Combate feroz en Tarnopol

Un vehículo semioruga alemán Sd.Kfz. 251/1 en un cruce ferroviario, en Aiviekstes, Letonia, en junio de 1941.

A casi dos semanas de haber iniciado la invasión de la Unión Soviética, los alemanes y rusos estaban en enfrascados en una guerra despiadada donde las reglas de humanidad no existían. En ambos lados las atrocidades se cometían sin reparo alguno.

 

Wilhelm Prüller escribió un diario que se convertiría en uno de los testimonios más detallados del frente del Este, brindando una perspectiva del soldado alemán común. Aunque un ferviente seguidor de la ideología nazi, Prüller también era un esposo amoroso, un buen hombre de familia; fue un soldado leal que creyó hasta el último momento en la victoria alemana.

 

El 2 de julio de 1941, Prüller describe el encarnizado combate en el área de Tarnopol, en Polonia, antes de que la ciudad cayera en manos de las fuerzas alemanas:

Tropas alemanas avanzan cerca de un tanque ruso KV-1 montado sobre una plataforma de ferrocarril, en Smolensk, Unión Soviética, en 1941.

Miércoles, 2 de julio de 1941

 

Ayer, sólo nuestra unidad destruyó 270 tanques enemigos.

 

Hacia el mediodía llegamos a Tarnopol. Artillería, cañones antiaéreos y c. ya están instalados en las colinas alrededor de la ciudad. En principio, el oficial al mando, el auxiliar de campo y yo, nos paramos detrás de una casa a la entrada a la ciudad y vemos los impactos de los cañones antiaéreos y artillería, que están cubriendo el poblado con una alfombra furiosa de explosiones antes del ataque.

 

Simplemente no puedes imaginarte, Henny, lo que significa el fuego concentrado de un batallón motorizado reforzado; crees que el mundo se va a acabar. El estruendo y rugido de los cañones, los disparos explotando al llegar a tierra, los rastros de los trazadores de los antiaéreos, las casas incendiándose en la ciudad, incrementado por los proyectiles trazadores de nuestra artillería. Es aterrador -y bello-. Sería comprensible que, hoy, los rusos en Tarnopol perdieran la razón.

 

El fuego de proyectiles aminora y la compañía se moviliza, nosotros a la cabeza en nuestro Kübelwagen. Nuestros hombres a la izquierda y derecha, algunos tanques de avanzada, el oficial al mando de pie en su vehículo, dando palabras de aliento a cada uno de nuestros soldados incomparables, Zürn sentado en el lado izquierdo, yo en el derecho con mi carabina en mis piernas. Por razones de seguridad, disparamos unas cuantas rondas en las ventanas de los áticos, pero no puedes distinguir si nos están disparando, así tan grande es el ruido. Llegamos aproximadamente a la mitad del poblado y el oficial al mando ordena el alto. La 6ª Compañía apresuradamente peina algunas de las calles, luego procedemos. El próximo objetivo: el puente de ferrocarril.

 

Al momento en que nuestros primeros hombres llegan al puente, recibimos fuego concentrado las líneas de ferrocarril. Volteamos hacia arriba y vemos qué está pasando: un tren armado ruso, con unos 40 tanques montados en vagones, está a punto de arrancar. La 7ª Compañía, siguiéndonos en vehículos, es enviada para atacar la estación, mientras que dos cañones pesados al frente, sobre montajes autopropulsados, se dirigen al puente y comienzan a disparar sobre el tren. Suben, disparan a un carro tanque, regresan, cargan, y ponen fuera de acción al siguiente. Hasta que el tren entero es hecho pedazos y quemado por los disparos.

 

Después los hombres corren a través del puente uno por uno. Los alcanzamos a un tempo de 100 kilómetros. Stuparits está en el puente, disparando su ametralladora y un ruso a dos metros de distancia le da a Blank en el estómago y ultima a Stuparits. Puedes imaginarte cuánto lamentaba haber perdido a estos dos en particular; ambos estuvieron conmigo durante todo mi tiempo como recluta. Siempre son los mejores los que la llevan.

 

 

Manejamos nuestro vehículo por delante del resto y experimentamos un combate de tanques de primera mano. Naturalmente descendemos del Kübelwagen y buscamos refugio. Los proyectiles de la artillería enemiga están cayendo a todo nuestro alrededor, suficiente como para volverse loco.

 

Al principio, tan pronto como escuchas el rugido de los proyectiles, te tiras al suelo sin darte cuenta que el obús ya ha pasado de largo. Eso es en su mayoría. Sin embargo, hay otro tipo de aullidos, que se torna en una explosión de inmediato. Eso significa que impactó cerca de ti. Un soldado veterano sabe esto. Por lo que sólo se convierte en cuestión de suerte.

 

Si el proyectil hace blanco directo, todo se acabó de cualquier forma. Si cae cerca de ti o escuchas el alarido, lánzate al suelo de inmediato sobre tu barriga y ten la esperanza que no te dé una esquirla. Es casi lo mismo con cañones de tanque. Escuchas la cosa disparando, pero al momento siguiente cae y casi no escuchas ningún silbido.

 

¿Qué es lo que piensas en ese momento? Tanto como mis órdenes me lo permitan, pienso en todo -en ti, los niños, hogar; en nuestros padres, el futuro, mi profesión- todo da vueltas en tu cabeza a la vez, hasta que lo único en lo que pienso es: si tan sólo salgo de esto vivo.

Si quieres saber más, lee “Diary of a German Soldier” [Diario de un soldado alemán], de Wilhelm Prüller.

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