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La guerra se reparte en Casablanca

Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, sentados en el jardín de una de las villas utilizadas durante la Conferencia de Casablanca, en enero de 1943. Tras ellos aparecen varios de los altos mandos británicos y estadounidenses reunidos para discutir la estrategia aliada. (Imperial War Museums, A 14057; fotografía de H. A. Mason, Royal Navy).

Cuando los jefes del Estado Mayor Combinado se sentaron a las 10:30 de la mañana del 14 de enero de 1943, Franklin D. Roosevelt aún no había llegado a Casablanca. Su avión aterrizaría en el aeródromo de Medouina al caer la tarde. Winston Churchill llevaba ya dos días en Marruecos y, antes de que los dos dirigentes volvieran a encontrarse, británicos y estadounidenses habían empezado a discutir una cuestión que no podía esperar a la llegada del presidente.

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La situación de los Aliados comenzaba a ofrecer posibilidades que un año antes apenas existían. Alemania estaba sometida a una creciente presión en el frente oriental y retrocedía en el norte de África, pero la amenaza de los U-Boote seguía poniendo en peligro las comunicaciones marítimas de las que dependía cualquier ofensiva. En el Pacífico, Japón había perdido la iniciativa de los primeros meses de la guerra, aunque conservaba un inmenso perímetro y podía emplear cualquier pausa para fortalecerlo.

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El problema, por tanto, no consistía simplemente en decidir qué enemigo debía derrotarse primero. Había que determinar cuánto podía dedicarse a cada teatro sin comprometer los demás. Buques mercantes, escoltas, bombarderos, divisiones y, sobre todo, lanchas de desembarco eran recursos finitos. Una operación aprobada en un extremo del mundo podía dejar sin medios a otra a miles de kilómetros de distancia.

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Churchill había comenzado el viaje hacia aquella discusión dos días antes. Recordaría años después que, incluso antes de llegar a Casablanca, el trayecto en el bombardero Liberator modificado que utilizaba como transporte había proporcionado su propio recordatorio de los riesgos de la guerra:

El 12 de enero partí hacia el norte de África. Mi viaje por aire fue algo inquietante. Para calentar el “Commando” habían instalado en su interior un motor de gasolina que producía vapores y elevaba varios puntos de calefacción a temperaturas muy altas. Me desperté a las dos de la mañana, cuando estábamos sobre el Atlántico, a 500 millas de cualquier lugar, porque uno de aquellos puntos me quemaba los dedos de los pies y parecía que pronto podría ponerse al rojo vivo y prender las mantas.

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Desde cualquier punto de vista me pareció sumamente peligroso. Los puntos calientes podían provocar un incendio y los vapores de gasolina hacían inminente una explosión. Portal opinaba lo mismo. Decidí que era mejor congelarse que quemarse; ordené apagar toda la calefacción y volvimos a descansar, temblando en el aire helado del invierno, a unos 8.000 pies.

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El Presidente llegó la tarde del 14. Tuvimos un encuentro sumamente cordial y amistoso, y me produjo un intenso placer ver allí a mi gran colega, en territorio conquistado o liberado que él y yo habíamos conseguido asegurar pese al consejo que le habían dado todos sus expertos militares.

Si deseas saber más, lee The Hinge of Fate [El giro del destino], cuarto volumen de The Second World War [La Segunda Guerra Mundial], de Winston S. Churchill.

 

La última frase dejaba ver una satisfacción muy personal. Churchill veía la presencia de Roosevelt en Marruecos como una reivindicación de Torch frente a quienes habían dudado de aquella estrategia. Pero las diferencias que iban a aflorar en Casablanca no podían reducirse limpiamente a británicos contra estadounidenses.

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La víspera de la apertura, Ian Jacob, secretario militar adjunto del Gabinete de Guerra británico y uno de los oficiales que trabajaban detrás de los jefes reunidos en Casablanca, había observado un problema dentro de la propia maquinaria estadounidense. Ejército y Marina combatían la misma guerra, pero no siempre planificaban ni reclamaban los recursos desde la misma perspectiva:

Al parecer, las operaciones en el Pacífico son planificadas exclusivamente por el Departamento de Marina, que, a su vez, deja el resto del mundo al Departamento de Guerra. Hay poca o ninguna coordinación, de modo que la asignación de recursos entre el Pacífico y el resto del mundo es inevitablemente un asunto bastante azaroso, o quizá sería mejor describirlo como una pugna por quedarse con lo que se pueda.

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La Marina tiene sus buques y el Ejército los suyos. La Marina controla las lanchas de desembarco, por lo que al Ejército le resulta difícil conseguir lo que quiere para sus propios proyectos.

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Por otra parte, la Marina suele enfrentar dificultades en el ámbito administrativo o logístico de sus operaciones en el Pacífico, ya que a menudo no incorpora al Ejército con suficiente antelación. Esto ocurrió en Guadalcanal, donde los Marines estadounidenses fueron desembarcados y luego se descubrió que no había fuerzas para proseguir, ni organización logística, ni transporte. Entonces se llamó al Ejército para que ayudara, casi demasiado tarde.

Si deseas saber más, consulta el diario de Ian Jacob sobre la Operación SYMBOL, conservado en el Churchill Archives Centre. El pasaje del 13 de enero está reproducido en la historia oficial australiana The New Guinea Offensives, de David Dexter.

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A la mañana siguiente, esa competencia por hombres, buques y prioridades pasó de los despachos a la mesa de conferencias. La primera sesión comenzó a las 10:30 y, después del almuerzo, los jefes volvieron a reunirse a las 2:30. Sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor Imperial británico y uno de los principales responsables de defender la posición estratégica de Londres ante sus homólogos estadounidenses, había pasado buena parte del día frente a Marshall y King. Cuando finalmente dejó constancia de la jornada, la discusión estratégica quedó mezclada con el cansancio, un paseo junto al mar y una larga cena con Roosevelt y Churchill:

14 de enero

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Un día muy largo y laborioso. El desayuno fue a las 8:30, seguido de una hora y media de duro trabajo preparando mi exposición de apertura para nuestra primera reunión con los jefes del Estado Mayor estadounidenses.

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A las 10:30 nos reunimos. Comencé con una exposición de cerca de una hora, en la que presentamos nuestra visión de la situación actual de la guerra y nuestra opinión sobre la política futura que debíamos adoptar. Marshall siguió con una exposición en la que señaló los puntos en los que discrepaban de nuestra política.

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Nos detuvimos para almorzar y nos reunimos de nuevo a las 2:30. Entonces les pedí que explicaran sus puntos de vista sobre la conducción de la guerra en el Pacífico. El almirante King lo hizo y quedó claro de inmediato que su idea era una guerra a fondo contra Japón, en vez de operaciones de contención. Propuso que el 30 por ciento del esfuerzo de guerra se destinara al Pacífico y el 70 por ciento al resto. ¡Le señalamos que esa no era precisamente una forma científica de abordar la estrategia de guerra!

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Después fui con John Kennedy a dar un paseo por la playa para observar pájaros. Al regresar encontré una invitación para cenar con el Presidente, que había llegado aquella tarde.

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King acabó bastante entonado hacia el final de la velada. Como consecuencia, se volvió cada vez más pomposo y, con voz pastosa y abundantes gesticulaciones, explicó al Presidente la mejor manera de organizar la estructura política francesa para controlar el norte de África.

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Esto provocó muchas discusiones con el primer ministro, que no se daba cuenta del todo del estado en que se encontraba King. ¡Era muy divertido observarlos!

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Hacia la 1:30 de la madrugada se recibió una alarma; apagaron las luces y permanecimos sentados alrededor de la mesa, con los rostros iluminados por seis velas. El primer ministro y el Presidente, bajo aquella luz y en aquel entorno, habrían compuesto una fotografía maravillosa.

Si deseas saber más, lee War Diaries 1939–1945 [Diarios de guerra 1939–1945], del mariscal de campo Lord Alanbrooke.

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La mirada privada de Alanbrooke conserva lo que ninguna acta podía registrar del mismo modo: cansancio, ironía, un paseo para observar aves después de horas de discusión y una cena de trabajo que se prolongó hasta la madrugada. Pero también era la mirada de uno de los hombres implicados en el desacuerdo, y su mordacidad hacia King podía hacer parecer más superficial una posición que el almirante estadounidense había defendido con argumentos muy concretos.

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Marshall, Brooke y King habían expuesto esas posiciones en términos mucho más formales durante las reuniones del mismo 14 de enero. Marshall había planteado por la mañana el problema de repartir el esfuerzo aliado entre el Atlántico y el Pacífico; Brooke había insistido en que la amenaza de los U-Boote y la escasez de transporte podían paralizar cualquier ofensiva; y King explicaría por la tarde por qué consideraba insuficiente el esfuerzo dedicado a Japón. Sus propias intervenciones quedaron registradas así:

10:30 a. m.

 

El general Marshall expuso que el problema general al que se enfrentaban los Jefes del Estado Mayor Combinado era la distribución de recursos entre los dos grandes teatros de guerra: el Atlántico —que, para este propósito, incluía el Mediterráneo— y el Pacífico. Sugirió como concepto de trabajo que esa distribución general consistiera en un 70 por ciento para el teatro atlántico y un 30 por ciento para el teatro del Pacífico.

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Sir Alan Brooke señaló que el mayor peligro en aquel momento recaía sobre nuestras comunicaciones. La escasez de transporte marítimo constituía un estrangulamiento para todas las operaciones ofensivas y, a menos que pudiéramos combatir eficazmente la amenaza de los U-Boote, quizá no pudiéramos ganar la guerra.

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El general Marshall manifestó que los jefes estadounidenses estaban plenamente de acuerdo en que la amenaza de los U-Boote era la cuestión primordial. Al mismo tiempo, les preocupaba que nuevas operaciones en el Mediterráneo no produjeran ventajas proporcionales a los riesgos, y se inclinaban favorablemente por una operación desde el Reino Unido debido al fuerte apoyo aéreo disponible y a la relativa facilidad para abastecerla desde Estados Unidos.

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2:30 p. m.

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El almirante King señaló que la idea de emplear el 30 por ciento del esfuerzo de guerra de las Naciones Unidas contra Japón era un concepto, no un cálculo aritmético. Los estudios que había ordenado indicaban que aproximadamente el 15 por ciento se empleaba entonces contra Japón. Aquello no bastaba para hacer más que contener al enemigo; tampoco era suficiente para mantener la presión sobre los japoneses.

Si deseas saber más, consulta las actas de las reuniones de los Jefes del Estado Mayor Combinado del 14 de enero de 1943 en el Office of the Historian del Departamento de Estado de los Estados Unidos: sesión de las 10:30 a. m. y sesión de las 2:30 p. m., publicadas en Foreign Relations of the United States, The Conferences at Washington, 1941–1942, and Casablanca, 1943.

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Al caer la tarde, la discusión cambió de escenario, pero no terminó. Roosevelt aterrizó en Medouina a las 6:20 y estaba instalado en su villa junto al Hotel Anfa a las 7. Poco después, Churchill cruzó desde la suya para reunirse con él durante una hora. Después llegaron a la mesa muchos de los hombres que habían pasado el día defendiendo prioridades distintas: Brooke, Marshall, Pound, King, Portal, Arnold y Mountbatten, junto con Hopkins, Harriman y Elliott Roosevelt. La anotación oficial se limita a decir que permanecieron hasta muy tarde, renovando viejas amistades y hablando de trabajo; el presidente no se retiró hasta cerca de las tres de la madrugada.

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Casablanca no comenzó, por tanto, con una estrategia ya definida. Comenzó incluso con un desacuerdo sobre cómo repartir el esfuerzo entre los grandes teatros de operaciones. Los británicos veían en la situación alemana una oportunidad que no debía desperdiciarse; King temía permitir a Japón consolidar sus conquistas; Marshall aceptaba la prioridad de derrotar la amenaza submarina, pero dudaba de que seguir profundizando en el Mediterráneo fuese siempre la mejor manera de acercarse a Alemania. Y cada argumento terminaba regresando a las mismas limitaciones materiales: barcos, escoltas, aviones, lanchas de desembarco y tiempo.

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Hacia la una y media de la madrugada, cuando una alarma apagó las luces y seis velas iluminaron los rostros alrededor de la mesa, Alanbrooke pensó que Roosevelt y Churchill habrían compuesto una fotografía maravillosa. La escena que imaginó también resulta apropiada para el primer día de Casablanca: los dos dirigentes estaban finalmente juntos en Marruecos, pero a su alrededor seguían sentados hombres que llevaban horas discutiendo cómo emplear el poder creciente de la alianza.

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El 14 de enero todavía no había dado una respuesta definitiva. Había mostrado, en cambio, cómo comenzaría a buscarse.

Los jefes del Estado Mayor Combinado reunidos en la sala de conferencias del Hotel Anfa, Casablanca, en enero de 1943. A la izquierda, en primer plano, el almirante Ernest J. King y el general George C. Marshall; a la derecha, el mariscal de campo Sir John Dill, el mariscal del aire Sir Charles Portal, el general Sir Alan Brooke, el almirante Sir Dudley Pound y Lord Louis Mountbatten. (Imperial War Museums, A 14041).

El Hotel Anfa de Casablanca, convertido en cuartel general de las conversaciones anglo-estadounidenses durante la Conferencia de Casablanca de enero de 1943. En sus salas se reunieron los jefes militares encargados de discutir las prioridades estratégicas aliadas para el año que comenzaba. (Imperial War Museums, A 14085).

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