fuerzas británicas acababan de desarticular al 10.º Ejército italiano. En la tarde del 10 de febrero de 1941, treinta y cinco hombres despegaron de Malta para probar una forma de combate que Gran Bretaña todavía no había empleado en una operación real.
Pertenecían a la Tropa X del 11.º Batallón del Servicio Aéreo Especial, formado a partir del Comando n.º 2. Pese al nombre, no era todavía el SAS que poco después surgiría en el desierto. Siete oficiales y veintiocho hombres de tropa habían sido escogidos entre los primeros voluntarios británicos entrenados para saltar en paracaídas, combatir detrás de las líneas enemigas y operar sin apoyo inmediato.
La misión recibió el nombre de Operación Colossus. Su objetivo era un tramo del Acueducto de Apulia, el Acquedotto Pugliese, que cruzaba el torrente Tragino cerca de Calitri, en el sur de Italia. Aquel sistema llevaba agua hacia Apulia y abastecía, entre otros lugares, a los puertos estratégicos de Tarento, Brindisi y Bari, desde los cuales Italia sostenía sus operaciones en Albania y el Mediterráneo.
Seis bombarderos Armstrong Whitworth Whitley transportarían a los paracaidistas y sus contenedores de armas y explosivos. Otros dos realizarían un ataque de distracción sobre Foggia. Después de destruir el acueducto, los hombres debían atravesar unos ochenta kilómetros de terreno montañoso hasta la desembocadura del río Sele. Allí, cinco noches más tarde, el submarino HMS Triumph debía recogerlos y llevarlos de regreso a Malta.
El cabo Harold Nelson Tomlin era un zapador de los Ingenieros Reales especializado en demoliciones. Había sido evacuado de Dunkerque y, tras regresar a Gran Bretaña, destinado a las defensas costeras. Pasaba parte de las madrugadas dentro de un autobús de patrulla, a la espera de una posible llegada de paracaidistas alemanes.
Tomlin se ofreció para un “servicio especial” sin saber que sería adiestrado como uno de los primeros paracaidistas británicos. En la Operación Colossus viajó en el Whitley que transportaba al capitán G. F. K. Daly, el oficial encargado de dirigir la demolición. Tomlin recordó cómo había llegado hasta aquella noche y cómo su grupo terminó descendiendo en el valle equivocado:
Era para servicios especiales. No decía para qué. Y, por supuesto, cuando nos presentamos, ninguno tenía idea de que se trataba de paracaidismo. Podía haber sido cualquier clase de comando.
…
Me ofrecí porque estaba harto de sentarme de madrugada en aquel autobús, con todos aquellos malditos cigarrillos encendidos. No veía ningún futuro en aquello. Era terrible levantarse tan temprano, creo que dos horas antes del amanecer, y sentarse allí a respirar humo todo el tiempo. Para un no fumador ya era bastante malo. Cuando llegó aquella petición, puse mi nombre.
…
En Ringway, ya sabe, en Tatton Park y en los barracones que utilizábamos, saltábamos desde una plataforma en los hangares. No teníamos cascos protectores ni nada parecido.
…
Éramos una tropa de lo más variopinta, procedente de todos los ámbitos, pero éramos buenos compañeros. Tomábamos las cosas como venían.
…
Cuando el mayor Pritchard dijo:
—Bien, tenemos una operación. No voy a decirles cuál es, pero todos los que quieran participar den un paso al frente.
Todos dimos un paso al frente. Entonces dijo:
—Lo siento, no puedo aceptar a todos. Solo necesito a cierto número. Elegiremos a quienes queremos.
Y yo fui uno de los elegidos.
…
Era cabo.
…
Mi trabajo consistía en colocar los explosivos alrededor de los soportes del puente o del acueducto. La idea era volar los soportes para que se viniera abajo.
…
Volamos en Whitley desde Gran Bretaña hasta Malta y desde Malta hasta Italia.
…
Éramos seis en nuestro Whitley: el capitán Daly y cinco más. Justo antes de salir de Malta, uno de los hombres dijo que estaba enfermo. El capitán Daly dijo que, si estaba enfermo, lo bajaran antes del despegue. Así que partimos con uno menos, pero nos las arreglamos.
…
El vuelo a Italia estuvo bien. Pero, claro, lo primero que hace uno después de un vuelo así es hacer sus necesidades. Allí estábamos los cinco, en fila, en medio del campo, sin nadie más alrededor. Yo me preguntaba dónde demonios se habían metido todos los demás. No vimos a nadie más.
Después comenzamos a subir por la ladera y oímos una explosión. El capitán Daly dijo:
—Ya está. Ha explotado. Ya no tiene sentido seguir hacia allí. Dense la vuelta y tomen el otro camino. Diríjanse a la costa.
…
Estábamos en el valle equivocado.
…
No lo sé; seguramente fue un error de navegación. Se encendió la luz verde y llegó el momento de saltar. No teníamos idea de dónde íbamos a caer hasta que llegamos. No veíamos más que un mar verde.
Cuando comenzamos a avanzar hacia la costa, encontramos nieve. Nos llegaba hasta la cintura y estuvimos así durante dos días. Ya sabe lo fácil que es seguir unas huellas en la nieve. Cuando nos tendíamos a dormir, utilizábamos nuestras marmitas para hacer bloques de nieve y levantar un muro a nuestro alrededor. Con prismáticos nocturnos podían localizar a la gente con bastante facilidad.
Estuvimos libres durante cinco días y llegamos a encontrarnos a cinco o seis millas de la costa.
…
El último día empezábamos a desesperarnos por la comida y sabíamos que no llegaríamos a la costa a pie. Decidimos con el capitán Daly que, si encontrábamos un pequeño café, nos arriesgaríamos a entrar para ver si conseguíamos un taxi. Íbamos a fingir que éramos aviadores alemanes que se habían estrellado en las montañas, porque entre nosotros había quienes hablaban alemán.
Pero no pudo ser.
…
Lo único que recuerdo es que nos dieron café. Entonces alguien se acercó al mostrador con una caja de fósforos Swan Vestas en la mano. Yo estaba mirando al hombre que había detrás y comprendí que los había reconocido como fósforos ingleses. Rodeó el mostrador y entró en una pequeña oficina o algo parecido.
Debió llamar a la policía o a los carabineros, porque de pronto se oyó un frenazo afuera y aparecieron soldados por todas partes.
Allí terminó nuestra aventura.
…
No opusimos resistencia porque había mujeres en el café y creo que también algunos niños. No tenía sentido levantar las mesas y tratar de resistir, porque solo llevábamos pistolas. Creo que entre todos teníamos un subfusil Thompson. Si se produjera un tiroteo, habría civiles.
…
Llevábamos cinco días sin afeitarnos ni lavarnos y teníamos hambre. La comida que nos habían dado era pemmican, como el que utilizaban en las expediciones polares. No sé si alguna vez lo ha probado; estoy seguro de que no le gustaría ni se lo comería.
No toqué el mío. Nos las arreglábamos con lo que teníamos. Pero eso era lo que nos habían dado para mantener las fuerzas, supongo.
…
Era una cosa aceitosa. Teníamos medios para calentarla sin producir llamas ni humo, pero no olía nada apetecible. Probabas un poco y… bueno, todo dependía del hambre que tuvieras. Si tenías tanta hambre, podías comer cualquier cosa, como dicen. Yo no estoy seguro de haber podido comerla.
…
También llevábamos chocolate y otras cosas.
…
Solo podíamos movernos de noche. En aquellos pueblos, en cuanto despertabas a un perro y comenzaba a ladrar, todos los perros del lugar se ponían a ladrar. Entonces teníamos que quedarnos quietos hasta que pararan. Como digo, solo podíamos movernos después de oscurecer.
…
La compuerta trasera del camión Fiat llegaba a la altura del pecho. Nos esposaron y encadenaron; nos hicieron levantar las manos e intentar subir por nosotros mismos, y las cadenas nos arrancaron la piel de las muñecas. Después nos llevaron a Nápoles.
…
Nos hicieron marchar encadenados por la ciudad mientras la gente en las aceras nos escupía y nos arrojaba hojas de col y otras cosas.
…
Nos pusieron a todos en aislamiento.
…
Nos daban comida y bebida y nos decían que nos fusilarían a la mañana siguiente.
…
Creo que cuando te repiten algo durante suficiente tiempo y con suficiente insistencia, acaba entrando una pequeña duda en la cabeza.
Pero llegó la mañana y todavía seguíamos allí.
Si deseas saber más, visita Imperial War Museums, sección “Tomlin, Harold Nelson (Oral History)”, y escucha la entrevista grabada en 1996. Sound: © IWM (16606).
Tomlin y los hombres de Daly nunca alcanzaron el objetivo. Su Whitley había despegado con retraso por una avería de último momento; llegó tarde a la zona y los dejó en otro valle sin soltar los contenedores que transportaba. Cerca del Tragino, quienes sí habían aterrizado alrededor del acueducto tuvieron que continuar sin el oficial encargado de dirigir la demolición.
La responsabilidad recayó sobre el subteniente George Robert Paterson, de los Ingenieros Reales. Los planos preparados en Gran Bretaña no reflejaban con exactitud la construcción que tenía delante: los pilares no eran de mampostería, sino de hormigón armado. El trabajo realizado junto al acueducto quedó registrado en una narración oficial publicada durante la guerra:
Los paracaidistas saltaron desde cinco aparatos en una buena disposición alrededor del objetivo; el hombre que cayó más lejos aterrizó en la orilla de guijarros del río Ofanto. Las condiciones eran perfectas: había nieve en las laderas por encima del acueducto y una clara luz de luna. El primer grupo aterrizó a las 9:42 de la noche, con su oficial a solo 50 yardas del objetivo.
Después de recoger sus armas y formar, recibieron la orden de registrar los edificios de la granja cercana. Eran las habituales casas bajas de dos plantas del sur de Italia: el agricultor y su familia vivían en la planta superior, mientras que la inferior estaba ocupada por sus animales.
Para entonces habían llegado el mayor Pritchard y el teniente Patterson, pero no había señales del capitán Daly. Patterson inspeccionó de inmediato el acueducto y descubrió que los tres pilares que sostenían la estructura no eran de mampostería, como se había supuesto, sino de hormigón armado, más difícil de destruir con explosivos.
Asumiendo el riesgo, decidió concentrarlos en el pilar más occidental. Aunque varios contenedores no habían salido de los aviones, esperaba disponer de explosivos suficientes, pues al calcular la cantidad necesaria se había dejado un amplio margen.
Mientras Patterson y sus zapadores preparaban la demolición, los demás oficiales y soldados fueron desplegados como fuerza de protección. A las doce y cuarto de la noche, todas las cargas principales estaban colocadas. Todavía sobraba algo de explosivo, y el teniente A. G. Deane-Drummond decidió volar un pequeño puente cercano que cruzaba el Ginestra, afluente del Tragino.
La pista que atravesaba aquel puente había sido utilizada durante la construcción del objetivo, y pensó que destruirla dificultaría las reparaciones.
El mayor Pritchard decidió detonar las cargas a las doce y media. Un minuto antes se hizo estallar una placa de algodón pólvora como aviso para la fuerza de protección. A las doce y media estalló la carga principal y, medio minuto después, voló el pequeño puente.
Cumplida la misión, los paracaidistas se reunieron alrededor del mayor Pritchard. Para el trayecto hacia la costa, los dividió en tres grupos independientes, cada uno bajo el mando de un oficial.
Si deseas saber más, lee Combined Operations: The Official Story of the Commandos [Operaciones combinadas: la historia oficial de los comandos], publicado en 1943 por el Combined Operations Command, con prólogo de Lord Louis Mountbatten y atribuido a Hilary A. St. George Saunders.
La edición de 1943 imprime el apellido “Patterson”; el oficial de los Royal Engineers era George Robert Paterson.
El pilar occidental cedió y una parte del acueducto se desplomó sobre el barranco. Poco después de las detonaciones, los grupos que se habían reunido junto al objetivo comenzaron a desplazarse hacia el oeste. Desde otro valle, Daly, Tomlin y sus compañeros tomaron también rumbo a la costa.
Ninguno de ellos sabía que el HMS Triumph había sido retirado de la misión y que no existía medio para advertirles. Aunque hubieran completado la marcha hasta la desembocadura del Sele, el submarino no acudiría a la cita.
La retirada terminó de manera distinta para cada grupo. Las huellas dejadas en el barro y la nieve condujeron a los perseguidores hasta los hombres de Pritchard. Tomlin, Daly y sus compañeros lograron acercarse mucho más a la costa, pero fueron descubiertos en el café después de cinco días de marcha. Durante los días siguientes, los treinta y cinco participantes quedaron en manos italianas.
Entre ellos se encontraba Fortunato Picchi, el intérprete italiano que había participado bajo una identidad francesa. Las autoridades fascistas descubrieron su nacionalidad y lo separaron de los prisioneros británicos; su destino no sería el de un prisionero de guerra.
La destrucción del acueducto no provocó la interrupción prolongada que esperaban los planificadores. Las reservas disponibles y la rapidez en los trabajos permitieron restablecer el suministro en pocos días. El efecto inmediato sobre los puertos italianos y sobre las operaciones en Albania fue limitado.
La Operación Colossus dejó, sin embargo, algo que no podía medirse únicamente por el tiempo durante el cual dejó de correr el agua. Mostró que una fuerza podía ser transportada hasta Malta, lanzada en el interior de Italia y conducida hasta un objetivo situado lejos de la costa. También expuso casi todas las debilidades de aquella nueva forma de combate: errores de navegación, información incompleta, contenedores que no abandonaban los aviones y una retirada dependiente de un submarino con el que los hombres no podían comunicarse.
Aquella noche no demostró que Gran Bretaña dominara todavía la guerra aerotransportada. Demostró, más modestamente, que estaba dispuesta a aprenderla en combate.

El general Sir John Dill inspecciona a las tropas paracaidistas en el Central Landing Establishment de RAF Ringway, diciembre de 1940. La Operación Colossus nació durante esta etapa inicial, cuando la nueva fuerza todavía estaba definiendo su organización, equipo y procedimientos. (Foto: Taylor, fotógrafo oficial del War Office / Imperial War Museums, H 6209; dominio público).

Un paracaidista muestra la plataforma abierta en la cola de un Whitley adaptado para lanzamientos, en RAF Ringway, enero de 1941. El método resultaba lento y posteriormente fue sustituido por una abertura circular practicada en el suelo del fuselaje, que permitía saltar con mayor rapidez. (Foto: Taylor, fotógrafo oficial del War Office / Imperial War Museums, H 6531; dominio público).

Un Armstrong Whitworth Whitley Mark V del 297.º Escuadrón de la RAF, preparado para embarcar paracaidistas en Ringway durante un ejercicio de operaciones combinadas. Aparatos del mismo tipo transportaron desde Malta a los hombres de la Operación Colossus. (Foto: fotógrafo oficial de la Royal Air Force / Imperial War Museums, CH 6055; dominio público).

%20Large.png)







