En el desierto la batalla continuaba, como ocurría desde el 27 de mayo. Finalmente, después de romper el fortín de Bir Hakeim, Rommel pudo al fin lanzar un asalto masivo de tanques sobre la Línea Gazala británica. Su táctica combinando cañones antitanque y tanques resultaría devastadora.

 

Al final del día estaba en una posición decisiva para penetrar la línea británica, flanqueando el fortín británico más septentrional. Alan Moorehead se encontraba en el campo de batalla como un periodista, un testigo del combate confuso y en condiciones de desarrollar posteriormente una comprensión del mismo:

Choque de tanques en el desierto

Tanques británicos inhabilitados yacen abandonados en el desierto, en 1942.

A través de la noche del 12 de junio, Rommel continuó su camino hacia el Este y antes del amanecer del día siguiente se dio cuenta que había tenido la buena suerte de ubicarse entre dos brigadas británicas. Sábado, 13 de junio -el decimonoveno día continuo de batalla- fue tibio y claro. A primera luz del día los dos ejércitos estaban enfrentándose. Casi de inmediato, el campo de batalla estaba cubierto de arena removiéndose y el humo de la quemazón de aceite. Las órdenes y mensajes confusos estaban volando sobre la radio de ambos lados. Los tanques británicos en la línea frontal pidieron ayuda y lanzaron un ataque desde el norte para cortar a través de la base de la cuña de Rommel. Se encontraron de inmediato con los cañones de 88 milímetros que habían sido escondidos durante la noche. Simultáneamente, la punta de la cuña enemiga amenazó al cuartel general blindado británico, el cual se vio obligado a desmontar el campamento apresuradamente y dirigirse hacia el Este. Durante este movimiento, el cuartel general perdió contacto con una gran parte de los tanques enfrascados en la batalla. Y la batalla fue feroz.

 

En un intento por ubicarse dentro del rango, los británicos hicieron una carga frontal sobre las posiciones alemanas. En pocos minutos se convirtió en una masacre para ambas partes. Se colocó un enorme cinturón de fuego desde docenas de posiciones ocultas de cañones 88. Esos tanques británicos, que habían escapado de alguna forma a los disparos iniciales y llegaron justo enfrente del enemigo, se encontraron expuestos y abandonados por sus camaradas que habían caído por el camino. Aquéllos que al principio sólo fueron ligeramente impactados y que viraron para escapar, fueron sorprendidos por la segunda y tercera cortina de fuego de los cañones. Los que llegaron como refuerzos se encontraron en una confusión de arena volando, vehículos incendiándose y artillería mortal que rastrillaba la llanura una y otra vez. Cuando por fin los ingleses avistaron los tanques alemanes y avanzaron hacia ellos, fueron llevados a otros cañones y fueron demolidos. Entonces y sólo entonces, los tanques alemanes salieron y se abalanzaron contra las fuerzas británicas que habían sido diezmadas en gran medida por los cañones antitanque.

 

En gran medida era la repetición de la táctica más vieja sobre la Tierra. El hermano pequeño va camino abajo y el ladrón salta sobre él. El hermano pequeño corre hacia el lugar donde el hermano mayor está esperando con un puñal detrás de la esquina. El hermano mayor salta y golpea al ladrón.

 

Ambos bandos habían atraído muchas veces o tratado de atraer a los tanques enemigos sobre cañones antitanques ocultos. Los alemanes tuvieron éxito aquí no porque fuera una nueva táctica, sino porque los británicos estaban obligados a atacar para detener la marcha en Tobruk y, para atacarlos, tuvieron que enfrentar la barrera de cañones de 88 para lograr colocar sus propias armas dentro del rango.

 

Uno tras otro, los escuadrones británicos informaron que estaban teniendo grandes pérdidas y que requerían apoyo inmediato. Eran los alemanes los que estaban embistiendo ahora, cargando más allá de los cascos blindados en llamas y obligaron a los defensores agotados a continuar la batalla. En esta tremenda perseverancia, los británicos quedaron aislados unos de otros y se vieron forzados a combatir en grupos pequeños. Estos grupos, a su vez, se separaron de sus propios cañones antitanque y sus vehículos de suministro. Muchos tanques se quedaron sin combustible y tuvieron que ser abandonados.

 

 

Las malas noticias empezaron a llegar al cuartel general hacia la tarde. Pequeños grupos de hombres demacrados comenzaron a filtrarse fuera del caos y cada uno con una historia de superioridad de fuerzas alemanas, que los habían aplastado primero con el cañón y luego el tanque.

Si deseas saber más, lee “Desert War Trilogy: The Classic Trilogy on the North African Campaign 1940-43” [Trilogía de la guerra del desierto: la trilogía clásica de la campaña norafricana 1940-43], de Alan Moorehead.

Rommel en el desierto en una conferencia con su personal.

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