Misión asombrosa en las Filipinas

El B-17 de Hewitt Wheless tuvo un aterrizaje de emergencia el 14 de diciembre de 1941 en el aeródromo Parade Field, en la ciudad de Cagayan, en la isla de Mindanao, en las Filipinas. El follaje fue para camuflar el avión de ser bombardeado.

El ataque coordinado de los japoneses en diversas áreas del Pacífico estaba llevándose a cabo con grandes éxitos para la nación nipona. Desde el 8 de diciembre los japoneses continuaban desembarcando en las Filipinas. Tan solo en el primer día, de los 200 aviones estadounidenses defendiendo la isla, las fuerzas japonesas habían dejado 17 Fortalezas Voladoras B-17 y 40 cazas en condiciones operativas.

 

A pesar de las grandes pérdidas, la fuerza aérea norteamericana continuó realizando misiones en contra de un contingente enemigo abrumador. Para el 14 de diciembre, el capitán Hewitt T. Wheless estaba pilotando una de las cuatro Fortalezas Voladoras del aeródromo de Mindanao que quedaban disponibles, al momento en que fue atacado por alrededor de 18 cazas japoneses.

 

Wheless continuó dirigiéndose hacia las playas de desembarco en la isla de Luzón, bombardeando y hundiendo seis transportes japoneses. El evento cobró gran revuelo y atención cuando el presidente Roosevelt lo señaló como un ejemplo de la forma en que los estadounidenses estaban luchando. Posteriormente, el capitán Wheless rindió su testimonio a los medios informativos:

Los japoneses entraron como un relámpago engrasado. El sargento Russell B. Brown y el sargento John M. Gootee estaban en las ametralladoras laterales. Le dieron a dos que venían por el lado. El soldado William C. Killin, el operador de radio, estaba en la “bañera” -el túnel debajo-. Acababa de intercambiar lugares con el cabo William W. Williams, que estaba tratando de desbloquear las ametralladoras de la radio superior. Justo cuando Killen se arrastró hasta la bañera, el japonés en nuestra cola disparó y Killin fue asesinado. Le dispararon a nuestro motor número 2, al mismo tiempo que el nipón le dio al cable del acelerador.

 

Entonces las cosas empezaron a pasar muy rápido. A Williams le dieron en la cadera y rasgaron su pierna derecha abierta hacia y hasta debajo de la rodilla. De cualquier forma, se levantó y trató de tomar las ametralladoras de radio. Estaba en muy mal estado. Pero lo intentó.

 

La forma en que las balas atravesaban el fuselaje era como estar al aire libre en una tormenta de granizo. Pero el Sargento Albert H. Cellette -el bombardero- consiguió el haz sobre nuestro objetivo y descargó. Dejamos caer alrededor de 4,800 libras de cosas sobre ellos mientras sus aviones venían hacia nosotros como un puñado de avispones de un nido pateado. Sí -seguro estábamos ocupados-.

 

Estaba buscando nubes. Cuando llegamos hacia el objetivo tuvimos un buen nublado para escondernos. Pero cuando llegamos al objetivo –bam-, no hay nubes. Completamente claro.

 

Los japoneses se estaban poniendo en marcha -dieciocho de ellos- o por allí -nadie tenía tiempo para detenerse y contar- estaban pululando por todas partes. Estaba esquivando dentro y fuera de lo que pudiera encontrar de nubes. Estaríamos en una por diez o quince segundos, lo que les daba a los chicos la oportunidad de volver a recargar.

 

Mi copiloto, el teniente Taborek, y yo hicimos lo que pudimos. Pero no fue mucho. Las balas entraban en la cabina como lluvia. El panel de instrumentos fue hecho pedazos. Un proyectil de altos explosivos impactó la radio y la abrió como una flor. Otro consiguió dar en el tanque número 4 y la gasolina se derramó.

 

El viejo Gootee recibió un balazo en la mano y casi le arrancó su mano entera. Lo único que le impidió que se cayera fue un par de hilos de carne. Así que se puso un guante para sostener la mano en su brazo y ayudó a Brown a recargar y a apuntar.

 

Ese chico Brown estaba ocupado como un gato de dos cabezas en una cremería. Corrió de un lado a otro con las ametralladoras laterales en la cola. Gootee recargaría por él mientras estaba ocupado en la otra ametralladora. Entonces uno de los nipones logró apuntar a Brown mientras él estaba trabajando sobre todo el desastre con su ametralladora, arrancó las miras de la ametralladora y le dio a Brown en la muñeca. Sin detener su carrera de relevos entre las dos ametralladoras, ató un pañuelo alrededor de ella -apretado- y siguió disparando.

 

El navegante, el teniente William F. Neenagh, volvió para ver si podía sacar el cuerpo de Killin de la bañera. Pero no pudo sacarlo. La ametralladora de Williams se atascó y Neenagh trató de ayudarlo para repararla, pero no pudo hacerlo. Así que volvió a su puesto y se alternó entre los artilleros que quedaban.

 

Cellette estaba abajo en la burbuja del bombardero en las ametralladoras. Pero nunca logramos conseguir un ataque de frente, así que no pudo hacer nada más que sentarse allí y ser disparado. Otra ronda de fuego le dio a nuestros controles estabilizadores, por lo que el avión estaba tambaleándose como el infierno. Hicimos lo mejor que pudimos, manteniéndola en equilibrio con el timón. Para entonces la fortaleza parecía un tamiz desgastado.

 

Aproximadamente setenta y cinco o cien millas más tarde, los japoneses dieron vuelta y se marcharon. Supongo que sin municiones. Dios sabe que nos lanzaron lo suficiente.

 

Nadie dijo nada durante mucho tiempo.

Entonces Brown maldijo y comentó: “Diablos, yo apenas estaba empezando a aprender cómo darles -y luego tienen que irse-. ¡De toda la mala suerte!”

 

En eso lo hizo bastante bien. Entre ellos, los muchachos les dieron a seis o siete japoneses. Nos quedaban más que dos motores y a todos, excepto cuatro cables de control, les dispararon. Pero nos las arreglamos para zigzaguear de regreso las 350 millas. No se dijo ni una palabra durante el viaje de regreso. Estaban demasiado cansados, supongo. Y no exactamente en una sola pieza.

 

Estaba oscuro cuando llegamos al campo en la selva. Mis ruedas delanteras estaban desinfladas por los disparos y la rueda de cola había sido arrancada mucho tiempo atrás. Al campo [Campo del Desfile, en la Ciudad de Cagayan, Isla de Mindanao, Filipinas] le habían colocado barricadas contra el desembarco enemigo y yo apenas podía distinguir las rocas y las cosas que se habían dispersado alrededor de él.

 

Por un minuto no supe si sería mejor aterrizar de panza o intentar aterrizar sobre esas ruedas disparadas. Pero con una tripulación herida no quise sacudirlos, así que probé las ruedas.

 

Williams había perdido mucha sangre -y yo que temía que no lo lograría y los doctores también le salvaron la pierna-.

 

Me aproximé sobre los rines -cuidadosamente- y cuando llegamos al suelo el avión se fue de nariz y se mantuvo allí mientras yo contenía el aliento. Luego se acomodó y estábamos todos bien.

Si deseas saber más, visita el sitio Lanbob, el cual tiene la historia completa.

El capitán Wheless utiliza un modelo para ilustrar su historia del trabajo de su tripulación en la batalla con japoneses sobre Filipinas.

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