La casa a la que volvió Liudmila

El soldado Vasili Buldigin sostiene a su hijo Yura después de reencontrarlo en Bryansk, en septiembre de 1943. El padre y el niño habían vuelto a encontrarse en una ciudad recién recuperada por el Ejército Rojo. (Foto cortesía del Museo Estatal de Historia Local de Bryansk, colección de fotografías y negativos).
Desde octubre de 1941, Bryansk y Bezhitsa habían permanecido detrás del frente alemán. Sus estaciones, talleres, fábricas y carreteras pasaron a formar parte de una retaguardia de ocupación mientras la guerra continuaba mucho más al este. En septiembre de 1943, esa distancia había desaparecido.
El cambio se había acelerado durante el verano. Después de que la ofensiva alemana contra Kursk perdiera su impulso, el Ejército Rojo había pasado al ataque alrededor de Orel y comenzado a empujar hacia el oeste. Lo que unas semanas antes había sido una lucha por contener el avance alemán se estaba convirtiendo en una sucesión de retiradas para la Wehrmacht.
Bryansk tenía un valor particular. Su red ferroviaria comunicaba distintos sectores del frente alemán y, al norte, Bezhitsa —todavía una ciudad independiente— concentraba buena parte de la actividad industrial de la zona. A comienzos de septiembre, el Frente de Bryansk intensificó su ofensiva y las posiciones alemanas que protegían ambas ciudades comenzaron a ceder.
Para mediados de mes, las tropas soviéticas se aproximaban desde varias direcciones y la permanencia alemana en Bryansk y Bezhitsa resultaba cada vez más difícil. El 17 de septiembre, unidades del 11.º Ejército entraron en Bezhitsa mientras otras formaciones soviéticas recuperaban Bryansk. La ocupación que había comenzado en octubre de 1941 llegaba a su fin.
Liudmila Víktorovna Leblan tenía 17 años y vivía en Bezhitsa. Pocos días antes, ella y su familia habían sido obligadas a abandonar su casa y permanecían todavía en las cercanías de la ciudad:
16 de septiembre de 1943
Ayer una muchacha del vecindario fue hasta su casa. Nuestra casa sigue intacta por ahora, pero en las trincheras junto a ella hay infantería alemana, así que todavía no podemos regresar.
Hoy la primera mitad del día transcurrió tranquilamente, pero después de comer los alemanes recorrieron los huertos vecinos colocando minas. Nuestra compañera de alojamiento fue por agua al atardecer y regresó corriendo, aterrorizada y sin los cubos: una mujer que había ido con ella al pozo pisó una mina y resultó gravemente herida. Toda la noche hicimos guardia junto a las ventanas, vigilando por si los alemanes colocaban minas.
17 de septiembre de 1943
Toda la noche hubo un intenso tiroteo. Antes había soñado que hoy debían llegar los rusos. Pensé que era un juego de la imaginación, pero resulta que se cumplió.
Hacia las cuatro pasaron por la carretera los primeros soldados rusos que vimos; iban hacia Bezhitsa.
Primero van unos cuantos hombres con capotes grises; detrás, otros con ametralladoras; pasaron también varias piezas de artillería.
Antes de retirarse, los alemanes volaron las grandes casas que quedaban. Había incendios por todas partes. Detrás de la colina de Gorodishche se veía un resplandor continuo.
Segunda mitad del día.
Terminó nuestro viaje. Por fin estamos en casa. De camino a casa nos encontramos con soldados rusos; algunos saludaban con una inclinación, pero la mayoría pasaba en silencio. Entre los rusos hay muchos de otros pueblos; hay viejos y jóvenes. No tienen buen aspecto.
Cuando nos acercábamos a casa, nos alcanzó la madre Tatiana; nos saludamos como parientes. Pero les ha ocurrido una gran desgracia: anteayer un proyectil cayó en su casita y casi la destruyó.
Junto con la madre Tatiana entramos en nuestra casa, que ofrecía un aspecto terrible. Todo estaba abierto; trapos, libros y papeles estaban esparcidos por el suelo; alguien había roto todas las bombillas eléctricas.
Habían escogido cuidadosamente todo lo que podía servir, hasta las cosas más pequeñas. Solo se conservó lo que estaba bajo el suelo y en el sótano, que cerré con clavos en los últimos minutos antes de marcharnos.
Ni siquiera sabíamos por dónde empezar. Después recogimos algunos trapos, barrimos y volvimos a meter los iconos que nos habíamos llevado. Los iconos que habían quedado [en casa] estaban todos intactos.
Si deseas saber más, lee los fragmentos de Военный дневник [Diario de guerra], de Liudmila Víktorovna Leblan, publicados en Брянская ТЕМА [Bryanskaya Tema] y recogidos posteriormente en el volumen Бежица: что было и что запомнилось… [Bezhitsa: lo que fue y lo que se recuerda…], compilado por T. M. Maidanova (Bryansk, 2016), pp. 202–208.
El final de una ocupación no devolvía intacta la vida anterior. Recuperar una ciudad significaba también descubrir qué había sobrevivido, qué se había perdido y cuánto de lo cotidiano tendría que construirse otra vez.
Mientras los combates continuaban desplazándose hacia el oeste, para quienes permanecían allí comenzaba una etapa distinta. La guerra podía abandonar una ciudad antes de abandonar la vida de sus habitantes. Sus consecuencias seguirían presentes mucho después de que el frente se hubiera alejado.
Por eso el diario de Liudmila no necesita una proclamación solemne para marcar el cambio. Su jornada termina en un gesto mucho más sencillo: regresar, entrar y empezar de nuevo. Para ella, la guerra volvió a medirse desde la puerta de su casa.

Habitantes de Bryansk regresan a la ciudad en 1943, llevando sus pertenencias entre edificios dañados. La escena conserva la dimensión civil del regreso a una ciudad marcada por la guerra. (Foto cortesía del Archivo Estatal de la Región de Bryansk, inventario fotográfico 597).

Edificios destruidos de la fábrica de Bezhitsa en 1943. El complejo industrial era uno de los elementos centrales de la vida económica de la ciudad y quedó gravemente dañado durante la guerra. (Foto del archivo de la Fábrica de Maquinaria de Bryansk; reproducción consultada en Puteshestvie po Bryansku).

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