El HMS Eagle es hundido mientras Pedestal es atacado

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La pérdida del portaaviones HMS Eagle y los primeros ataques aéreos, el 11 de agosto de 1942. En la imagen se aprecia el portaaviones británico HMS Eagle, volcándose hacia su banda de babor después de haber sido torpedeado.

No pasó mucho tiempo antes de que los ataques aéreos comenzaran contra el convoy de la Operación Pedestal. Más Spitfires de refuerzo para Malta despegaron desde el HMS Furious una vez que estuvieron dentro del rango de vuelo para llegar a la isla. Pero poco después, el convoy llegó a estar dentro del alcance de los aviones italianos y alemanes y cuatro ataques mayores se pusieron en marcha durante el día, dejando caer bombas y lanzando torpedos, así como colocando minas en la ruta por delante.

Sin embargo, la amenaza más grave provenía de los submarinos. El U-73 dio en el blanco en el portaaviones HMS Eagle con cuatro torpedos y se hundió rápidamente. La cobertura aérea del convoy había sido reducida dramáticamente de un solo golpe.

 

George Amyes estaba sirviendo con el Brazo Aéreo de la Flota a bordo del HMS Eagle:

11 de agosto de 1942, 13.15 horas, HMS Eagle

Estaba de pie a la sombra del cañón Nº 1 de 6" de estribor, quince pies por encima de la línea de flotación. El Eagle se estremeció con cuatro sacudidas distintas. ¡Por alguna razón pensé que habíamos golpeado a una escuela de ballenas! La cubierta se inclinó bajo mis pies y para mi asombro, vi un par de botes volando por el aire y desapareciendo por la borda. Estos fueron seguidos por otros pedazos de escombro y cuando el barco comenzó a ladearse me di cuenta de que estábamos en serios problemas.

Las cosas sueltas empezaron a traquetear alrededor. Voces asustadas gritaban y los hombres comenzaron a fluir desde las cubiertas inferiores para llegar a posiciones más altas. Ya había cuerpos forcejeando en el agua debajo. Y la estela del Eagle había desarrollado una curva distintiva al tiempo en que el navío se salía de la línea. El latido rítmico de los motores principales comenzó a apagarse y la nave giró aún más volcándose rápidamente.

Mirando por el lado me sorprendí al ver que el protuberancia verde viscosa de la ampolla del torpedo estaba por encima de la superficie del agua. (Diseñada para soportar una carga de 750 por pulgada cuadrada, la ampolla del torpedo se suponía debía desviar la fuerza de las explosiones bajo el agua y preservar el casco de la nave).

Nunca escuché la orden de abandonar el barco, pero cuando vi a los infantes de marina saltando desde la cubierta de vuelo, pasando a toda velocidad por la cubierta de artillería y golpeando la elevación de la ampolla del torpedo mientras la nave se volcaba, realmente comencé a preocuparme. Habían pasado menos de dos minutos y los infantes de marina que se habían destrozado al saltar, convirtiéndose en jalea, ya se habían alejado dejando tras de sí un rastro baboso sanguinolento.

Trepé a través de las barandillas y de repente ya estaba sentado también en la ampolla de torpedo. Dos marineros ya estaban allí, aterrorizados, no sabían nadar. Un oficial se deslizó entre los dos marineros y gritó: “ahora es su momento de aprender” y con un marinero por debajo de cada brazo se zambulló en el mar. Nunca más los volví a ver.

Tomando una respiración profunda inflé mi salvavidas el cual era una pieza permanente de nuestro atuendo cuando estábamos a flote. Recordando nuestras conferencias de supervivencia, me apresuré a quitarme los zapatos de cubierta, me empujé lejos y antes de que pudiera pensar estaba boca abajo 20 pies bajo el agua y conteniendo frenéticamente mi respiración mientras buscaba alrededor un color más claro en mi entorno que indicara la superficie. Los próximos segundos parecieron una eternidad y al momento en que llegué a la superficie, mi garganta y pecho parecieron explotar de alivio.

Cuando fui capaz de pensar, escuché a alguien gritar, “cojan las cargas”. “¡Oh, Dios mío!”, pensé. ¿Las cargas de profundidad para los aviones estaban armadas? Mi horizonte desde al nivel de las olas era limitado. El Eagle no era más que un bulto en mi visión. Luego se fue. Mi garganta se llenó de bilis y cuando miré alrededor de mi pequeño mundo acuático, vi otros rostros asustados y de repente no me sentí tan solo. “¡Aléjate del buque, de las cargas de profundidad, de la succión, las calderas van a explotar!” Todas estas cosas pasaron por mi mente pero ¿dónde estaba el barco? ¿Hacia dónde tenía que nadar? ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! De pronto el mar hirvió, una presión increíblemente aplastante aturdió mis sentidos y di vueltas en el agua como un juguete y cuando pude pensar de nueva cuenta, una vez más me encontraba en mi propio pequeño mundo acuático. Algo chocó conmigo por detrás, era “Stripey”, el hombre con doce años de servicio que era el “papi” de nuestro comedor, pero algo estaba mal. Su cara estaba descolorida, los ojos fijos y estaba tambaleándose sin control en el agua. Me agarré de él y al tomarlo mi mano se deslizó por el torso y, de repente, no había nada más que una masa rasgada.

De la cintura para abajo no era más que despojos, cortado por la mitad y había muerto. Abatido por el pánico, lo aparté y sentí mi estómago revuelto sin control. Nos alejamos entre sí.

Si quieres saber más, lee la historia de George Amyes en la página BBC People’s War.

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En la imagen se aprecia una vista general del convoy bajo un ataque aéreo mostrando la intensa barrera antiaérea levantada por los buques escolta. El acorazado HMS Rodney está a la izquierda y el crucero HMS Manchester a la derecha.

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El HMS Eagle en el Mediterráneo, en febrero de 1942, durante la Operación Spotter. Un Spitfire Supermarine despega del HMS Eagle para reforzar la defensa aérea de Malta. Quince Spitfires, volados por pilotos de reemplazo para el tan agotado Escuadrón Nº 249 de la Real Fuerza Aérea (RAF), llegaron con éxito a la isla durante esta operación.