La Luftwaffe consistentemente gozaba de un suministro de jóvenes esperanzados de donde seleccionaba sus pilotos. Algunos tenían un fuerte sentimiento de deber, otros deseaban tomar una cierta venganza personal contra las naciones aliadas por los infortunios que siguieron a la Primera Guerra Mundial, pero para muchos el reto personal era el principal estímulo.

 

La mayoría de los pilotos alemanes compartían el curioso deseo de volar y respondieron al percibido llamado “glamoroso” de la vida del piloto de caza -pocos podían honestamente negar que un factor era el interés garantizado de las mujeres-. Sin embargo, ninguno de estos incentivos, honorables o superficiales, eran suficientes para garantizar el éxito; por supuesto, conforme la guerra progresaba, la existencia seductora era cada vez más distante; no obstante, había momentos solaces:

El pequeño mundo de un piloto alemán

El piloto Alfred Grislawski (a la derecha), a quien se le atribuyeron 133 victorias, siendo condecorado con la Cruz de Caballero con Hojas de Roble. En la imagen, Grislawski, acompañado de Hermann Graf y su perro.

21 de junio de 1942

 

He completado ahora más de ciento cincuenta misiones operacionales desde mi retorno de Noruega, en patrullas sobre el Mar del Norte desde bases en Jever, Wangerooge y Husum.

 

Todos los pilotos son aviadores experimentados y grandes tipos. El jefe es el capitán Dolenga, yo soy el segundo al mando y el teniente Gerhard, a quien conocí en el Ala de Cazas Nº 52, es nuestro Ingeniero de Vuelo. El teniente Steiger se unió al Vuelo hace unos meses. Este camarada alto, rubio, es un piloto brillante que derribó su primer Blenheim en un ataque en uno de nuestros convoyes de la Marina hace unos cuantos días.

 

Los suboficiales Maul, Voget y Dobrik son viejos soldados. Todos ganaron la Cruz de Hierro de Primera Clase durante la Batalla de Inglaterra. Los sargentos de vuelo Wenneckers y Raddatz iniciaron sus vuelos de combate en Holanda hace un año. El sargento Biermann, un pequeño hombre de Berlín, llego al Vuelo aquí de Rusia, como yo. Al principio de la guerra estaba con la infantería en Polonia.

 

El personal de tierra también consiste de técnicos completamente calificados. La mayor parte de ellos eran hábiles artesanos durante su vida civil. Sólo una pequeña fracción está formada por soldados profesionales regulares, como los pilotos.

 

Por casi un año, el cabo Arndt ha sido mi jefe de tripulación. Este joven leal, nuestro Messerschmitt 109 y yo formamos un trío inseparable y permaneceremos así por los años venideros.

 

No sería correcto si olvidáramos a nuestros amigos cuadrúpedos. Turit, mi setter, es bello y mimado y es tan temperamental como una diva; puesto que es el perro más veloz en la Fuerza Aérea. Fips, nuestro mono mascota, es un anarquista de corazón: no tiene idea de la disciplina. En un desfile de inspección, una vez robó una gorra perteneciente a un coronel que nos visitaba y se desvaneció con ella hacia el techo del hangar. Fue el desfile más divertido al que yo hay asistido. Como resultado, se le ha advertido a Fips que espere una asignación en el frente ruso. Quizás él sea nuestra arma secreta, puesto que en el momento en que los rusos lo vean se reirán tanto que serán incapaces de disparar.

 

Y así, los cinco juntos como aviadores en un extraño pequeño mundo propio, al final de la pista.

Si deseas saber más, lee “I Flew for the Führer: The Memoir of a Luftwaffe Fighter Pilot” [Yo volé para el Führer: la memoria de un piloto de caza de la Luftwaffe], de Heinz Knoke.

El piloto alemán Franz von Werra, con su león mascota Simba.

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