Batalla en la nave de crisoles en la fábrica Octubre Rojo

Panzergrenadiers de la 16ª División Panzer de la Wehrmacht, preparándose para atacar las orillas del Volga, en Stalingrado.

A mediados de noviembre de 1942, los alemanes se encontraban casi en control total de la ribera oeste de Stalingrado. Los soviéticos todavía mantenían algunos focos de resistencia muy pequeños a las orillas del Volga. Era muy seguro que no se requeriría mucho más para finalmente desalojarlos.

No obstante, incluso cuando habían ganado terreno, se encontraron con grupos de infantería soviética apareciendo por detrás de ellos y atacando su retaguardia, estos hombres estaban siendo infiltrados por los túneles de acceso a la zona industrial.

Helmut Walz, sirviendo en el 179º Batallón de Ingenieros, de la 79ª División de Infantería, describe el combate por la parte noroeste de un salón en la fábrica Octubre Rojo, ocurrido el 11 de noviembre de 1942. Como comandante del batallón ahora era sólo capaz de reunir a un grupo de 30 o 40 hombres para otro ataque sorpresa al amanecer. Él describe cómo el grupo -cada vez más pequeño- se había adaptado a su existencia sombría en la ciudad:

Es noviembre de 1942. Nada extraordinario está sucediendo en las líneas del frente. Batallas por montones de escombros y el acceso al canal, actividad del grupo de asalto en los salones de la fábrica, bombardeos de ambos bandos, pérdidas, un descenso en el mercurio -un día como cualquier otro-.

Mi escolta ya está esperando afuera. El primer amanecer ha eliminado la oscuridad de la noche. El terreno está sumergido en una penumbra fantasmal. Cada metro cuadrado parece haber sido arado, cráteres de bomba y proyectiles hasta donde el ojo puede ver. Aquí, el pequeño rincón de una casa sigue en pie. Allí se alcanzan a ver las escaleras que conducen a un sótano. Entre ellas, las chimeneas que aún permanecen en pie sobresalen hacia el cielo como dedos reprendiendo. Montones de escombros humeantes completan el cuadro. El hedor de la descomposición estropea el aire. Nos apresuramos hacia adelante a través de una pequeña ‘balka’. Tropas levemente heridas vienen a nuestro encuentro. Los soldados se cruzan en nuestro camino. Sus objetivos son las posiciones de morteros que se encuentran en el terreno a las afueras de nuestros flancos. Proyectiles, minas y las cajas de municiones son llevadas a rastras. Hay impactos al frente y detrás de nosotros, a nuestra derecha e izquierda. Cada cinco pasos nos encontramos tendidos en el suelo y dejamos que la metralla zumbe por encima de nuestras cabezas. Durante la batalla en la ciudad, se han desarrollado nuevas características dentro de nosotros. Lo que nunca necesitamos en Francia lo logramos ahora: nos lanzamos a tierra exactamente en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Podemos ver en la esquina de una pared y ver si algo se esconde detrás de ella. Los tipos nuevos no duran mucho tiempo. Los viejos que han estado en Stalingrado desde el principio se han adaptado completamente a esta guerra, que es diferente a cualquiera que otros soldados alemanes hayan combatido.

Miro mi reloj: poco antes de las cuatro en punto. El punto de encuentro ordenado, una pequeña torreta, está justo en frente de nosotros. Tres días antes, todavía tenía cinco metros de altura. Ahora es un montón de escombros como cualquier otra. Todos los comandantes de las unidades están en el lugar. Pero ahora ya no podemos ver nada desde aquí, ya que la torre ha desaparecido. Así que tenemos que avanzar directamente a la zona de la sala. Nuevo punto de encuentro, reorganización, escape. Ya se ha vuelto incómodamente claro. Además, todos los artilleros del Ejército Rojo parecen haber terminado su desayuno. Con grandes intervalos nos apresuramos a través de escombros y piedra, a través de remolinos de cenizas. Los impactos cercanos hacen necesarios los respiradores. Simplemente no te quedes por la zona durante demasiado tiempo -¡adelante, adelante!- No hay lugar aquí donde uno esté fuera de peligro. En el terraplén del ferrocarril, saludo al comandante del batallón de granaderos ubicado aquí. Un salto y luego el terraplén queda detrás de mí. Ahora sólo queda el camino de asfalto con los restos de los coches de tranvía destruidos. A través de carreteras llenas de cicatrices y placas de techo traqueteando, a través de nubes de fuego y polvo, me apresuro hacia adelante. ¡Los últimos metros! Llegué.

Si deseas saber más, lee “Winter Storm: The Battle for Stalingrad and the Operation to Rescue 6th Army” [Tormenta de invierno: la batalla por Stalingrado y la operación para rescatar al 6º Ejército], de Hans Wijers.

Un cañón autopropulsado alemán Marder III a las afueras de Stalingrado.

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