En Stalingrado, el combate era tan intenso como nunca antes, ya que los alemanes lanzaron todo lo que tenían a la batalla en un “último” intento de capturar la ciudad en el Volga. Sin embargo, algunos enfrentaron la resistencia más decidida que jamás hubiesen encontrado.

Los rusos se aferraron a una franja de tierra en la ribera oeste del Volga. Todos los refuerzos, municiones y suministros tenían que cruzar el ancho río Volga, que estaba continuamente bajo el fuego de los cañones alemanes. Los hombres que cruzaban eran arrojados inmediatamente a la batalla. El promedio de permanencia con vida era poco más de un día para los soldados de infantería soviéticos que cruzaban en estos momentos.

Los alemanes estaban siendo obligados a luchar por cada edificio. Pequeños grupos de hombres se metían en las casas por la noche con munición suficiente para mantenerlos operando durante unos cuantos días, fortificándose lo mejor que podían y luego combatir desde su propio “Álamo” personal, vendiendo sus vidas lo más caro posible.

Se llevaron a cabo batallas similares en los edificios industriales. El elevador de grano fue construido como una fortaleza con sólidos muros de hormigón. Este se convirtió en el sitio de una famosa batalla mientras un pequeño grupo de hombres resistieron contra todo lo que los alemanes lanzaron sobre ellos, incluidos tanques y bombardeos con Stukas. Continuaron aun cuando los almacenes de grano se incendiaron. Dieciocho marineros de la 92ª Brigada Independiente de Fusileros, comandada por Andrei Khozyainov, se abrieron paso para unirse a ellos el 17 de septiembre:

Combate por el elevador de granos en Stalingrado

El silo de maíz o elevador de granos en Stalingrado, fotografiado después de los combates. La construcción fue atacada en múltiples ocasiones por los alemanes y de diferentes formas, en sus intentos por eliminar la resistencia soviética. Este tipo de batalla casa por casa, edificio por edificio, desgastó terriblemente a las fuerzas alemanas y, con las líneas de suministro casi al límite, provocaría eventualmente una de las más grandes derrotas del ejército que muchos consideraban invencible.

Los guardias estaban muy contentos de vernos y de inmediato comenzaron a contar bromas acerca del ejército y a hacer comentarios graciosos. Teníamos dos ametralladoras Maxim, una ametralladora ligera, dos rifles antitanques, tres ametralladoras Tommy y un aparato de radio.

En la madrugada del día 18, un tanque alemán que llevaba una bandera blanca se acercó desde el sur. ‘¿Qué está pasando?’ Pensamos. Dos hombres se presentaron desde el interior del tanque, un oficial nazi y un intérprete. A través del intérprete el oficial trató de persuadirnos de rendirnos ante el ‘glorioso’ ejército alemán, ya que la defensa era inútil y no tenía sentido mantenerla por más tiempo. ‘Salgan del elevador ahora’ -insistió el oficial alemán-. ‘De lo contrario no tendremos piedad alguna. Dentro de una hora bombardearemos todo hasta dejarlo aplastado’.

Pensamos ‘¡qué fanfarrón!’ Y le dimos al teniente nazi una respuesta lacónica: ‘¡Dígale a todos los fascistas que se pueden ir al infierno en un bote abierto! Ustedes dos, ‘voces de la gente’, pueden volver a sus líneas, pero sólo a pie'. El tanque alemán trató de retroceder, pero una volea de nuestros dos rifles antitanque lo detuvieron.

Poco después de esto, los tanques enemigos y la infantería, cerca de diez veces nuestras fuerzas, atacaron desde el sur y el oeste. Después de que el primer ataque fue rechazado, un segundo ataque comenzó, luego un tercero, y al mismo tiempo un avión de reconocimiento circulaba sobre nosotros. Estaba corrigiendo el fuego e informando de nuestra posición. Diez ataques fueron rechazados sólo el 18 de septiembre.

Éramos muy cuidadosos con nuestras municiones, ya que había un largo camino antes de que trajeran más y un trayecto difícil. En el elevador, el grano estaba en llamas, y el agua en las ametralladoras se evaporó. Los heridos seguían pidiendo algo de beber, pero no había agua cerca. Así fue como defendimos nuestra posición, día y noche. El calor, la sed, el humo -los labios de todos estaban agrietados-.

Durante el día, muchos de nosotros subíamos a los puntos altos en el elevador y desde allí disparábamos sobre los alemanes, particularmente a sus francotiradores. De noche, bajábamos y hacíamos un círculo defensivo. Nuestro aparato de radio había sido puesto fuera de acción en el primer día de batalla, por lo que no teníamos contacto con nuestras unidades.

Si deseas saber más, lee “Voices from Stalingrad: Nemesis on the Volga” [Voces de Stalingrado: némesis en el Volga] editado por Jonathan Bastable.

Un grupo de infantería alemana se refugia detrás de una pared durante el pesado combate callejero en Stalingrado.

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