Para la mañana del 15 de febrero, los japoneses habían roto la última línea de defensa en Singapur; los británicos se estaban quedando sin comida y municiones. Los cañones antiaéreos también se habían quedado sin municiones y no podían impedir los ataques aéreos japoneses, que estaban causando graves bajas en el centro de la ciudad.

 

Poco trabajo se había hecho para construir refugios antiaéreos y el saqueo y la deserción de las tropas británicas aumentó aún más el caos en esta área. A las 09:30 de la mañana, el general Percival celebró una conferencia en Fort Canning con sus comandantes. Propuso dos opciones: lanzar un contraataque inmediato para recuperar los depósitos de agua y las bodegas militares de alimentos en la región de Bukit Timah, o rendirse. Después de acaloradas discusiones y recriminaciones, todos convinieron en que no era posible contraatacar. Percival entonces optó por rendirse.

En las primeras horas del día 15 de febrero, el teniente general Percival recibió el último telegrama del general Sir Archibald Wavell, Comandante Supremo en el Lejano Oriente:

Los ingleses se rinden en Singapur

El teniente general Arthur Percival, guiado por un oficial japonés, camina bajo la bandera de tregua para negociar la capitulación de las fuerzas Aliadas en Singapur, el 15 de febrero de 1942. La rendición de Singapur representó la derrota más grande de fuerzas británicas de la historia. Cerca de 80,000 soldados ingleses, australianos e indios se unieron a los 50,000 prisioneros de guerra capturados durante la campaña en Malasia, muchos de los cuales fueron utilizados para la construcción de las vías férreas y el infame puente sobre el Río Kwai.

Mientras usted esté en condiciones de infligir pérdidas en el enemigo y sus tropas se encuentren físicamente capaces para hacerlo, usted debe continuar la lucha. El tiempo que pueda ganarse y el daño al enemigo son de vital importancia en esta crisis.

 

Cuando usted esté plenamente convencido de que esto ya no es posible, le doy la facultad de cesar la resistencia.

 

Antes de hacerlo, todas las armas, equipo y transporte de valor para los enemigos, por supuesto, deben ser inutilizados. Además, justo antes del cese definitivo del combate, debe dársele la oportunidad a cualquier cuerpo determinado de soldados o personas, para tratar y llevar a cabo el escape por cualquier medio posible. Ellos deben estar armados.

 

Manténgame informado de las intenciones. Pase lo que pase le estoy agradecido a usted y a sus tropas por los valerosos esfuerzos realizados durante los últimos días.

Las primeras consideraciones sobre la posibilidad que las fuerzas británicas resistieran, expresadas unos cuantos días atrás, habían sido erróneas. Los japoneses, de manera crucial, ya controlaban el suministro de agua a la isla de Singapur, aunado a una aplastante superioridad en el aire y en el mar, mismos que convirtieron la resistencia en tierra en un retraso fútil de lo inevitable.

 

La rendición no se desenvolvió con mucha facilidad para todos, como recordaría posteriormente Len Baynes, un soldado participando en la defensa de la “fortaleza impenetrable de Singapur”:

El teniente general Tomoyuki Yamashita, el comandante de las fuerzas japonesas, frente al teniente general A. E. Percival, comandante de las británicas, durante la reunión final para decidir los términos de la rendición inglesa, en el edificio ocupado por la planta de Ford Motor Company, en Bukit Timah, Singapur.

Después de la llegada de la orden de cese al fuego, nos pareció que esperamos por un largo tiempo en nuestras trincheras sin que nada sucediera. Una hora y media después de que la recibimos, los hombres atrincherados a unas cincuenta yardas de distancia (unos cuarenta y cinco metros), en el centro de un prado, decidieron salir de sus trincheras -una ametralladora abrió fuego contra ellos y todos se quedaron inmóviles en torno a su posición-. Corrí de vuelta a nuestro RAP y tomé prestada una bandera de la Cruz Roja para mostrarla en el lugar e ir por cualquiera de los heridos.

 

Esquivando una lluvia de balas de la misma ametralladora, encontré a nuestro oficial médico y le expliqué nuestra misión, pero me dijo que como algunos de nuestros hombres habían disparado contra camilleros japoneses, habían dejado de respetar la Cruz Roja y estaban abriendo fuego indiscriminadamente contra camilleros y ambulancias. Me dijo que me quedara en silencio junto con mis hombres hasta que se recibieran más instrucciones. Más adelante, nos enteramos que las tropas indias habían disparado sobre los japoneses desde las ventanas del Hospital Robert y esta fue la causa responsable de la represalia.

 

 

Más tarde trascendió que los japoneses habían traído a sus tropas veteranas. Como habíamos defendido muy bien nuestra posición, ellos pensaron que éramos un regimiento estrella bajo el mando directo del general Wavell. Estas compañías enemigas actuaban más o menos de manera independiente y tenían pocas líneas de comunicación. Sus líderes no habían podido informarles del cese al fuego y como resultado, éste fue nuestro peor momento ya que, sin armas, fuimos eliminados uno por uno.

 

 

Nos habían contado de cuerpos de soldados que habían sido encontrados con sus manos atadas con alambre de púas y acribillados con balas, y que gustaban de torturar a sus prisioneros antes de deshacerse de ellos. Sabíamos que los chinos, que habían estado luchando durante varios años, trataban así a sus prisioneros. A nuestros compañeros en el prado les habían disparado a sangre fría. No platicamos de estas cosas mientras esperábamos en silencio y cada uno de nosotros guardamos nuestros pensamientos para sí mismos.

Si deseas saber más, lee “The Will to Live: A Japanese POWs Memoir of Captivity and The Railway” [La voluntad de vivir: la memoria de cautiverio y el ferrocarril de un prisionero de guerra de los japoneses], de L. L. Baynes.

Noticiario de época japonés mostrando imágenes de la captura de Singapur por parte de las fuerzas imperiales japonesas.

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