Cuando el gueto de Varsovia dejó de obedecer

Una mujer judía durante una deportación desde el gueto de Varsovia. La fotografía está fechada por el USHMM entre octubre de 1940 y mayo de 1943. (Foto: US Holocaust Memorial Museum / Leopold Page Photographic Collection).
El 20 de enero de 1943, el gueto de Varsovia llevaba dos días bajo una nueva Aktion alemana. Apenas cuatro meses habían pasado desde las grandes deportaciones del verano anterior, cuando unos 265.000 judíos habían sido enviados a Treblinka. El territorio del gueto se había reducido y en él permanecían unas 60.000 personas; entre quienes quedaban, las noticias sobre el destino de los deportados habían cambiado la manera de recibir una nueva orden alemana.
En la mañana del 18 de enero, unidades de las SS y de la policía entraron de forma inesperada en el gueto. Muchos de sus habitantes creyeron que comenzaba la liquidación definitiva. Esta vez, sin embargo, buena parte de la población no acudió cuando se le ordenó presentarse. Muchos buscaron dónde desaparecer, mientras combatientes de la Żydowska Organizacja Bojowa —la Organización Judía de Combate, ŻOB— intentaban responder con las escasas armas que habían logrado reunir.
Aquello no convirtió al gueto en un campo de batalla continuo. La inmensa mayoría de sus habitantes seguía desarmada y expuesta a una fuerza abrumadoramente superior. Pero la Aktion comenzaba a desarrollarse de una manera distinta. Las respuestas aparecían de forma fragmentaria, casa por casa, calle por calle, mientras los alemanes continuaban las redadas y quienes permanecían en el gueto trataban de averiguar cuánto tiempo duraría la operación.
Michael Zylberberg, profesor judío, había regresado al gueto la noche anterior al comienzo de la Aktion después de pasar varios días fuera. Durante las primeras horas logró ocultarse en un ático. Cuando volvió a salir, descubrió que algunas de las personas con quienes había hablado apenas unas horas antes ya habían sido deportadas. Entonces tuvo que buscar otro lugar donde desaparecer:
Entre los deportados se encontraban los funcionarios del Judenrat con quienes había hablado apenas la noche anterior. Los habían detenido y enviado a Treblinka. Me sentí completamente desconcertado y apenas podía concentrarme cuando alguien me dijo que la panadería de aquel mismo edificio serviría como buen escondite. Unos amigos intercedieron por mí y así terminé escondido allí con varias personas más durante los siete días siguientes. Aquellos días en la panadería fueron horribles. Era como estar sepultado y, todavía ahora, cuando pienso en ello, sigue teniendo algo de pesadilla.
Se decía que era un búnker seguro, con espacio para ocultar a treinta personas; en realidad, se apiñaron allí cien. La entrada era un túnel largo y estrecho, cuya abertura estaba junto a la puerta del horno. Cuando todos estaban dentro, amontonaban una montaña de carbón para ocultar la boca del túnel, de modo que nadie pudiera sospechar que había alguien allí.
Había que ser muy ágil para entrar en el túnel y luego avanzar por él sobre el vientre, impulsándose con las manos y las rodillas. Hacían falta al menos diez minutos de penoso esfuerzo para llegar al búnker propiamente dicho, al final. El búnker constaba de dos cuartos diminutos, que sería más exacto describir como armarios. Había tan poco aire que no se podía ni encender un cigarrillo. Puede imaginarse el hacinamiento. Sentarse o tumbarse era imposible. Las personas estaban apretadas unas contra otras, sosteniéndose mutuamente, todas de pie.
Si deseas saber más, lee A Warsaw Diary 1939–1945 [Un diario de Varsovia 1939–1945], de Michael Zylberberg.
El refugio de Zylberberg formaba parte de una geografía que empezaba a multiplicarse por el gueto: altillos, sótanos, túneles y habitaciones ocultas. Pero una misma puerta cerrada no encerraba siempre la misma historia.
En Zamenhof 56–58, Zivia Lubetkin, dirigente de Dror y miembro de la ŻOB, esperaba junto a un grupo de jóvenes. Su recuerdo conserva otra respuesta a aquellos mismos días:
Cuando comenzó la Aktion, quien pudo se escondió; quien no pudo, fue capturado. Esta vez los alemanes ya no podían atrapar judíos en las calles, sino que tenían que entrar en cada casa y buscar. Por eso decidimos no salir al encuentro de los alemanes y atacarlos en la calle, sino esperar hasta que vinieran a nosotros. Supusimos que no serían tan cautelosos porque todavía no sabían que se los esperaba con armas en la mano. Era posible, por tanto, que la sorpresa nos permitiera tener éxito.
Pero no podíamos concebir que, después de aquellos años de terror, pudiera ocurrir que los judíos dispararan contra alemanes, mataran a algunos de ellos y después siguieran vivos. Teníamos claro que los alemanes nos liquidarían, pero nos dijimos que quizá con esta táctica podríamos matar a más alemanes y resistir durante más tiempo.
Nos apostamos, preparados, en una casa donde estaba instalado uno de los destacamentos de Dror, en la calle Zamenhof 56–58.
…
Nos ocultamos en nuestras posiciones. Éramos cuarenta muchachos y muchachas bajo el mando de Yitzhak Zuckerman. Teníamos a nuestra disposición cuatro granadas de mano y cuatro revólveres. La mayoría de los compañeros estaban armados con barras de hierro y palos, y también con nuestras propias armas improvisadas: bombillas eléctricas llenas de vitriolo. “Que vengan los alemanes”, decíamos, “les quemaremos sus repugnantes rostros con este líquido”.
Y aunque sabíamos que, después de las bajas que pudiéramos causarles, caerían sobre nosotros con su enorme fuerza y nos aniquilarían a todos, esperábamos tensos su llegada. Decíamos: “Se acerca la hora de la venganza; no la dejemos escapar. Después caeremos con la conciencia tranquila”.
El silencio descendió sobre el lugar. Los pocos habitantes habían abandonado sus viviendas para ocultarse en agujeros, búnkeres y escondites de toda clase. De vez en cuando se rompía el silencio. El lamento de los judíos conducidos al Umschlagplatz cortaba el aire. Lo acompañaban los gritos de los alemanes:
—¡Corran! ¡Más rápido!
Nuestro estado de ánimo oscilaba, subía y bajaba. A veces parecía aflojar la tensión y, en su lugar, llegaba una tristeza que llenaba nuestros corazones. Permanecíamos cada uno en su rincón, encerrado en sí mismo, con el arma en la mano y tristeza en el corazón. Así esperamos el primer disparo.
…
Cuando los alemanes entraron, Zachariah estaba sentado en la habitación delantera, aparentemente absorto en la lectura de un libro, y por eso no le prestaron atención. Nosotros estábamos dispersos por las demás habitaciones de la casa, escondidos detrás de armarios y en los apartamentos vecinos. Los alemanes atravesaron con arrogancia la primera habitación y entraron en la nuestra. Solo vieron a algunos de nosotros: pobres jóvenes judíos que esperaban con aparente indiferencia la llegada de sus asesinos.
En aquel momento, Zachariah saltó de su sitio, les disparó por la espalda y mató a dos alemanes. Los demás fueron tomados por sorpresa y retrocedieron hacia la escalera. Inmediatamente, nuestros compañeros que estaban escondidos en las habitaciones se lanzaron hacia allí. El primero, Meir Finkelstein, recibió una grave herida en la boca por una bala alemana. Detrás de él estaba Henekh Gutman.
En el enfrentamiento participaron todos los compañeros: uno con una granada de mano, otro con un revólver, otro con una barra de hierro y otro con vitriolo. Zachariah y Henekh recogieron las armas de los alemanes caídos o heridos; los demás persiguieron a quienes huían.
Durante unos minutos fuimos felices. Y, en efecto, vimos con nuestros propios ojos a los alemanes asustados, huyendo presa del pánico. Soldados alemanes que conquistan el mundo huyen ante un muchacho judío cuyo único armamento consiste en un revólver o una granada de mano. No quisimos perseguirlos muy lejos, porque abajo, en la calle, había muchos hombres de las SS y ucranianos armados. Los asesinos desaparecieron de la casa y del patio, y nosotros quedamos solos.
Nos dolía el corazón por la grave herida de nuestro compañero Meir Finkelstein, pero aquello no nos desanimó. Habíamos conseguido armas tomadas de los alemanes: varios fusiles, revólveres y granadas de mano. Nos habíamos vuelto más ricos.
Estábamos atónitos. ¿Cómo era posible? Nosotros, los judíos del gueto, habíamos causado bajas a los alemanes e incluso los habíamos expulsado. Durante un momento permanecimos sorprendidos y confundidos, pero el pensamiento sobrio regresó enseguida: no teníamos mucho tiempo. Seguramente volverían pronto con fuerzas mayores, rodearían la casa y nos matarían a todos. Si era así, debíamos abandonar inmediatamente el edificio.
Si deseas saber más, lee In the Days of Destruction and Revolt [En los días de destrucción y revuelta], de Zivia Lubetkin. El pasaje procede del testimonio que Lubetkin comenzó a ofrecer en 1946 y que posteriormente fue incorporado, con su aprobación, a sus memorias.
Los recuerdos de quienes sobrevivieron conservaron escenas que, durante aquellos días, ocurrían casi aisladas unas de otras. Desde dentro del gueto, nadie podía abarcar el conjunto de la Aktion mientras esta seguía en marcha.
Quedó, sin embargo, otra clase de registro: anotaciones breves, fechadas día a día. En su sucesión puede seguirse cómo fue cambiando la percepción de lo que ocurría mientras las redadas continuaban:
18.01.1943: Me llegaron rumores de que judíos, miembros de Ha-Shomer y de otros movimientos pioneros, lucharon en las calles Niska y Zamenhof. Son idealistas. ¿A qué idea sirven estos idealistas? ¿Qué harán caer sobre nosotros? En mi opinión, desde un punto de vista histórico, para el futuro, el trabajo de Oneg Shabat es más importante que la guerra judía.
19.01.1943: Hoy se llevaron a tres mil judíos del gueto de Varsovia.
20.01.1943: De nuevo, los grupos de combate salieron a luchar, en Miła 34. Hoy se llevaron a mil y varios cientos de judíos. Los judíos se esconden. Los alemanes temen entrar en los sótanos y escondites.
21.01.1943: El segundo día del levantamiento, los alemanes dieron la orden de abandonar el gueto y concentrarse en dos calles. Los alemanes se retiraron y abandonaron el gueto. En mi opinión, fueron obligados a ello por la lucha de los jóvenes.
Si deseas saber más, consulta Aleksandra Bańkowska, “Tajemnica dziennika Szmuela Wintera” [“El misterio del diario de Szmuel Winter”], publicado en Kwartalnik Historii Żydów en 2019 y disponible en Central and Eastern European Online Library (CEEOL). El original de estas anotaciones no se conserva y su atribución a Szmuel Winter no puede considerarse definitiva.
Al terminar la Aktion de enero, no podía hablarse de una victoria militar. Los grupos armados seguían siendo pequeños, sus armas escasas y la población permanecía expuesta a una fuerza capaz de regresar en cualquier momento. Pero la operación había encontrado algo que las grandes deportaciones del verano anterior no habían afrontado de la misma manera.
Lo que había cambiado no se reducía a los disparos. Ocultarse y combatir eran decisiones muy distintas, pero ambas rompían con una misma expectativa: que una orden bastaría para hacer salir a la población y concentrarla. Ahora había que encontrar a quienes no aparecían, entrar en los edificios y registrar espacios donde la diferencia entre un refugio y una posición de resistencia no siempre podía conocerse desde fuera.
Para quienes vivieron aquellos días, el significado de ese cambio todavía era imposible de medir. Sus decisiones eran inmediatas: guardar silencio, encontrar un lugar donde desaparecer, conservar unas pocas armas, esperar a que pasaran los hombres que registraban las calles. Pero algo había cambiado también para quienes entraban a buscarlos.
A partir de enero, los alemanes ya no podían saber qué los esperaba al otro lado de una puerta cerrada.
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Zivia Lubetkin, dirigente de Dror, fundadora de la Organización Judía de Combate (ŻOB) y participante en la resistencia del gueto de Varsovia. La fuente sitúa la fotografía en Polonia, sin fecha precisa. (Foto: Żydowski Instytut Historyczny / US Holocaust Memorial Museum).

El Umschlagplatz del gueto de Varsovia, punto de concentración de judíos detenidos para la deportación, fotografiado en 1942–1943. (Foto: Yad Vashem Photo Archives / US Holocaust Memorial Museum).

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