Víctor Klemperer había sido forzado a abandonar su trabajo como profesor de la Universidad debido a que era judío. Había sobrevivido a una existencia precaria en la ciudad de Dresden, al oriente de Alemania, evitando algunas de las peores persecuciones antisemitas del régimen nazi porque estaba casado con una “no judía”. A su esposa, por ejemplo, le era permitido comer en restaurants públicos, mientras que el subsistía con raciones magras.

 

Su diario registra las numerosas medidas burocráticas que circunscribían sus vidas, los amigos que fueron arrestados y enviados a campos de concentración, la amenaza constante de que su casa fuese registrada y vivir con el temor de ser arrestados en cualquier momento, con casi cualquier pretexto. Sin embargo, también relata cómo muchos alemanes no simpatizaban con los nazis e hicieron todo lo posible para prevenir los peores excesos del régimen.

 

En febrero de 1942, se le ordenó sumarse a un grupo de trabajo para limpiar las calles llenas de nieve. Sus compañeros de trabajo eran todos judíos ancianos, mayores de 60 años y, como Klemperer, no en el mejor estado de salud. Su entrada para el día 18 relata cómo el trabajo se hizo un poco más fácil por la actitud de sus supervisores, quienes a su vez estaban temerosos también del régimen:

Judíos en trabajos forzados en Dresden

Una fotografía de propaganda mostrando judíos siendo forzados a limpiar la nieve en la Minsk ocupada por los alemanes (hoy Bielorrusia), en febrero de 1942. Víctor Klemperer se encontró en una situación similar en la ciudad alemana de Dresden.

18 de febrero, miércoles por la tarde

 

Ayer y hoy “reunidos” en el Elysium, marchamos, Langemarckstrasse tan lejos como la caseta de cobro, continuamos a lo largo del camino principal en dirección de Kaitz.

 

Encargado diferente, supervisor diferente, una vez más los dos muy humanos y anti-nazis. ‘No mencionen que te tratamos bien, ni siquiera en la Comunidad, mejor digan que fuimos muy malos; de lo contrario estaremos en problemas. No se agoten hasta desmayarse. Miren, yo no les puedo decir “trabajen más lentamente”, eso tienen que saberlo ustedes mismos, etc., etc. El supervisor principal, un hombre más joven, hace una breve aparición sólo por las mañanas. El capataz siempre está con nosotros. 55 años, soplador de vidrio hasta 1930, después desempleado durante un año, desde entonces, un trabajador municipal. Social-demócrata, sindicalista, su casa fue registrada en el ’33. Nos apoya por completo. Pero tímido. Nos permite retirarnos a las cuatro y media, facilitando las cosas tanto como puede. Sin embargo, me sorprende lo bien que mantengo el ritmo.

 

Ayer una joven mujer o dama, deteniéndose: ‘Pero eso es demasiado pesado para ustedes’ (refiriéndose a todos nosotros). ‘Están demasiado viejos y uno puede ver que tienen otras profesiones’ -(con énfasis apasionado)-. ‘¡A esto es a lo que ha llegado Alemania!’

 

El capataz nos dice: ‘la nieve llegó demasiado tarde, el suelo está congelado a una profundidad de un metro o más, las patatas han sufrido. En Navidad tuve que desenterrar patatas cerca de Magdeburg, estaban dañadas’. Esos son los consuelos de hoy. Ayer ánimos bajos por los informes desagradables de nuevos registros en casas en donde documentos fueron destruidos. Como resultado, Eva salió a Pirna con una carga muy pesada. Colocaré esta página dentro de un libro, dentro de la bibliografía de Lanson en Voltaire.

Si deseas saber más, lee “To The Bitter End: The Diaries of Victor Klemperer 1942-45” [Hasta el amargo final: los diarios de Víctor Klemperer 1942-45], editado por Martin Chalmers.

Víctor Klemperer y su primera esposa, Eva, en una imagen tomada aproximadamente en 1940.

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