Tropas alemanas sin protección para el invierno

Un tanque alemán Panzerkampfwagen III en una estación cerca de Moscú, en noviembre de 1941.

En el Grupo de Ejércitos Centro, las lluvias de otoño habían provocado grandes dificultades en el movimiento de tropas y vehículos, pero para mediados de noviembre, las temperaturas habían descendido drásticamente, permitiendo la marcha de nueva cuenta de las fuerzas alemanas.

 

No obstante, parte del equipo que había quedado atascado en el barro, al congelarse el suelo, imposibilitaba su utilización, en ocasiones destrozándolo al intentar sacarlo del hielo. Siegrfied Knappe, un teniente en una unidad de artillería, narra sus experiencias para enfrentar el frío en la Unión Soviética:

Los fahrers [jinetes] mantenían a los caballos detrás de las casas durante la noche y amarraban frazadas sobre ellos también, para intentar protegerlos del viento. Los caballos tenían abrigos de piel de invierno, lo que les ayudaba, sin embargo, algunos de ellos morían en la noche por el frío. El 12 de noviembre, las temperaturas descendieron a 24 grados centígrados bajo cero. Ahora incluso durante el día, teníamos ganas de pasar por los pueblos para que pudiéramos entrar en calor en las chozas de campesinos locales. Cuando llegábamos al poblado que era nuestro objetivo para ese día, dejé la infantería y regresé a mi batería para ver cómo estaban enfrentando el frío. Encontré a Steinbach en una choza, tratando de calentarse.

 

“¿Cómo están los hombres?”, le pregunté.

“Se están congelando, Herr Oberleutnant”, me dijo “Estoy preocupado seriamente por la posibilidad de dedos de los pies congelados si esto continúa”.

 

Fui afuera y caminé entre los hombres mientras aparcaban los cañones para la noche -en una posición que pudiéramos combatir si era necesario- y alimentamos, les dimos agua y restregamos a los caballos. Traté de inspirar un poco más de confianza en ellos por mi presencia. Encontré a Jaschke ayudando a amarrar frazadas alrededor de los caballos.

 

“¿Cómo estás Jaschke?”, pregunté.

“Tenemos que meter a los hombres, Herr Oberleutnant”, dijo. “Al menos por parte de la noche. Morirán en este frío si tienen que quedarse afuera toda la noche”.

 

Llamé a Jaschke y a Steinbach para reunirnos e hicimos un horario que rotaba a los hombres dentro y fuera de las chozas disponibles durante la noche. Los rusos tenían una verdadera ventaja sobre nosotros, porque tenían botas de fieltro calientes y uniformes acolchados y nosotros sólo teníamos nuestros delgados abrigos, los cuales no ofrecían mucha protección del frío. La única razón que siempre nos dieron por la cual no recibimos ropa de invierno fue que nos estábamos moviendo demasiado rápido. Las razones dadas por la falla siempre sonaron plausibles. Algunos de nuestros soldados tomaron botas de fieltro de los soldados rusos muerto, pero no nos atrevíamos a ponernos los pesados abrigos acolchados por el temor de ser confundidos por rusos y que nos dispararan. Por fortuna, podíamos bajar las aletas de nuestras gorras para evitar que nuestras orejas se congelaran. Los hombres se envolvían en sus mantas, sobre sus abrigos y gorras y maldecíamos a aquellos responsables de no proporcionarnos con la ropa de invierno.

Si deseas saber más, lee “Soldat: Reflections of a German Soldier, 1936-1949” [Soldado: reflexiones de un soldado alemán, 1936-1949], de Siegfried Knappe.

Soldados alemanes toman un descanso en ruta hacia Moscú. Las tropas de la Wehrmacht no contaban con ropa adecuada para el invierno.

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