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El silencio de la calle Karmelicka

Peatones y rickshaws recorren la calle Karmelicka del gueto de Varsovia en 1941, fotografiada por Willy Georg. Imagen restaurada y reconstruida digitalmente a partir de la fotografía original. (Fotografía original: © IWM HU 60703 / Willy Georg).

A mediados de febrero de 1941, el gueto de Varsovia llevaba casi tres meses sellado. Cientos de miles de judíos habían sido confinados en una pequeña fracción de la ciudad, sometidos a un hacinamiento extremo y a raciones oficiales insuficientes para sostener la vida.

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Las condiciones del encierro seguían agravándose. Desde enero, las autoridades alemanas deportaban al gueto a judíos procedentes de pequeñas comunidades situadas al oeste de Varsovia, lo que aumentaba todavía más la población de un recinto ya saturado.

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A esas condiciones se sumaba la violencia cotidiana. Podía irrumpir en plena calle y alterar en cuestión de minutos el movimiento de quienes la transitaban.

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El 14 de febrero, Chaim A. Kaplan dejó registrada en su diario una escena que había presenciado unos días antes desde una ventana que daba a Karmelicka:

14 de febrero de 1941

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La calle Karmelicka, que es la única arteria de tránsito entre el gueto de Nalewki y el gueto de Grzybowska, siempre se presta a actos de brutalidad. Hace unos días presencié desde mi ventana, que da a la calle Karmelicka, una escena trágica de ese tipo.

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Al principio me sobresaltó y atemorizó el terrible ruido de una masa de gente en movimiento, como el rugido del mar; dos o tres minutos después, me atemorizó el silencio que siguió. Miré por la ventana y la calle estaba vacía. No había allí un alma viviente; era como si toda la creación estuviera muerta.

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En menos de un minuto apareció un asesino nazi, con el rostro rojo como el fuego y una ira ardiente en cada movimiento. Avanzaba con un paso singularmente pesado en busca de una víctima. Llevaba un látigo en la mano. Detrás de él, a unos cuantos pasos, venía su compañero. Ambos dirigían miradas maliciosas en todas direcciones. Todos los judíos habían desaparecido.

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Cerca del edificio del número 25 de Karmelicka se encontraron con un pobre vendedor ambulante, harapiento, de pie junto a su cesta de mercancías; todo en su aspecto hablaba de opresión. Un encuentro terrible. El desdichado vendedor se convirtió en blanco de los golpes de aquellas bestias asesinas. Cayó al suelo de inmediato y uno de ellos lo dejó allí y se marchó. Pero no así su compañero. La propia debilidad física de la víctima enardeció al sádico.

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En cuanto el vendedor cayó, comenzó a pisotearlo y a golpearlo sin piedad con el látigo. Lo golpeó de distintas maneras, con crueldad y sadismo: unas veces en la cabeza, otras en el rostro; unas veces una patada, otras un puñetazo. No dejó indemne una sola parte de su cuerpo. Desde lejos parecía estar golpeando un cadáver.

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El hombre golpeado yacía tendido, sin un soplo de vida. Pero el torturador no lo dejaba en paz. No sería exagerado decir que lo golpeó sin detenerse, sin piedad, durante unos veinte minutos.

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Era difícil comprender el secreto de aquel fenómeno sádico. Al fin y al cabo, la víctima era un desconocido, no un antiguo enemigo. No le había hablado con rudeza, mucho menos lo había tocado. Entonces, ¿por qué aquella ira cruel? ¿Cómo es posible atacar a un desconocido, a un hombre de carne y hueso como yo, herirlo y pisotearlo y cubrirle el cuerpo de llagas, moretones y verdugones, sin razón alguna?

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¿Cómo es posible? Y, sin embargo, juro que vi todo esto con mis propios ojos.

Si deseas saber más, lee The Scroll of Agony: The Warsaw Diary of Chaim A. Kaplan [El pergamino de la agonía: el diario de Varsovia de Chaim A. Kaplan], de Chaim A. Kaplan. Para esta traducción se ha utilizado la edición inglesa, traducida y editada por Abraham I. Katsh.

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Años después, Władysław Szpilman volvería a Karmelicka al escribir sus recuerdos del gueto. Él mismo advirtió que las experiencias acumuladas entre noviembre de 1940 y julio de 1942 se habían fundido en una sola imagen y que ya no podía imponerles un orden cronológico preciso:

Para llegar al centro del gueto había que bajar por la calle Karmelicka; era el único camino. Allí era sencillamente imposible no rozarse con otras personas. La densa multitud no caminaba, sino que avanzaba empujándose y abriéndose paso, formando remolinos frente a los puestos y en los huecos de los portales.

 

La ropa de cama sin airear, la grasa rancia y la basura que se pudría en las calles despedían un frío olor a descomposición. A la menor provocación, la multitud era presa del pánico y corría de un lado al otro de la calle, sofocándose, apretujándose, gritando y maldiciendo.

 

Karmelicka era un lugar especialmente peligroso: varias veces al día circulaban por ella furgones carcelarios. Transportaban presos, invisibles tras paredes de acero gris y pequeñas ventanillas de vidrio opaco, desde la prisión de Pawiak hasta la sede de la Gestapo en la avenida Szucha; en el viaje de regreso traían lo que quedaba de ellos después del interrogatorio: despojos humanos ensangrentados, con los huesos rotos, los riñones machacados a golpes y las uñas arrancadas.

 

La escolta de aquellos furgones no permitía que nadie se acercara, aunque los propios vehículos estaban blindados. Cuando giraban hacia Karmelicka, tan abarrotada que, por mucho que quisieran, las personas no podían refugiarse en los portales, los hombres de la Gestapo se asomaban y golpeaban indiscriminadamente a la multitud con porras. Esto no habría sido especialmente peligroso si se hubiera tratado de porras de goma corrientes, pero las que utilizaban los hombres de la Gestapo estaban provistas de clavos y hojas de afeitar.

Si deseas saber más, lee The Pianist: The Extraordinary True Story of One Man’s Survival in Warsaw, 1939–1945 [El pianista: la extraordinaria historia real de la supervivencia de un hombre en Varsovia, 1939–1945], de Władysław Szpilman. Para esta traducción se ha utilizado la edición inglesa traducida por Anthea Bell.

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Las dos voces dejan imágenes contrastantes de una misma calle. Szpilman recordaría Karmelicka tan abarrotada que apartarse resultaba casi imposible; Kaplan conservó, en cambio, el instante en que la calle quedó vacía en cuestión de minutos.

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Lo que Kaplan dejó escrito el 14 de febrero no fue una explicación. El hombre junto a su cesta era un desconocido y el diarista no halló una causa para la violencia que había presenciado unos días antes. Quedaron, en cambio, la calle, el paso repentino del ruido al silencio y la pregunta que formuló al final, sin respuesta.

Chaim Aron Kaplan, fotografiado el 26 de diciembre de 1940. Educador y diarista en Varsovia, dejó por escrito la escena de la calle Karmelicka registrada el 14 de febrero de 1941. Imagen restaurada y digitalmente reconstruida a partir de la fotografía original. (Fotografía original: autor desconocido).

Una niña y un niño con bandejas de venta en el gueto de Varsovia, 21 de junio de 1941. Fotografía de Albert Cusian. (Bundesarchiv, Bild 101I-134-0778-28 / Albert Cusian / CC BY-SA 3.0 DE).

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