Entre junio y julio de 1942, el gobierno francés encargado de la cuestión judía en Francia fue sustituido por uno alemán. Como resultado, las políticas antisemitas francesas se endurecieron. Al amanecer del 16 de julio de 1942, unos 4,500 gendarmes franceses comenzaron una detención masiva de judíos extranjeros viviendo en París, a instancias de las autoridades alemanas.

Más de 11,000 judíos fueron arrestados ese mismo día y confinados en el Velodrome d’Hiver [Velódromo de Invierno], conocido como Vel’ d’Hiv, en París. Los detenidos se mantuvieron en condiciones sumamente atestadas, casi sin agua, alimentos e instalaciones sanitarias.

En una semana, el número de judíos en el Vel’ d’Hiv había alcanzado los 13,000, entre ellos más de 4,000 niños. Los niños de entre dos y dieciséis años fueron arrestados junto con sus padres. Aunque muchos judíos habían sido prevenidos del peligro, ellos habían asumido que la deportación sólo incluiría a los hombres, como se había hecho en el pasado; por consecuencia, las mujeres y los niños no buscaron escondites.

 

Cecile Widerman escribió notas en su diario que posteriormente dieron lugar a su libro, ella describe los terribles momentos de la deportación de los judíos franceses en esa noche del 16 de julio:

La gran redada de judíos en Vel d'Hiv

La redada de Vel d'Hiv en París, durante la operación denominada Viento Primaveral, unos 13,000 judíos fueron arrestados y llevados al Velódromo de Invierno en condiciones insalubres.

Eran las 3 de la mañana del 12 de julio [sic], cuando golpes violentos en la puerta principal despertaron a la familia entera.

“¡Abran esta puerta en nombre de la ley o la tiraremos!”, les gritaba un hombre. El golpeteo en la puerta continuó.

“Dije que la abrieran o la echaremos abajo”.

Herz y Laja se despertaron e inmediatamente supieron lo que estaba pasando. Particularmente porque podían escuchar también los golpes en las otras puertas del edificio.

“Son ellos”, dijo Herz.

“Dios mío”, fue lo único que pudo decir antes de que comenzara a sentir pánico. “Las niñas”.

“Esta es su última oportunidad. Abran la puerta”. La voz tras la puerta era convincente.

“Laja, tu abre la puerta. Yo voy por las niñas”. Él brincó de la cama, se puso algo de ropa y corrió a donde las niñas dormían. Ya estaban despiertas y muy asustadas.

Laja fue a abrir la puerta. Afuera había tres soldados parados y tan pronto como se abrió la puerta se metieron a la fuerza. Laja pudo ver que la misma escena estaba ocurriendo en los apartamentos en todo el piso.

 

Los soldados pasaron a un lado de Laja y una vez adentro le gritaron.

 

“Cojan sus valijas, judíos inmundos y apúrense. Los vamos a llevar y si no lo hacen rápido será su fin”.

 

Herz trajo a las niñas a la sala y vio a los soldados apuntando sus armas a ellas. Continuaron gritándole a la familia para que siguiera moviéndose.

 

“¿Qué hemos hecho?” Herz suplicaba “¿Qué hemos hecho?”

 

“Cállense y apúrense. Tienen tres minutos para salir o disparamos”

 

 

La mayoría de la gente del edificio estaba corriendo bajando las escaleras con soldados detrás de ellos, rifles apuntando a sus espaldas. Algunas de las bombillas en el pasillo habían sido rotas y partes de este estaban totalmente oscuras. Los soldados estaban gritando como las familias en pánico eran empujadas a las calles. Los padres trataban de asegurarse que sus familias estuvieran juntas ya que temían que fueran pisoteados si alguno no podía mantener el paso.

Laja y Herz bajaron las escaleras rápidamente con sus hijos más pequeños en sus brazos. Marguerite apenas pudo bajar con el veliz que ahora contenía todo lo que poseían.

Antes de irse, Cecile puso su pequeña bolsa de fotografías de la familia en su cartera, una que sus padres le habían dado en su último cumpleaños, junto con una muñequita que Mamá había hecho a mano. La apretaba mientras su padre corría por las escaleras.

Una vez en la calle, vieron a cientos de personas saliendo de cada edificio en la avenida. Todos eran custodiados por guardias con rifles gritándoles mientras se movían. Los guardias empujaban con sus rifles a aquellos que no se movían lo suficientemente rápido.

A alguien enfrente de Herz y Cecile se le cayó un paquete y fue a recogerlo. Un guardia alemán y luego otro se fueron contra él y lo golpearon repetidamente con las culatas de sus rifles.

“Muévete judío. Muévete judío. Si no te mueves morirás”, le gritaban mientras le golpeaban.

Muchas personas en la multitud estaban llorando mientras trataban de mantener el paso que los alemanes habían marcado. Cada vez que la línea se detenía un poco, los guardias pateaban a cualquiera que estaba enfrente de ellos. Patearon a Herz muchas veces mientras luchaba por mantener a Cecile en sus brazos. También patearon a Laja y a Marguerite. Algunos entre la muchedumbre no podían evitar voltear su mirada hacia el apartamento que recién habían dejado. Sería la última vez que verían su vecindad. Aunque era de noche, había gente alineada en las calles viendo este desfile de terror. Ellos le gritaban a la gente que participaba en esta marcha forzada.

“Judíos sucios. Se los están llevando. Bien por ustedes”, gritaban.

Aquellos que no gritaban a los que marchaban sólo observaban la escena. Puede ser que pensaran que la gente que estaba siendo llevada no sólo era judía, eran franceses, compatriotas, los que estaban siendo acorralados y expulsados. Pero si así era, no lo mostraban. Veían a las pobres almas en la calle como chivos expiatorios. Si los nazis no se llevaban a los judíos, quizá empezarían a llevarse al resto de los ciudadanos franceses. Algunos debieron haber pensado la buena suerte que tenían de no ser judíos.

Mucha gente en la línea que había traído más de una maleta pequeña los habían forzado a abandonarlas en las calles. Los guardias pateaban los velices fuera del camino mientras la línea se movía, otros guardias hurgaban en ellos y luego los lanzaban al lado del camino. Para Marguerite, el veliz de la familia se estaba volviendo demasiado pesado para ser llevado corriendo.

“Papá, no puedo llevar esto más”.

Herz volteó hacia Marguerite mientras cargaba a Cecile.

“Marguerite, déjalo caer. Déjalo”.

“No Papá, no lo haré”.

“Marguerite, déjalo. No puedes cargarlo y correr”.

Trató de llevarlo por otra cuadra, pero después de unos 50 metros o algo así se dio cuenta que desfalleciera por el agotamiento si no lo abandonaba. Comenzó a llorar y dejó el veliz en la acera. Cuando Cecile no podía caminar más, Herz la levantaba y la llevó por el resto del camino.

Los alemanes los forzaron a caminar por más de una hora hasta que llegaron a un local de camiones. Para el momento en que llegaron allí, ya había cientos, quizá miles, obstruyendo el patio de carga. Una vez que pudieron descansar, Laja comenzó a toser. Se veía como si apenas pudiera respirar, sus sibilancias y tos apenas la dejaban ponerse de pie.

Alrededor de tres horas más tarde docenas de camiones en una larga línea gris rodaron por la calle y hacia el patio de carga. Todos en el lugar se levantaron rápidamente y el pánico que había caracterizado la primera parte de la mañana llegó de nuevo. Tan espantoso como era la espera en el patio, ver los camiones les hizo darse cuenta que serían llevados mucho más lejos.

La gente estaba siendo conducida hacia los camiones hasta que estaban llenos. No hubo ninguna consideración para mantener a las familias juntas. Sólo fueron repletadas en los vehículos, que de inmediato salieron a toda velocidad. Cualquiera que aún tuviera sus maletas fue forzado a dejarlas en el patio. Un gran montón de maletas se estaba formando en el centro del local.

El camión era muy ruidoso, pero los sonidos de la tragedia por venir eran claros como una campana. Muchos de las mujeres en el camión estaban llorando, algunas gimiendo. Muchos de los hombres estaban rezando, algunos de ellos rompiendo en llanto mientras oraban. Aquellos que no rezaban veían hacia adelante, sus caras pálidas en su temor.

Algunas de las personas tomaron pedazos de papel y escribieron notas a aquellos que dejaban atrás. Ellos lanzaban los papeles afuera del camión, esperando que algún alma bondadosa recogiera los papeles y los enviara a los domicilios garabateados en ellos. Esos esfuerzos de desesperación eran señales que la gente en los camiones tenía una muy buena idea de que no regresarían.

Después de horas de conducción, los camiones se detuvieron en un gran estadio deportivo, el Velodrome D’Hiver (Velódromo de Invierno). Una vez que los camiones se detuvieron, los guardias sacaban arrastrando a la gente y comenzaron a separar a las familias en grupos. La gente gritaba fuertemente al tiempo que eran separados, hombres viejos en un lugar, hombres jóvenes y muchachos en otro, mujeres ancianas allá y así sucesivamente.

Si deseas saber más, lee “Goodbye for Always: The Triumph of the Innocents” [Adiós para siempre: el triunfo de los inocentes], de Cecile Kaufer y Joe Allen.

 

Un testigo describe las condiciones en las que se encontraba el velódromo:

Autobuses esperan a la entrada del Vélodrome d'Hiver, donde estaban reunidos casi 13,000 judíos antes de ser transportados a Drancy y otros campos de tránsito franceses, en París, Francia, el 16 y 17 de julio de 1942.

Al entrar, tu respiración es cortada por el aire hediondo y encuentras ante ti una arena negra con personas atiborradas unas junto a otras, aferrándose a pequeños paquetes [de ropa, pertenencias, comida]. Los escasos sanitarios están bloqueados, nadie puede arreglarlos. Cada uno es obligado a hacer sus necesidades a lo largo de las paredes, en público. En la parte baja están los enfermos, contenedores llenos de deshechos junto a ellos, puesto que no hay suficientes personas que los vacíen. Y no hay agua…

Durante las siguientes semanas a los arrestos, los judíos fueron llevados desde el Vel’ d’Hiv a los campos de concentración de Pithiviers y Beaune-la-Rolande, en la región del Loiret, y a Drancy, cerca de París. A finales de julio y principios de agosto, los judíos que estaban detenidos en estos campos fueron separados de sus hijos y deportados. Antes de la deportación, la cabeza de cada prisionero fue afeitada y su cuerpo fue sometido a una búsqueda violenta. La mayoría de los deportados fueron enviados a Auschwitz y exterminados. Más de 3,000 bebés y niños quedaron solos en Pithiviers y Beaune-la-Rolande. A finales de agosto y durante el mes de septiembre, muchos de estos niños fueron deportados solos, entre extraños adultos, en vagones de tren sellados, hasta Auschwitz, donde fueron asesinados.

Si deseas saber más, lee “When Paris Went Dark: The City of Light Under German Occupation, 1940-1944” [Cuando París se hizo oscura: la ciudad luz bajo la ocupación alemana, 1940-1944], de Ronald C. Rosbottom.

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