La mayor parte de la línea de 1,600 kilómetros del Frente Oriental no había cambiado mucho durante 1942, con dos fuerzas opuestas extendiéndose muy delgadamente en algunos sectores. Batallas enormes habían ocurrido en otros lugares y continuaban ocurriendo en Stalingrado.

 

En el área de Rzhev, el combate se había estancado en una guerra de trincheras, con ataques constantes de fuego de artillería y morteros. Petr Mikhin, un observador avanzado de artillería soviética, describe cómo transcurrían en su posición en terreno pantanoso:

A las afueras de Rzhev

Un oficial soviético (probablemente A. G. Yeremenko, quien era un oficial político de compañía del 220º Regimiento de Fusileros, 4ª División de Fusileros, muerto en combate en 1942, motivando a sus soldados en el frente a llevar a cabo un ataque, en Ucrania, región de Voroshilovgrado, Unión Soviética. Esta es una de las imágenes más icónicas de la Segunda Guerra Mundial y del combate en el Frente Oriental.

A principios de noviembre de 1942 yo estaba lejos enfrente de nuestras trincheras, en tierra de nadie, sólo a 50 metros de los alemanes. Sólo a un terraplén bajo de ferrocarril y algo de maleza pantanosa me separaba del enemigo. Desde estos arbustos, me encorvaba para evitar ser visto por los alemanes, en las mañanas observaba las afueras de Rzhev, Justo delante de los arbustos, las trincheras alemanas se extendían a través de terreno un poco más alto; delante de ellas estaban algunas casas al borde de la ciudad. Ocultos de nuestros observadores por los edificios, los alemanes estaban viviendo una vida normal en los patios y calles -caminaban por los alrededores y conducían en autos y camiones-. Desde la perspectiva de mi puesto de observación, podía ver la mayor parte de las calles de Rzhev. En alguna parte detrás de las primeras casas había una batería de morteros alemana que nos había estado causando problemas por algún un largo tiempo, disparando a cualquier cosa que se moviera en nuestras posiciones. Tenía que encontrar la batería y destruirla.

 

El sol se estaba ocultando; una lluvia fría otoñal estaba cayendo. Mi señalero Riabov y yo estábamos en la trinchera poco profunda detrás del terraplén de ferrocarril. Un refugio medio cubría la trinchera contra la lluvia, mientras, habíamos esparcido algunas ramas en el fondo de la trinchera para tratar de mantenernos secos del agua en el suelo. Debido al alto nivel freático, la trinchera era tan poco profunda que uno sólo podía arrastrarse sobre su barriga entre las ramas para meterse en ella. Una vez adentro, uno no podía impulsarse sobre sus codos sin causar que el medio refugio empapado se elevara y por tanto revelando su posición detrás de terraplén a los alemanes. Los alemanes no podían imaginarse que dos rusos pasarían un día justo debajo de sus narices, entre campos minados y el ferrocarril. Día y noche, ellos estaban dirigiendo sus ataques con sus morteros hacia las inmediaciones de las vías del tren para prevenir que nuestros observadores se infiltraran en sus líneas. Estos proyectiles de mortero siempre explotaban detrás de nosotros, pero siempre temíamos que una ronda corta cayera justo encima de nosotros. Las balas de ametralladora también rasgaban a través de las ramas de los arbustos en nuestra trinchera poco profunda. Parecía que estaban disparando justo encima de nuestras cabezas desde menos de 50 metros de distancia. Para empeorar las cosas, las constantes cortinas de fuego de los morteros seguían cortando nuestra línea de comunicación a nuestros cañones, forzando a Riabov a arrastrarse a través de otro campo minado para poder reparar la línea.

 

Más de 800 metros de tierra de nadie, llenas de minas antipersonales alemanas, nos separaban de nuestras líneas. Los elementos de reconocimiento no podían llegar a nuestra posición cada noche con frascos de gachas de avena y té; la noche anterior, dos de ellos habían muerto al intentarlo. Estábamos listos para pasar hambre por tres noches, para no arriesgar las vidas de nuestros compañeros.

 

Nuestro itinerario era como sigue. De noche, uno de nosotros descansaba mientras el otro estaba de servicio en el teléfono de campo y mantenía guardia contra un posible ataque alemán. Cada mañana antes del amanecer, me arrastraba hasta el terraplén ferroviario, me ponía a cubierta en algunos arbustos pequeños en agua hasta mis rodillas y, cuando amanecía, observaba los suburbios de Rzhev con la ayuda de un periscopio cuidadosamente elevado por encima de los arbustos. El agua pantanosa estaba casi hasta la parte superior de mis botas altas y tenía que pararme encorvado: no había nada donde sentarse y no me atrevía a ponerme de pie derecho, debido a que los alemanes verían mi cabeza y hombros de inmediato. Tenía que estar en esta postura incómoda por dos horas mientras pedía fuego en cada objetivo que veía en Rzhev. Después de eso, me gustara o no, tenía la oportunidad de brincar sobre el terraplén de ferrocarril de regreso a mi pequeña trinchera a plena vista de los alemanes.

Si deseas saber más, lee “Guns Against the Reich: Memoirs of an Artillery Officer on the Eastern Front” [Cañones contra el Reich: memorias de un oficial de artillería en el frente oriental], de Petr Mikhin.

Un equipo de cañón montado se moviliza mediante la utilización de caballos en las duras condiciones climatológicas de la Unión Soviética, nótese que el lodo casi impide el movimiento de las ruedas del cañón, en octubre de 1942.

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