Los estadounidenses habían iniciado la Operación Destacamento para capturar la isla de Iwo Jima, incluyendo sus aeródromos, con la finalidad de utilizarla como base para las futuras operaciones sobre Japón mismo. El combate en la cabeza de playa era feroz y la fuerza de Marines se había estancado.

 

El tercer día de combates estaba llevándose a cabo y el alto número de bajas en las fuerzas estadounidenses estaba teniendo un efecto severo sobre las tropas. El teniente John Keith Wells, líder del Tercer Pelotón, de la Compañía E, del 28º Marines, relata los momentos previos al ataque frontal del 21 de febrero de 1945:

Asalto frontal sobre el Monte Suribachi

Un cañón estadounidense de 37 mm dispara contra las cuevas japonesas en la cara norte del Monte Suribachi.

Una luz tenue en el cielo oriental anunció la llegada del amanecer y el tercer día de ataque del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos sobre la isla de Iwo Jima. El viento helado de la mañana igualaba el frío en la boca de mi estómago. Mi mente trabajaba agudamente, de la forma en que sospecho que la mente de un animal acorralado lo haría. Busqué por cualquier medio para atacar y destruir el enemigo que nos enfrentaba. Nadie podía rezar más fuerte de lo que yo rezaba a Dios para que me mostrara la forma para hacer justo eso. Muchos hombres en el Tercer Pelotón estarían heridos y muertos en las próximas horas. Lo sabía y los hombres lo sabían. Yo era su líder de pelotón.

 

El ataque frontal venidero del Cuerpo de Marines sobre la fortaleza en la montaña enfrentándonos tenía todos los semblantes de los Marines haciendo uno de sus famosos ataques suicidas. Mi fortaleza confrontando a los japoneses era una lata de agua de cinco galones G. I. llena volcada sobre su borde. Mientras esperábamos por más luz y mientras trataba de pensar qué diablos haríamos y cómo lo haríamos, limpié mi arma.

 

Deportes belicosos como el fútbol americano, hockey y otros juegos de combate son puros juegos de niños. Las animadoras trabajan y la multitud alienta en un frenesí de tono alto ante la expectativa del conflicto venidero. Los jugadores sienten la energía fluyendo de la banda tocando y grita de la multitud orquestada. En Iwo Jima no hay multitudes animando, no hay bandas tocando y no hay banderas ondeando. Sentíamos la oscura y fría verdad de la muerte viéndonos a la cara.

 

 

Contornos tenues comenzaron a tomar forma cerca de la base del Monte Suribachi. Quité de mis hombros mi manta blanca de lana de la Armada japonesa y coloqué mi ametralladora Tommy [Thompson] encima de ella. La tibia manta por la que literalmente nuestro corredor del pelotón había arriesgado su vida no tendría uso en la batalla de hoy; tendría que dejarse atrás. Nada y digo absolutamente nada -hogar, madre, esposa, novia, ciudad natal, frío, calor, hambre-, tenía significado alguno. Nada importaba excepto la batalla próxima y comenzaría muy pronto.

Si deseas saber más, lee “Give Me Fifty Marines Not Afraid to Die: Iwo Jima” [Dénme cincuenta Marines que no tengan miedo de morir: Iwo Jima], del teniente John Keith Wells.

Un Marine de los Estados Unidos dispara su ametralladora Browning M1917 sobre posiciones japonesas.

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