Asalto frontal contra el Monte Suribachi

Un cañón estadounidense de 37 mm dispara contra cuevas al pie del Monte Suribachi, sospechosas de albergar posiciones japonesas. Durante el ataque del 28º Regimiento de Marines contra la altura dominante de la isla, cada avance debía realizarse bajo fuego de morteros, ametralladoras y posiciones fortificadas.
Los estadounidenses habían iniciado Operation Detachment [Operación Destacamento] el 19 de febrero de 1945 para capturar Iwo Jima, una isla volcánica situada entre las Marianas y Japón. Sus aeródromos podían servir como base avanzada para cazas de escolta, como punto de emergencia para bombarderos B-29 dañados y como plataforma para futuras operaciones contra las islas metropolitanas japonesas. Pero la isla no era una simple escala en el mapa: el general Tadamichi Kuribayashi había convertido Iwo Jima en una red de cuevas, túneles, fortines, posiciones de artillería y campos de fuego cuidadosamente preparados.
Para el 21 de febrero, tercer día de la batalla, los Marines ya habían descubierto el verdadero precio de la isla. La arena volcánica dificultaba el movimiento, impedía cavar refugios adecuados y convertía cada avance en un esfuerzo agotador. El bombardeo previo no había destruido la mayor parte de las defensas japonesas; muchas posiciones habían sobrevivido bajo tierra y volvían a abrir fuego cuando los Marines intentaban avanzar.
En el sector sur, el 28º Regimiento de Marines tenía la misión de aislar y capturar el Monte Suribachi, cuya altura dominaba las playas de desembarco. El día anterior, los Marines habían combatido por cada metro de terreno. En la mañana del 21, el ataque continuó contra la base de la montaña: en la costa oeste, el 1er Batallón logró acercarse al hombro del volcán con apoyo de artillería y fuego naval; en otros sectores, el fuego japonés restringía el avance a unos cuantos metros, mientras morteros disparados desde el propio Suribachi caían sobre el 2º Batallón, 28º Marines, que trataba de avanzar por la costa oriental.
El teniente John Keith Wells, jefe del Tercer Pelotón de la Compañía E del 2º Batallón de los 28º Marines, recordaría los momentos previos a aquel ataque frontal del 21 de febrero de 1945:
Yo estaba despierto. No llegaba ningún sonido del enemigo que teníamos enfrente. Un tenue resplandor en el cielo oriental anunciaba el amanecer y el tercer día del ataque del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. El frío del aire de la mañana coincidía con el frío que sentía en la boca del estómago.
El asalto frontal que se avecinaba contra la fortaleza de la montaña tenía todas las señales de uno de aquellos famosos ataques suicidas de los Marines. Los hombres los llamaban “suicidas” porque, en las pequeñas islas ocupadas por el enemigo, había muy poco espacio para maniobrar.
Mi mente trabajaba con una claridad cortante, como imagino que trabaja la mente de un animal acorralado. Buscaba cualquier forma de atacar y destruir al enemigo que teníamos enfrente. Nadie podía rezar con más intensidad de la que yo rezaba, pidiéndole a Dios que me mostrara cómo cumplir con mi deber. Muchos hombres del Tercer Pelotón resultarían heridos o muertos en las horas siguientes. Yo lo sabía, y ellos también lo sabían.
Mientras esperábamos un poco más de luz, seguí pensando en la mejor manera de emplear a mis hombres. La situación parecía desesperada. Teníamos poca o ninguna protección contra el enemigo. Frente a mí había una lata de agua de cinco galones llena y yo llevaba una manta blanca de lana sobre los hombros. Me preguntaba qué demonios íbamos a hacer y cómo lo íbamos a hacer. Mis armas ya estaban limpias, pero mientras pensaba, volví a limpiarlas.
Los deportes de combate —el fútbol americano, el hockey y otros juegos similares— no son más que juegos de niños. Las porristas se esfuerzan, la multitud ruge y todo crece en una excitación febril ante la expectativa del choque. Los jugadores sienten la energía que llega de la banda de música y de los gritos de la multitud organizada.
En Iwo Jima no había multitudes alentando, ni bandas tocando, ni banderas ondeando. La muerte, la oscura y fría verdad, nos miraba de frente.
La atmósfera se parecía mucho a la de un matadero de reses y cerdos que conocí de niño. Mi padre tenía su propio matadero y carnicería, y yo lo ayudaba a matar casi todas las semanas. Me había dado cuenta de que cuando la puerta se cerraba detrás de nosotros y el ganado olía el interior del matadero, sabía al instante lo que estaba por ocurrir.
Después de dos días de combate en Iwo Jima, cada hombre de nuestro pelotón y cada hombre de la línea frente a los japoneses, en la base del Monte Suribachi, sabía que muchos morirían y que la sangre correría aquel día.
Una electricidad humana, una vibración —o como quiera llamarse esa sustancia que satura el aire alrededor de una lucha a muerte— era tan densa que podíamos olerla y saborearla. Allí, la muerte flotaba en el aire como una mortaja gaseosa.
La vegetación y el camuflaje habían sido arrancados de la base del Monte Suribachi por las tres fuerzas aéreas y por las armas navales, y ahora podíamos ver el anillo de fortines de concreto, blocaos y trincheras comunicadas. Estaban dispuestos como un collar de cuentas alrededor del cuello arrugado de una anciana.
El terreno inmediatamente frente al pelotón, entre nosotros y el enemigo, era casi plano. Había algunos viejos cráteres de bombas —trampas mortales que los japoneses ya tenían registradas por sus armas— y tres rollos de alambrada de púas entrelazadas. La defensa enemiga desde la cima de la montaña, las posibles bocas de cuevas a lo largo de sus laderas y la poderosa red de posiciones que veíamos en la base de Suribachi ofrecían una vista imponente.
No podíamos usar la reserva del pelotón para apoyar nuestro ataque matutino. No podían disparar desde los flancos porque había otros Marines allí. Tampoco podían disparar por encima de nuestras cabezas; y aunque hubieran podido, ¿a qué iban a disparar? El enemigo permanecía bajo tierra.
No existía un lugar donde protegernos del fuego enemigo. El Tercer Pelotón no tenía una sola arma eficaz, a esa distancia, contra los búnkeres japoneses. El escuadrón de reserva y el escuadrón de asalto nos seguirían en aquella carga desesperada cuando atacáramos. La situación era comparable a la de un niño pequeño que atacaba a un tigre acorralado con una pistola de juguete. No podíamos esperar ayuda del nivel de compañía; al menos, no podíamos depender de ella.
La infantería japonesa no nos estaba matando ni hiriendo en ese momento. Supusimos que había sido retirada. Habían disparado contra miles de Marines durante los dos días anteriores, y aquel día dispararían contra miles más.
Los contornos tenues comenzaron a tomar forma cerca de la base del Monte Suribachi. Pensé que tal vez, si me acercaba un poco más mientras aumentaba la luz, podría descubrir una debilidad en las líneas enemigas. Me quité de los hombros la manta blanca de lana de la Armada japonesa. Aquella manta tibia, capturada, por la que Ruhl, nuestro mensajero de pelotón, había arriesgado literalmente la vida, no serviría de nada en la batalla de ese día. Tendría que quedarse atrás.
Nada —y quiero decir absolutamente nada— ya tenía significado: ni el hogar, ni la madre, ni la esposa, ni los hijos, ni la novia, ni la ciudad natal, ni el frío, ni el calor, ni el hambre. Nada importaba excepto la batalla que se aproximaba, y que comenzaría muy pronto.
El amanecer se abría y el pelotón debía prepararse para el ataque de la mañana. Coloqué mi casco lleno de granadas de mano y munición y mi ametralladora Thompson encima de la manta. Aquello era una exploración de un solo hombre; no necesitaba un arma. Me arrastré hasta un punto más alto, a cierta distancia frente a nuestra línea, me agaché y estudié la defensa enemiga, buscando cualquier debilidad que pudiera mejorar nuestras posibilidades en el ataque frontal que sabía que estábamos a punto de emprender.
Mis ojos buscaban constantemente al enemigo en la luz temprana de la mañana. Sombras grises oscuras y fantasmas del enemigo parecían surgir detrás de cada montículo de tierra. De pronto, un movimiento me llamó la atención y concentré la mirada en las trincheras que unían los enormes blocaos de concreto y otros fortines.
El enemigo movía a sus hombres de manera singular. Ruhl y yo los habíamos visto hacerlo dos noches antes, pero pensamos que era sólo una cuestión de conveniencia. Cada hombre se sujetaba a una pieza del equipo del que iba delante, y el grupo avanzaba en fila india. Así se movían sin perder hombres ni dejar a nadie rezagado.
Diez o doce hombres avanzaban encorvados, como un tren, en una dirección y luego en otra, por las trincheras poco profundas. Era una excelente manera de mover combatientes en espacios cerrados. Nosotros podíamos hacer muy poco contra eso, porque sólo el fuego directo a lo largo de esas trincheras podía afectar seriamente al enemigo. Las trincheras eran perpendiculares a nuestra dirección de ataque.
La luz de la mañana aumentó y la defensa japonesa parecía más fuerte. De pronto, una figura tomó forma frente a mí. Allí, en una sombra, a no más de cincuenta o sesenta yardas, estaba agachado un oficial japonés, mirándome directamente. Estudiaba nuestras líneas del mismo modo que yo estudiaba las suyas.
Yo había dejado la Thompson sobre la manta, detrás de mí. Sólo tenía la pistola automática calibre .45. A esa distancia no servía de mucho, así que me volví hacia mis hombres y grité:
—¡Agarren a ese hijo de perra!
El oficial japonés se puso de pie, mostró todos los dientes en una gran sonrisa y se escondió rápidamente detrás de un gran búnker a poca distancia. El búnker tenía el techo dañado. Tomé nota mental de aquello. La sonrisa del oficial era, sin duda, de confianza. Debió pensar que nos tenía exactamente donde quería. Yo no estaba seguro de que se hubiera equivocado. Si había una debilidad en sus defensas, yo no la había encontrado.
Nuestra Fuerza Aérea del Ejército, la aviación de la Armada, la aviación de Marines y los grandes proyectiles de nuestros cruceros y acorazados habían dejado expuesto, pero no destruido, un enorme emplazamiento de concreto frente a nosotros. ¿Cómo demonios esperaban que nosotros lo destruyéramos? Sabíamos que el Cuerpo de Marines esperaba lo máximo de sus oficiales y hombres, pero incluso eso parecía condenado al fracaso.
La ladera de la montaña era como un panal de cuevas pequeñas y grandes. El fuego naval había sellado temporalmente la entrada de la mayoría de las cuevas pequeñas, pero dentro de ellas esperaban muchos nidos de francotiradores y ametralladoras. El enemigo miraba por pequeños agujeros excavados y, cuando los blancos eran abundantes, empujaba tierra suficiente hacia afuera para sus armas y abría fuego. La mayoría de los japoneses, con las ametralladoras más pequeñas, permanecían junto a sus armas y morían con ellas. Por lo general, había otras armas y dotaciones listas dentro, preparadas para excavar y ocupar sus lugares.
En el ataque de la mañana, instintivamente esperaba el máximo apoyo coordinado de todas las armas que utilizábamos en los ejercicios. La Marina de los Estados Unidos dominaba el mar. Ningún arma enemiga disparaba contra los grandes buques artillados de nuestra Armada. Nuestros barcos podían acercarse a la isla y pulverizar la ladera de la montaña que teníamos enfrente. Podían mantener ese fuego. Esa acción impediría que muchas cuevas de nuestro lado de la montaña se abrieran o las cerraría en el acto.
Estaba seguro de que nuestros tanques encabezarían el ataque. Aplanarían los rollos de alambre de púas frente a nosotros y silenciarían cualquier arma enemiga grande que pudieran ver. Los tanques abrirían brechas en las defensas de concreto. Lindberg y Goode podrían entonces usar sus eficaces lanzallamas.
La artillería pesada del Cuerpo de Marines podría encargarse de las cuevas grandes y hacer lo posible, junto con la Armada, para neutralizar la artillería enemiga que nos había bombardeado la noche anterior. Los proyectiles venían del extremo norte de la isla.
La artillería ligera del Cuerpo de Marines, como los cañones de 37 mm, estaba situada justo detrás de nuestro flanco izquierdo. Podía seleccionar blancos y cerrar pequeñas cuevas recién abiertas a corta distancia. Debí de estar viviendo en un mundo de sueños para esperar tanta ayuda. Pero aun si recibíamos la mayor parte, yo no veía cómo podríamos correr por el terreno abierto, cruzar nuestra propia alambrada de púas, abrirnos paso y destruir sus defensas. Habíamos visto a los japoneses combatir durante los dos días anteriores. En el asalto frontal habría una gran pérdida de vidas.
El Viejo —Dios— no me había dado ninguna pista y se estaba haciendo tarde. Él siempre me daba alguna pista. Yo dependía de eso.
Se acercaba la hora de saltar al ataque y no había recibido información ni ayuda del cuartel general de la compañía. Tomé el teléfono de campaña y pedí apoyo. Me respondieron que los tanques estaban en una zona semiprotegida, reabasteciéndose de combustible.
Bueno, los tanques habían estado detrás de la línea toda la noche. Pensé: “¿Cuánto tiempo se necesita para reabastecer esas malditas cosas?”. Los Marines de tanques tenían que rearmar, repostar, reparar, comer, dormir, hacer planes, recibir órdenes y contar con una protección razonable mientras lo hacían. Todos lo sabíamos. Pero estábamos en guerra.
El cuartel general de la compañía añadió que la única pieza de artillería de Marines en la isla apuntaba en otra dirección. Dijeron que no había munición para morteros de 80 mm. De todos modos, los morteros no servían de mucho porque los japoneses estaban bajo tierra y nuestras armas no podían alcanzarlos. Luego nos informaron que los acorazados, cruceros, destructores y otros buques de la Armada no habían regresado de su cita nocturna, a cierta distancia de allí.
La sola idea de que estábamos atacando sin ayuda de nadie era aleccionadora y me preocupaba profundamente. Si la batalla continuaba como en los dos primeros días, pensé que nuestro pelotón y todos los hombres de la línea del frente serían masacrados. En momentos así odiábamos a quienes nos ordenaban ir a la muerte, especialmente cuando las únicas tres veces que los habíamos visto, estaban de pie mirando hacia abajo. Ellos se atrincheraban profundamente y no se dejaban ver.
Por teléfono pregunté al cuartel general de la compañía qué ayuda podíamos esperar. Creían que podían conseguirnos un ataque aéreo. Bombarderos en picado vendrían a baja altura para bombardear y ametrallar. Eso sonaba bien, pero esa acción sólo distraería a los japoneses lo suficiente como para que saliéramos a campo abierto, donde podrían masacrarnos.
Recibimos el ataque aéreo. El ruido y la acción fueron sorprendentes y heladores. Nuestros aviones descendieron en oleadas, como abejas enloquecidas, en perfecto orden. Bajo tierra y bien protegidos, los japoneses esperaban.
Para evitar golpear a cualquiera de los Marines, que estaban sobre el terreno y no atrincherados, los bombarderos en picado atacaron demasiado arriba en la montaña como para ayudarnos siquiera un poco. Cuando levanté la cabeza por encima de la lata de agua para mirar, vi lo que esperaba. Si con el ruido y las vibraciones del suelo se hubiera podido matar a los japoneses o asustarlos hasta la muerte, aquel ataque aéreo habría cumplido su cometido. Nuestro extremo de la isla tembló violentamente mientras la tierra y los escombros volaban en todas direcciones. Estoy seguro de que ningún japonés recibió el equivalente japonés del Corazón Púrpura por heridas de combate durante aquel ataque.
Como el esperado ataque nocturno del enemigo no se produjo, la alambrada de púas que habíamos tendido con tanta audacia la noche anterior había cambiado de bando en la batalla. Un enredo de alambre de púas puede representar un peligro real para una fuerza atacante. Esa era la razón por la que lo habíamos colocado. No había manera de destruirlo sin tanques ni el apoyo de nuestras armas pesadas. Se había convertido en parte de la defensa enemiga.
Llegó la hora de atacar. Por teléfono llegaron las órdenes: atacar directamente la fortificación que teníamos enfrente. No teníamos nada con qué atacar, excepto nuestras armas de mano, ni nada que nos protegiera, salvo la ropa que llevábamos puesta. Que Dios me ayude: nuestras órdenes eran hacer exactamente eso.
—¡Ataquen!
Pregunté al cuartel general de la compañía si ésa era toda la ayuda que recibiríamos. Respondieron:
—Debían haber saltado al ataque hace un minuto.
Nuestra situación parecía tan desesperada que no pude ordenar al pelotón que me siguiera. Me puse de pie, apunté mi Thompson hacia el enemigo y eché a correr directamente hacia aquel maldito búnker del sonriente oficial japonés. Era el fortín con el agujero en la parte superior. No se me ocurrió nada más que hacer. Ahora sólo Dios podía ayudarnos.
Si deseas saber más, busca el título Give Me Fifty Marines Not Afraid to Die: Iwo Jima [Denme cincuenta Marines que no tengan miedo de morir: Iwo Jima], del teniente John Keith Wells.
Dos días después, el 23 de febrero, una patrulla de la Compañía E alcanzaría la cima de Suribachi e izaría la primera bandera estadounidense sobre la montaña. Pero el momento inmortalizado después en la memoria pública no debe ocultar lo ocurrido antes: el ascenso hacia Suribachi fue precedido por días de combate lento, frontal y sangriento, contra posiciones japonesas ocultas en cuevas, rocas y túneles. Para Wells y sus hombres, la historia no comenzó con una bandera en la cima, sino con aquella mañana helada del 21 de febrero, cuando sabían que muchos no regresarían.

Un Marine de los Estados Unidos dispara una ametralladora Browning M1917 contra posiciones japonesas. En Iwo Jima, las defensas japonesas estaban profundamente integradas en cuevas, túneles y fortines, lo que obligaba a los Marines a reducir cada posición mediante fuego de armas ligeras, explosivos, lanzallamas y el apoyo de artillería.

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