La Real Fuerza Aérea (RAF) británica persistía en su política de mantener la guerra en territorio enemigo con “barridas” sobre el norte de Europa conocidos como los Ataques Ruibarbo. El objetivo era forzar a la Luftwaffe a mantener una cantidad importante de aviones en el frente occidental y así disminuir el número de unidades en la Unión Soviética.

El éxito de estos ataques era limitado y se convertían en misiones sumamente peligrosas tanto para los pilotos como para los aviones. No obstante, el Comando Aéreo de la RAF continuó llevando ataques esporádicos sobre territorio europeo. René Mouchotte, un piloto francés al frente del escuadrón galo de la RAF, fue asignado a uno de los Ataques Ruibarbo:

Peligrosa misión sobre la costa de Francia

El 15 de julio de 1942 la Real Fuerza Aérea realizó un masivo Ataque Ruibarbo sobre el norte de Francia, en donde participaron varios escuadrones. El Spitfire Vb BM329 del Escuadrón número 122, pilotado por el sargento Dennis Stephen James, de la Fuerza de Voluntarios de la RAF, falleció en el ataque. Se presume que el avión fue derribado por fuego antiaéreo sobre Boulogne, en Francia. En la imagen, los restos del Spitfire BM329.

15 de julio

 

El escuadrón entero despegó en ataque de ruibarbo masivo. No quería perderme tal ocasión tan rara, por lo que fui a la cabeza de mi vuelo esta mañana. Después de veinticinco minutos volando justo por encima de las crestas de las olas, al fin vimos los acantilados de Saint-Valéry-en-Caux. No había un solo barco enemigo. Como era habitual, mi corazón comenzó a latir en una danza loca y sentí una sensación curiosa en mi estómago. La pared blanca de los acantilados se aproximaba rápidamente; habíamos volado directo a sólo unos 50 metros de su base y todos halamos las narices de nuestros aviones hacia el cielo, haciendo un ascenso casi vertical. Los vuelos de Dupérier y Fayolle seguirían la costa sur, después, entre tres y cinco kilómetros, ellos volarían paralelos a mí, a lo largo y por arriba de la costa. Aunque los vuelos de Dupérier y Fayolle no encontraron blancos a los cuales dispararles y aunque el último logró desmontar a un magnífico jinete Boche [alemán] al dispararle, mi vuelo y yo no estuvimos inactivos.

Una vez encima de la costa, apenas me había enderezado para descender a nivel del suelo cuando a unos 200 metros adelante vi un raro tipo de aparato en el campo, el cual reconocí como un puesto de radiolocalización con estructura giratoria en su parte superior. Ya estaba encima de este y sólo pude disparar una ráfaga corta, sin ver ninguna señal de destrucción aparente, cuando sentí un golpe violento debajo de mi avión, acompañado de un sonido sordo, como el golpe de un gran puño en una mesa de vajilla. ‘No hay duda de ello, me han dado’, pero me sorprendió no sentir ninguna emoción ante este asunto. Justo antes de cruzar la costa estaba casi enfermo físicamente por los nervios; ahora, en medio del peligro, la inmensa calma triplicó mi fuerza y dio una increíble precisión a mis acciones. Había una gran determinación, una ausencia completa de temor, aunque la conciencia del peligro lo hace a uno comportarse como si, por su propia voluntad, el mecanismo inconsciente dominara y pusiera a dormir al animal racional. Dos o tres pruebas con la palanca y dio como resultado que la barra del timón no estuviera fatalmente dañada.

Entonces me olvidé de todo eso. Pasaron volando los campos. Cientos de vacas. Algunos campesinos; algunos agitaban sus sombreros, pañuelos y brazos de una forma muy animada. Otros permanecieron tirados en el suelo por temor a ser vistos y ametrallados. Un grupo de pobres mujeres ancianas huyó, aterrorizadas de mi avión; me horroricé de ver a una de ellas caer al suelo. Juro que si hubiera tenido la menor oportunidad de aterrizar hubiera ido a levantarla y decirle lo avergonzado que me sentía. Siento una gran pena por esta gente invadida y desdichada. Pero la mayor parte de ellos me estaban saludando y estoy seguro que vieron mi brazo devolviéndoles el saludo.

Una segunda estación de radiolocalización atrajo mi atención. Parecía más importante que la otra. La ataqué con fuego de cañón y un montón de chispas saltaron de inmediato. Al voltear, vi a mis pilotos siguiendo mi ejemplo y atacando en su turno. Bien, el Boche la tuvo, pero en respuesta escupió y trazadores vinieron por todas partes y pasaron bajo nuestras narices.

¡Un valle! Era tan extraño, esa zambullida en ese valle de aspecto pacífico. Pequeños techos, en medio del verdor de los árboles y un humo calmado.

Me encontré en el otro extremo, muy sorprendido de no haber sido más golpeado por la defensa. Me abalancé una vez más sobre un pequeño nido de ametralladora. El brillo de un cañón en el sol me había llamado la atención. Muy poco hubiera sido suficiente para salvar las vidas de estos Fritzes. Destino.

Por fin llegó la orden de dejar la costa. Unos giros más y pasé sobre Étreat. No podía decidirme si regresar, decepcionado de volver con algunas balas todavía por dispararse. Entonces una oportunidad se presentó. A la distancia pude ver un pequeño edificio de madera que no podía ser otra cosa que un emplazamiento de cañón. ¡Allá vamos! Ambas manos en la palanca para apuntar mejor. Volé al nivel de las margaritas. El punto rojo justo en medio de la cabina, estaba a punto de presionar el centro del botón y dejar volar a todos mis cañones cuando vi, a 20 metros a estribor, cinco magníficos alemanes en uniforme corriendo a toda velocidad y ¡ah! Ingenuos, todos juntos. ¡Qué oportunidad! Unos cuantos grados a estribor. El cañón y las ametralladoras, les di todo lo que tenía. Una gran nube de polvo, luego el vacío y el mar abajo.

Eché hacia abajo mi avión, lo arrojé arriba, haciéndolo girar salvajemente mientras las balas rebotaban a estribor y hacia babor en el agua, los trazadores superándome, una sensación desagradable. Finalmente, un sentimiento delicioso de bienestar me poseyó. Había finalizado. Todavía estaba vivo. ¿Es la búsqueda de esa satisfacción que me hace aficionado a este tipo de deporte? Eran sólo diez o quince minutos más tarde que recordé que me habían dado. ¿Estaba herido? Aparentemente no.

Cuando volteé vi la cosa, la terrible cosa. Mi cola había sido completamente eviscerada por un proyectil. Era un milagro que mis controles hayan funcionado. ¡Por el amor del cielo, vuela derecho y sin sacudidas! Estaba horrorizado cuando volví a pensar en mis cabriolas vertiginosas cuando salí de la costa. Afortunadamente mis elevadores no parecían haber sido impactados. Los vi más tarde, otros dos centímetros y hubiera sido todo. ¡Qué hermoso salto mortal hubiera realizado!

Fayolle escribió en su reporte que al haber cruzado la costa en el mismo punto esta mañana, él disparó y destruyó un cañón enemigo, que estaba apuntando al cielo inactivamente y cuya dotación yacía por todas partes, aparentemente sin vida.

Si deseas saber más, lee “The Mouchotte Diaries” [Los diarios de Mouchotte], editado por André Dezarrois.

Después de la caída de Francia en 1940, René Mouchotte huyó a la Gran Bretaña para unirse a la Real Fuerza Aérea con los pilotos de la Francia Libre, el escuadrón galo era liderado por Mouchotte.

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