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Combate aéreo sobre las Islas Salomón

P-38 Lightning estadounidense en vuelo. Este caza bimotor, rápido y de gran autonomía, fue uno de los adversarios más peligrosos para los pilotos japoneses en el Pacífico. En manos experimentadas, podía aprovechar su velocidad, potencia de ascenso y capacidad de combate a gran altitud para imponer distancia y evitar las maniobras cerradas en las que el Zero seguía siendo peligroso.

Para el 20 de septiembre de 1943, la situación japonesa en el teatro de las islas Salomón y Nueva Bretaña se volvía cada vez más precaria. Los Aliados habían arrebatado Guadalcanal meses antes y, durante el verano, habían avanzado por Nueva Georgia y establecido una base en Rendova, desde donde amenazaban nuevas posiciones japonesas. Al mismo tiempo, en Nueva Guinea, la caída de Lae y Salamaua agravaba la presión sobre el gran bastión japonés de Rabaul, cuya importancia estratégica aumentaba a medida que el perímetro defensivo japonés se contraía.

Desde Rabaul, la aviación naval japonesa seguía intentando lanzar grandes ataques contra las bases avanzadas aliadas y frenar su avance. Todavía podía reunir formaciones impresionantes, pero el equilibrio aéreo empezaba a inclinarse a favor de los Aliados. Los pilotos veteranos escaseaban, los reemplazos llegaban con un entrenamiento más limitado, y los nuevos cazas estadounidenses —entre ellos el F4U Corsair, el F6F Hellcat, el P-38 Lightning y el P-39 Airacobra— aparecían en números crecientes.

 

El 253º Kōkūtai se trasladó a Tobera durante septiembre de 1943. Entre sus pilotos jóvenes se encontraba Masajiro Kawato, de apenas dieciocho años, quien había pasado por Truk antes de llegar a Rabaul. En sus memorias, Kawato describe el aprendizaje brutal de un piloto novato arrojado a una zona donde el dominio aéreo japonés ya se estaba erosionando. Él mismo señala que cree que la fecha fue el 20 de septiembre de 1943 y su relato transmite la mezcla de inexperiencia, tensión y asombro de quien entraba por primera vez en un combate aéreo masivo.

 

Según su memoria, aquel día despegaron de Rabaul unos 200 aviones en una gran formación combinada. Los cazas se dividieron en dos grupos, uno por encima y otro por debajo de los bombarderos, para proporcionarles cobertura. Unos veinte aparatos permanecieron en Tobera como reserva, de modo que la base no quedara completamente desprotegida.

 

El plan consistía en mantener la formación hasta llegar a Buin, donde los cazas destacados allí relevarían a parte de la escolta directa de Rabaul, para luego continuar hacia el área de Rendova. Kawato recordaba que, al aproximarse al objetivo, numerosos interceptores enemigos les salieron al encuentro. En el cielo había tal cantidad de aparatos —calculaba entre 250 y 300— que le pareció que cubrían el firmamento entero. Cuando ambas formaciones se acercaron, todos soltaron a la vez sus tanques auxiliares y encararon al enemigo a la misma altitud.

Kawato tituló aquel recuerdo como su primer combate aéreo:

Pasaron a mi izquierda, a unos cincuenta metros. Imagínese tener que tomar una decisión en un instante tan crítico para obtener una posición ventajosa. Mientras ese pensamiento me cruzaba la mente, unos veinte aviones enemigos se nos colaron por detrás. Aquello se debía, por supuesto, a la diferencia en potencia y en capacidad de ascenso entre los F6F Grumman y nuestros Zero. ¡El combate aéreo comenzó enseguida! Todo mi esfuerzo se concentró en mantenerme detrás de Okamoto.

 

Después de todo, con sólo 300 horas de vuelo en aquel momento, yo no era más que un polluelo recién salido del cascarón. Al terminar la guerra, mis horas totales de vuelo serían aproximadamente 1,200 —incluidas unas 900 de servicio de combate en Rabaul y en otros sectores de la guerra del Pacífico—, una cifra muy inferior a la de mis superiores.

Mientras trataba desesperadamente de seguir pegado a la cola del avión de mi comandante, dos P-38 aparecieron delante de nosotros.

—¡Voy a dispararles!

Pero al mismo tiempo, pensé:

—Qué desperdicio echar abajo aviones tan buenos.

Después de todo, era la primera vez que disparaba contra un avión real. La diferencia al tirar contra blancos de práctica en la base de Atsugi se hizo evidente de inmediato.

El P-38 ocupaba casi toda mi mira. Hice un esfuerzo desesperado por mantenerme detrás de él y gasté la mayor parte de mi munición de 20 mm y 7.7 mm. Durante el combate me separé del comandante. Aunque estaba muy tenso, no sentí miedo en absoluto.

No hice más que aplicar lo aprendido en el adiestramiento. Fallé al P-38 por calcular mal la distancia. La imagen del aparato llenaba tanto mi mira que no tuve tiempo de razonar con claridad.

De pronto, otro P-38 se cruzó delante de mí. Viré a la derecha y me lancé tras él. Para entonces comprendí que, para ponerlo realmente a tiro, tenía que acercarme más; a toda velocidad reduje la distancia hasta unos 600 metros, es decir, 200 metros más cerca que antes. Cuando el P-38 viró ampliamente hacia mi izquierda y comenzó a trepar, pensé:

—Ya lo tengo; mientras gira para atacarme, tendrá que entrar en mi alcance de tiro.

Justo cuando el P-38 giraba hacia la izquierda, vi pasar una estela roja por encima de mi ala izquierda, que impactó cerca del depósito de combustible en esa misma ala.

—¡Maldición! ¡Había otro P-38 justo detrás de mí!

Instintivamente pisé a fondo el pedal derecho y empujé la palanca de mando hacia ese lado. De alguna forma logré escapar, ganando velocidad y entrando en un picado invertido. Por suerte no hubo incendio, pero una estela blanca de gasolina emanaba del depósito.

Entonces comprendí que me había internado demasiado en territorio enemigo y que ya no veía ninguno de nuestros aviones, sólo los del enemigo. Puse rumbo hacia la isla Mono.

Aunque la fuga se había detenido, todavía me enfrentaba a una escasez de gasolina y sólo me quedaban unas pocas ráfagas de munición para defenderme. Me invadió una sensación de desolación, mientras me preguntaba si debía intentar un aterrizaje de emergencia en Buin. Al final decidí regresar a Rabaul. Gané altura, ajusté la mezcla al máximo ahorro de combustible y puse rumbo a Rabaul, dejando Bougainville a mi derecha.

Si deseas saber más, lee Flight Into Conquest [Vuelo hacia la conquista], de Masajiro Kawato.

El valor del testimonio de Kawato no está sólo en el combate que describe, sino en la mirada que ofrece desde el lado japonés: la de un piloto muy joven, con entrenamiento limitado, que descubre en el aire la brutal diferencia entre los ejercicios de escuela y el combate real contra cazas aliados más rápidos y potentes. Para septiembre de 1943, Rabaul aún era una fortaleza japonesa,

desde donde podía lanzar ataques de gran envergadura, pero cada combate revelaba ya la creciente superioridad material aliada y la vulnerabilidad de unos pilotos japoneses que, con reemplazos cada vez menos experimentados, entraban en una batalla cada vez más desigual.

Masajiro Kawato, a los 18 años de edad, en la base japonesa de Rabaul, en Nueva Bretaña, en 1943.

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