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El precio de seguir vivo en Rzhev

Una columna de infantería alemana con uniformes de invierno avanza por la nieve profunda e

Una columna de infantería alemana con uniformes de invierno avanza por la nieve profunda en el Frente Oriental, enero de 1943. (Foto: Wacker. Narodowe Archiwum Cyfrowe, colección Wydawnictwo Prasowe Kraków-Warszawa, signatura 2-987; dominio público).

El 21 de enero de 1943, la 95.ª División de Infantería alemana continuaba ocupando posiciones en el sector de Rzhev. Las grandes ofensivas soviéticas que habían golpeado aquella zona durante noviembre y diciembre habían disminuido de intensidad, pero el saliente de Rzhev seguía profundamente encajado en las líneas del Ejército Rojo.

La guerra había adquirido allí otro ritmo. Trincheras, patrullas, trabajos de fortificación y episodios breves de fuego ocupaban los intervalos entre los grandes ataques. La línea podía parecer quieta sin que la vida de quienes permanecían en ella recuperara nada parecido a la normalidad.

En aquellos días de enero, Willy Peter Reese servía en el 279.º Regimiento de la 95.ª División de Infantería. Llevaba ya meses en el Frente Oriental, dentro de una guerra que alternaba períodos de violencia extrema con largas jornadas de espera.

En aquellas semanas, cuando la intensidad del fuego disminuyó por momentos, quedó espacio para una clase distinta de confrontación:

Se instaló una helada de hierro, como si un viento polar soplara desde las estrellas. La luna blanca brillaba con mayor dureza desde el torbellino de las nubes. No conseguíamos calentarnos las manos ni los pies. Sufríamos manía persecutoria. Rodeados de muerte, atravesábamos aquellos días despidiéndonos. En medio de la muerte vivíamos; pusimos lo cotidiano del revés. Aprendimos a odiar nuestro tiempo y a maldecir la guerra. Pero en nuestro interior todavía nos resistíamos a la idea de que todo sacrificio fuera inútil, para no caer en la desesperación del soldado en una posición expuesta y sin esperanza.

El combate había terminado. Pero solo entonces todo se volvió real. Solo entonces vimos cuán inhumana había sido toda nuestra experiencia y tratamos de darle algún sentido y algún valor. Pero la realidad nos obligó a dejar a un lado nuestras ilusiones más queridas. Comenzó una lucha espiritual contra la realidad. Pero no encontramos ninguna palabra mágica, ninguna nueva ilusión. Implacablemente, la guerra fue encajando en el microcosmos de nuestra visión del mundo.

La nieve persistía; las noches seguían llenas de silencio, como si todo fuera apenas un sueño. Si descubríamos algún sentimiento humano en nuestros corazones, la sonrisa de Dios parecía soplar sobre nuestras frentes. Volvimos a creer en mundos mejores que nacían de la derrota y de la tierra de nadie y, cuando cerrábamos los ojos, las imágenes del hogar venían hacia nosotros como una columna de peregrinos, bañadas en una luz almibarada.

Éramos soldados, seres embotados, vegetando en trincheras y búnkeres, perdiendo el tiempo sin esperanza, fanfarroneando, maldiciendo, preocupándonos, aguantando, obedeciendo: caricaturas deshumanizadas. Era muy raro que se manifestara algo de humanidad en la guerra. Y si algún individuo aislado quería escribir, leer y estudiar, había una pelea por una vela. La luz solo hacía falta para comer y hacer guardia, pero no para la mente.

Hubo un tiempo en que la guerra nos parecía una necesidad, un mandamiento divino, un acontecimiento cósmico destinado a la consumación y la aniquilación del individuo. Pero ahora veíamos que la guerra no estaba hecha ni para dioses ni para hombres, que solo la ignorancia podía desencadenar una avalancha que lo engullera todo. Ninguna victoria, ninguna conquista justificaba una sola muerte: un hombre muerto de hambre, congelado, lacerado; un solo niño huérfano. La guerra no quería sino a sí misma.

Y así llegamos a comprender adónde nos había llevado nuestra voluntad, y recordamos el nihilismo heroico con el que una vez habíamos partido de Jaroslaw. Ahora nosotros, los seres humanos, podíamos sobrevivir en la inhumanidad y amar la embriaguez y la belleza de la destrucción, alabar los fragmentos de nuestros propios destinos, adorar la carroña y darle nuestro sí. Pero no lo hicimos; nos habíamos equivocado. Éramos juguetes de la historia y de las probabilidades.

¿Quiénes éramos?

Así como nuestro equipo de invierno terminaba por dejar al descubierto solo nuestros ojos, la condición de soldados dejaba un espacio mínimo para la expresión de rasgos humanos. Vestíamos uniforme. No solo estábamos sucios, sin afeitar, llenos de piojos y enfermos, sino también devastados espiritualmente: nada más que una suma de sangre, entrañas y huesos. Nuestra camaradería estaba hecha de la dependencia mutua y de vivir juntos casi sin espacio. Nuestro humor nacía del sadismo, del humor de patíbulo, de la sátira, de la obscenidad, del rencor, de la rabia y de las bromas con cadáveres, sesos salpicados, piojos, pus y mierda: el cero espiritual. La locura del encierro en nuestro búnker hacía brotar pequeñas flores de ingenio del estiércol de la necesidad. La filosofía, la ética y el pensamiento fueron sustituidos por el instinto de conservación. No teníamos una fe que nos sostuviera, y la filosofía solo servía para hacer que nuestra suerte pareciera un poco más soportable. El hecho de que fuéramos soldados constituía base suficiente para la criminalidad y la degradación, para una existencia en el infierno. Nuestros tótems eran el yo, el tabaco, la comida, el sueño y las putas de Francia.

Si deseas saber más, lee A Stranger to Myself: The Inhumanity of War: Russia, 1941–44 [Un extraño para mí mismo: la inhumanidad de la guerra: Rusia, 1941–44], de Willy Peter Reese, editado por Stefan Schmitz y traducido al inglés por Michael Hofmann.

La fuerza de estas páginas también radica en el lenguaje con el que Reese intenta plasmar lo vivido. No escribe como quien organiza una experiencia ya comprendida. Las imágenes religiosas, filosóficas y grotescas aparecen unas junto a otras porque las categorías ordinarias parecen insuficientes para describir el mundo al que él y sus compañeros se habían acostumbrado.

Visto desde la distancia, ese proceso de adaptación resulta quizá tan revelador como cualquiera de los combates que lo precedieron. Un ejército necesitaba hombres capaces de seguir funcionando, de obedecer, hacer guardia, trabajar y sobrevivir. Pero esa capacidad podía ir estrechando poco a poco el espacio reservado para todo lo que no ayudara a llegar al día siguiente.

La guerra en el Este todavía estaba lejos de haber terminado y seguiría exigiendo a quienes permanecieran en ella nuevas formas de adaptación. Para algunos, sobrevivir no significaría únicamente escapar de la muerte, sino descubrir cuánto podía perderse por el camino sin dejar de seguir adelante.

Un trineo tirado por un caballo perteneciente a una unidad alemana de transporte atraviesa

Un trineo tirado por un caballo perteneciente a una unidad alemana de transporte atraviesa una aldea destruida al sudoeste de Kalinin, enero de 1943. (Foto cortesía de Narodowe Archiwum Cyfrowe, colección Wydawnictwo Prasowe Kraków-Warszawa, signatura 2-803; dominio público).

Dos soldados alemanes leen la Armee-Zeitung en Lomakowka, zona de Briansk, enero de 1943..

Dos soldados alemanes leen la Armee-Zeitung en Lomakowka, zona de Briansk, enero de 1943. La lectura, las noticias y el entretenimiento adquirían especial valor durante el invierno en el frente. (Foto: Henisch. Bundesarchiv, Bild 183-J21687 / CC BY-SA 3.0 Alemania).

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