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Los que quedaron atrás en Parit Sulong

Action at Parit Sulong, January 1942, obra de Murray Griffin realizada en Changi en 1943._

Action at Parit Sulong, January 1942, obra de Murray Griffin realizada en Changi en 1943. Representa a artilleros del 2/15.º Regimiento de Campaña australiano combatiendo en Parit Sulong, con un cañón de 25 libras y vehículos aliados destruidos en la carretera. (Obra: Murray Griffin, cortesía de Australian War Memorial, ART24477.)

El 22 de enero de 1942, la retirada aliada por la península de Malaca había llegado a uno de sus puntos más difíciles. Durante varios días, unidades australianas e indias habían combatido desde la zona de Muar y Bakri mientras las fuerzas japonesas avanzaban hacia el sur y cortaban progresivamente las rutas por las que debían replegarse.

La columna al mando del teniente coronel Charles Anderson había comenzado a retroceder hacia Parit Sulong el día 20, llevando consigo, en camiones y otros vehículos, a cuantos heridos podían transportar. Después de abrirse paso a través de varios bloqueos japoneses, alcanzó las inmediaciones de la población en las primeras horas del 21. Allí encontró cerrado el camino: el puente sobre el río Simpang Kiri estaba en manos japonesas.

Los intentos de continuar por la carretera no consiguieron despejar el paso. Durante el día aumentaron las bajas, las municiones se agotaban y quedó claro que la columna no podía permanecer indefinidamente encerrada frente al puente. Hacia las nueve de la mañana del 22, después de una última comprobación de las posiciones japonesas, Anderson ordenó destruir los vehículos y las armas que no pudieran llevarse y dispuso que los hombres capaces de caminar intentaran alcanzar las líneas aliadas atravesando la selva.

No todos podían acompañarlos. El teniente Ben Charles Hackney, del 2/29.º Batallón australiano, había recibido cuatro heridas y apenas podía desplazarse. Permaneció junto a otros australianos e indios heridos, alrededor de los vehículos abandonados en la carretera de Parit Sulong:

Alrededor de las 14:30 cesó todo el fuego procedente del convoy y, poco después, soldados japoneses se cerraron sobre nuestras posiciones desde todas direcciones, especialmente desde el oeste-suroeste. Entre muchos gritos ininteligibles, se hicieron señas a nuestro personal para que se reuniera en un punto al oeste de la carretera y al otro lado de un canal que corría junto a ella.

A algunos de los hombres aptos —de los cuales quedaban muy pocos— se les permitió ayudar a los más desafortunados; a otros se les obligó a trasladarse inmediatamente al punto de reunión y permanecer allí. La concentración fue un proceso lento, pues muchos eran incapaces de moverse. Había hombres tendidos en todas direcciones: algunos muertos; muchos gravemente heridos que no habían podido encontrar ningún refugio porque eran incapaces de hacer movimiento alguno; otros, incapaces de avanzar mucho, habían conseguido arrastrarse hasta alguno de los muchos vehículos y allí yacían exhaustos.

Cuando todos estuvieron reunidos, se obligó a los prisioneros a sentarse desnudos formando un círculo, rodeados por un anillo de guardias japos. Había aproximadamente 110 soldados de la A.I.F. y entre 35 y 40 soldados del Ejército indio.

Para entonces pasaban por la carretera muchas tropas japonesas, algunas a pie, otras en bicicleta y muchas en camiones —tanto japos como civiles—. Se detenían con frecuencia y, en esas ocasiones, muchos se acercaban a mirar a los prisioneros: alrededor de 150 cuerpos desnudos, sin afeitar, sucios y cubiertos de sangre coagulada; algunas heridas eran recientes y muchas se habían reabierto con el movimiento y todavía sangraban abundantemente. Para los japos, los prisioneros despertaban gran interés: algunos mostraban diversión; otros, mal humor y maldad. Muchos golpeaban o pateaban —o hacían ambas cosas—, daban puñetazos y pinchaban a los hombres con las bayonetas, a menudo procurando, si podían, patear donde una herida permanecía abierta; y tan grande era su satisfacción ante cualquier señal visible de dolor que, con frecuencia, repetían el castigo.

El japo encargado de los prisioneros vestía de manera muy diferente al personal de la guardia: llevaba túnica oscura, pantalones de montar, botas altas hasta la rodilla, una pistola y una espada con un trenzado en la empuñadura, además de un gran portamapas. Él daba las órdenes a la guardia.

Los prisioneros fueron obligados a entrar en un pequeño cobertizo o garaje que, dadas las circunstancias, era completamente insuficiente. Los japos gruñían, gritaban, pateaban, golpeaban y pinchaban con las bayonetas hasta que la mayoría de los prisioneros consiguió meterse dentro. Algunos quedaron inconscientes y otros murieron durante el proceso. Algunos hombres caminaban sobre los más indefensos; los heridos eran empujados y caían encima de otros, y los terribles gritos de dolor eran prácticamente continuos. Los que estaban más cerca de la entrada fueron los primeros en ser introducidos y el cobertizo pronto se convirtió en un antro infernal, hediondo y caótico, lleno de soldados heridos, atormentados, gimiendo y delirando. Quienes todavía no habían conseguido entrar no podían hacer nada por nadie salvo por aquellos que estaban inmediatamente a su alrededor. El cobertizo era demasiado pequeño; los hombres próximos a la entrada, mientras recibían golpes, patadas y pinchazos, se metían como podían, tratando en vano de no lastimar a sus compañeros. No había espacio ni siquiera para apoyar un pie sin pisar alguna parte del cuerpo de alguien, con cuerpos por encima y por debajo. Una y otra vez obligaban a unos hombres a entrar encima de otros.

Muchos hombres gemían la mayor parte del tiempo y una y otra vez se escuchaban gritos pidiendo agua. Habían pasado horas y horas —para algunos, un día o más— desde la última vez que habían bebido, pues durante los cuatro días que había llevado avanzar cinco millas por la carretera habían escaseado tanto el agua como quienes podían distribuirla. No se dio agua a los prisioneros.

Un poco más tarde se produjo otro traslado y nuevamente los prisioneros fueron sometidos a violencia y a terribles brutalidades por parte de los guardias. Esta vez, todo el personal de tropa fue metido en dos habitaciones de unos barracones de culíes. Fue un proceso largo: muchos tuvieron que ser cargados y, aunque la distancia era pequeña, había que subir unos escalones. No se permitió dejar atrás a los muertos; también sus cuerpos tuvieron que ser llevados a aquellas habitaciones. Los heridos más graves volvieron a ser tratados con crueldad: se esperaba que se movieran como hombres aptos y, cuando no podían hacerlo, recibían golpes, patadas y puñetazos. A muchos que eran incapaces de cualquier movimiento sin ayuda los golpearon en la cabeza; algunos murieron a bayonetazos y a unos pocos les dispararon. En conjunto, un gran número sufrió nuevas heridas a manos de los japos.

Cuando todo el personal de tropa estuvo dentro de las habitaciones, se cerraron las puertas. Los seis oficiales fueron obligados a sentarse en los escalones frente a una de ellas. Se hicieron peticiones y exigencias para obtener atención médica, agua y cigarrillos, una y otra vez durante todo aquel periodo, pero el japo encargado las ignoró.

Más tarde llegaron muchos automóviles de Estado Mayor. Dos de ellos iban precedidos por un tanque y motociclistas y seguidos por una escolta semejante. Todos se detuvieron frente al lugar donde estaban los prisioneros y muchos japos se acercaron. El japo encargado de los prisioneros salió a recibirlos entre muchos gritos, saludos y reverencias; los demás soldados japoneses de la zona también prestaron atención al grupo, formado por oficiales, algunos de ellos de rango muy elevado.

Uno de los recién llegados destacaba sobre los demás y era presumiblemente el comandante de las fuerzas japonesas en aquella zona: un hombre bajo y fornido. Un guardaespaldas permanecía siempre muy cerca de él. Vestía muy bien; llevaba la espada baja, con abundante cordón marrón en la empuñadura, botas hasta la rodilla y espuelas, todo reluciente. La actitud de los japos hacia aquel oficial era como si fuera alguien muy por encima de cualquiera de ellos, como si para ellos fuera un dios.

Miró a los oficiales prisioneros, a quienes obligaron a levantarse de los escalones y permanecer de pie; después subió los escalones, con el guardaespaldas siempre muy cerca, y miró por la ventana la masa de hombres que había dentro de una de las habitaciones.

Al salir del edificio habló con uno de los oficiales que lo acompañaban, quien a su vez transmitió lo que aparentemente eran órdenes al japo encargado de los prisioneros. Después de dejar a un par de hombres allí, el grupo se marchó. De nuevo hubo gritos, reverencias y saludos. Primero partieron los tanques, después las motocicletas, luego los automóviles y, detrás de ellos, más motocicletas y tanques. A lo largo de la carretera, dondequiera que hubiera japoneses, saludaban aquellos dos automóviles con gran reverencia.

A uno de los que se quedaron se le pidió que permitiera dar agua a los prisioneros, muchos de los cuales seguían gritando pidiéndola. Un muchacho malayo que llevaba algún tiempo con el convoy recibió permiso de ese hombre para ir a buscarla. Sin embargo, cuando regresó, el japo encargado vio el recipiente, de un golpe se lo tiró de las manos y después pateó al muchacho.

Se le pidió atención médica, pero dijo que el personal médico japonés estaba demasiado ocupado. Más tarde, al pedírsele agua, dijo que si el japo encargado decía “No”, él no podía hacer nada. Cuando se le preguntó si podían obtenerse cigarrillos del montón de pertenencias de los prisioneros, respondió: “Todavía no”.

Otro grupo de japos llegó y tomó muchas fotografías e hizo anotaciones. Cuando terminaron, los japos se quedaron con los cigarrillos y arrojaron el agua que los guardias habían mantenido frente a los prisioneros, justo fuera de su alcance; algunos de ellos habían sido sacados de las habitaciones para ser fotografiados. Esto agravó todavía más el estado de unos hombres que ya estaban cerca de la desesperación.

La tarde continuó junto a la carretera. El ruido de la batalla se había alejado y el tránsito japonés seguía pasando hacia el sur. De vez en cuando algún vehículo se detenía; después volvía a desaparecer por el camino. Dentro y alrededor de los edificios, el tiempo avanzaba sin que cambiara la situación de los prisioneros.

Cuando el sol comenzó a ponerse, Hackney seguía junto a los demás oficiales. El movimiento alrededor del edificio empezó a adquirir otra forma.

Hacia la puesta del sol, los guardias comenzaron a moverse alrededor de la casa. Trajeron las ametralladoras desde el lugar donde permanecían durante los relevos de guardia y las colocaron frente al edificio.

Entonces ataron juntos a los oficiales de la siguiente manera. Dos guardias se acercaron a los oficiales mientras desenrollaban un pequeño rollo de cuerda que llevaban en sus cinturones. Se obligó a los oficiales a ponerse de pie; dos eran incapaces de hacerlo sin ayuda y ambos eran incapaces de caminar. Las manos de cada oficial fueron atadas firmemente detrás de la espalda. Después se ató otro tramo de cuerda a las muñecas, se pasó por debajo de la barbilla y alrededor del cuello y volvió a bajar hasta las muñecas, donde fue tensado, obligando así a mantener las manos muy arriba en la espalda y dejando la cuerda terriblemente apretada contra la garganta. La segunda cuerda no se cortó, sino que pasó después a las muñecas del oficial siguiente, donde se repitió el mismo procedimiento; después al siguiente y así sucesivamente, de modo que, además de quedar cada uno más firmemente atado, todos quedamos unidos entre nosotros.

Hecho esto, el personal de tropa fue sacado de las habitaciones. Uno por uno, al bajar los escalones, eran atados brutalmente con las manos detrás de la espalda; el primero era unido al segundo, pero solamente de muñeca a muñeca, sin pasar la cuerda por encima ni alrededor del cuello como habían hecho con los oficiales; después el segundo al tercero y así sucesivamente; el primero quedó unido al más próximo de la pequeña hilera de oficiales.

Se acabó la cuerda y algunos japos trajeron trozos de alambre, con los que comenzaron a atar a muchos de los prisioneros.

Fue necesario alejar bastante al primer grupo de los escalones para permitir que los demás bajaran de las habitaciones y fueran atados. Los llevaron hacia atrás, en dirección al cobertizo que antes había estado lleno de prisioneros. Cuando la hilera de oficiales comenzó a moverse, uno cayó inmediatamente. Después de recibir patadas por todo el cuerpo y numerosos golpes con las culatas de los fusiles, lo desataron de la cadena.

Yo caí después de avanzar muy poco. Los japos se enfurecieron todavía más, aparentemente porque yo era el segundo en caer, y recibí un trato semejante, pero más severo. Me patearon por todo el cuerpo y me golpearon muchas veces en la cabeza y el cuerpo con los fusiles. Una patada me abrió la ceja derecha, que quedó colgando sobre el ojo, mientras la sangre me corría por el rostro. Después de varias patadas y golpes, los japos obligaban a los demás a avanzar y, de esa manera, me arrastraban una corta distancia. Entonces comenzaba otra lluvia de golpes y después me arrastraban unos cuantos pies más. Finalmente, los japos me soltaron y me dejaron tendido en el suelo, en un estado mucho peor que antes, dolorido y maltrecho. La herida de la espalda había recibido muchas patadas y seguía sangrando abundantemente, al igual que todas las demás heridas y cortes que había recibido.

Hacia el final, o bien se había agotado la cuerda y el alambre o los japos se habían cansado de atar a los prisioneros, porque unos pocos, alrededor de veinte, quedaron sin atar. Los demás fueron unidos en hileras de veinte a veinticinco. Los muertos quedaron en la habitación.

Los prisioneros fueron obligados entonces a avanzar por delante de los edificios, hacia el extremo sur y luego alrededor de él. Muchos no podían moverse en absoluto y otros, por estar atados, no podían recibir la ayuda que necesitaban. Muchos tropezaban; algunos caían, haciendo caer también a otros. Entonces eran pateados, golpeados y atacados con bayonetas hasta que cuantos podían hacerlo volvían a ponerse de pie, y la fila continuaba avanzando lentamente. Algunos seguían siendo arrastrados.

Los prisioneros fueron entonces apiñados en un grupo, y la masacre que siguió fue, por decir lo menos, sumamente violenta y cruel.

Los fusiles y las ametralladoras vomitaron una tormenta de muerte: cayeron unos pocos; cayó un grupo. Después de los primeros momentos quedaron algunos de pie: fueron alcanzados por disparos de fusil o por ráfagas de ametralladora. El fuego de fusiles y ametralladoras se dirigía hacia cualquiera que gritara. Se disparaba indiscriminadamente y muchos hombres habían caído no porque estuvieran muertos, sino porque otros al caer los habían arrastrado consigo o porque el fuego indiscriminado solamente había añadido nuevas heridas a las que ya tenían y al dolor que sufrían.

Algunos soldados japos regresaron entonces al frente del edificio y comenzaron a retirar los cuerpos de quienes habían sido liberados de las cadenas. Los arrastraron alrededor de la esquina, en la misma dirección por la que habían llevado a los demás.

Solo dejaron un cuerpo: el que estaba más alejado de los cuerpos de los dos oficiales que anteriormente habían sido liberados de la cadena. Ese era yo. Para mí, el destino de los prisioneros era completamente evidente y mi única esperanza de escapar consistía en intentar hacer creer a los japos que estaba muerto y quizá así tener alguna posibilidad de que me dejaran allí tendido.

Sabía que debía parecer bastante muerto, siempre que permaneciera completamente inmóvil. La sangre había estado corriendo por mi rostro desde la herida de la ceja y también desde varios cortes en la cabeza que habían sangrado abundantemente. No llevaba sombrero; hacía mucho que no me peinaba; llevaba más de cinco días sin afeitarme; el cabello estaba apelmazado con sangre y suciedad; tenía el cuello y la parte superior de la camisa cubiertos de sangre; la herida de la espalda seguía sangrando y había un pequeño charco de sangre en el suelo; la camisa estaba hecha jirones y empapada de sangre por debajo de la herida y a lo largo de todo el costado; los pantalones cortos también estaban manchados de sangre. Mi pierna derecha, desde la rodilla hacia abajo, también estaba ensangrentada; el viejo vendaje de la pierna izquierda llevaba mucho tiempo sucio y descolorido; una bayoneta había atravesado el vendaje y entrado en la pantorrilla por encima del orificio de salida de la bala; además, por encima de la parte posterior de la bota izquierda, otra herida de bayoneta sangraba abundantemente.

Permanecí completamente inmóvil, muy incómodo y dolorido, porque todavía estaba atado con fuerza y de manera dolorosamente apretada; la cuerda alrededor del cuello me impedía estirar los brazos y mis manos seguían cerca de los omóplatos. Algunos japos se acercaron y permanecieron sobre mí durante un rato y, como para asegurarse, uno me empujó varias veces con la bota. Permití que mi cuerpo se moviera libremente en cualquier dirección en que lo empujara. Uno o más de ellos me patearon después en varios lugares. Luego se marcharon, dejando a unos pocos atrás para disparar en dirección a cualquier sonido o cada vez que alguien se movía.

 

Muchos japos fueron hasta la carretera y regresaron cargando muchos de los bidones de gasolina que llevaban nuestros vehículos.

 

Procedieron a verterla sobre los prisioneros, muchos de los cuales todavía estaban conscientes.

 

Después prendieron fuego a los prisioneros y, entre gritos de dolor, miedo, nerviosismo y delirio, murieron quemados.

 

Yo yacía fuera del edificio, incapaz de moverme siquiera un poco para adoptar una posición menos dolorosa. Mientras estaba allí, el estallido de maldiciones y gritos que había acompañado el comienzo de los disparos y que, desde entonces, había disminuido algo no tardó en reanudarse.

 

Podía ver los destellos de un fuego que de vez en cuando ardía con gran intensidad. Los prisioneros estaban siendo quemados y muchos gritaban terriblemente. Me llegó el olor de una manta quemándose y después algo igualmente inconfundible: el olor de carne quemada.

Había conseguido pasar por “muerto” ante algunos de los japos y ahora estaba más decidido que nunca: sin importar cuánto dolor sufriera, cuánto me doliera el cuerpo, cuán incómodo estuviera o qué calambres tuviera que soportar, permanecería “muerto” hasta que los japos se marcharan.

Durante todo aquel tiempo llegaban japos desde la carretera para ver lo que ocurría. Al pasar junto a mí, unas veces simplemente me empujaban; otras me ignoraban por completo y, en otras ocasiones, algunos actuaban sin misericordia. No sé cuántas veces los japos que pasaban me patearon o me golpearon con los fusiles, pero durante todo ese tiempo tuve que mantener aquella actitud sin vida.

Durante largo tiempo, personal japonés mantuvo una patrulla alrededor de la zona. De vez en cuando se efectuaba algún disparo. Muchas veces, durante sus recorridos, uno o más de ellos encontraban mi cuerpo; algunos simplemente pasaban; otros se cercioraban utilizando métodos ya empleados: patadas y golpes, principalmente en la cabeza. Algunos, por desgracia, utilizaban las bayonetas; la mayoría solo me pinchaba en la espalda. En dos ocasiones fue algo más que un pinchazo. Una vez, el japo saltó y gruñó al lanzarse hacia delante, pero afortunadamente estaba demasiado lejos y la bayoneta entró en mi costado entre las costillas y aparentemente no causó ningún daño. En la otra, la punta de una bayoneta alcanzó mi codo derecho y lo dejó inutilizado durante muchos días. Un japo decidió que quería mis botas y me causó mucho dolor mientras me las arrancaba bruscamente de los pies.

Con el paso del tiempo, la actividad en la zona fue disminuyendo cada vez más, hasta que finalmente no hubo señal ni sonido de ningún japo. Esperé mucho tiempo después de aquello antes de estar seguro de que nadie seguía patrullando. Sabía que, si me veían moverme, sería el fin.

Mucho más tarde, después de conseguir liberarme de mis ataduras —una tarea muy dolorosa, larga y tediosa— y de obtener un poco de agua, me encontré con un sargento y otro soldado. Ambos olían fuertemente a gasolina. Habían estado con el grupo cuando dispararon contra los prisioneros y les prendieron fuego.

El sargento Croft me dijo que ellos se encontraban entre los pocos que no habían sido atados y que habían permanecido juntos cuando dispararon contra los prisioneros. Habían caído con la primera ráfaga sin que ninguno de los dos hubiera sido alcanzado y permanecieron tendidos con los demás. Cuando trajeron la gasolina desde la carretera, a ambos les arrojaron parte encima. Después prendieron fuego al grupo. El hombre que estaba con Croft gritó y de inmediato dispararon contra él. El sargento Croft consiguió liberar de entre el montón de hombres tanto a su compañero como a sí mismo, y ambos permanecieron inmóviles y en silencio cerca de allí hasta que los japos abandonaron la zona.

Si deseas saber más, consulta la declaración jurada de Ben Charles Hackney, Evidentiary Document No. 5043, ante la Australian War Crimes Commission, tomada en Sídney el 12 de noviembre de 1945.

Para quienes consiguieron escapar de Parit Sulong, la retirada continuaba hacia el sur. Detrás quedaban el puente, los vehículos abandonados y los hombres que ya no habían podido seguirlos.

En Parit Sulong, el combate había terminado. La violencia no.

Retrato de estudio del teniente Ben Charles Hackney, del 2/29.º Batallón australiano, hacia 1946. Herido en cuatro lugares en Parit Sulong, Hackney sobrevivió a la matanza y dejó la extensa declaración jurada que constituye la voz central de este artículo. (Foto cortesía de Australian War Memorial, P02839.001.)

Restos del convoy australiano a ambos lados de la carretera de Parit Sulong, fotografiados

Restos del convoy australiano a ambos lados de la carretera de Parit Sulong, fotografiados el 26 de septiembre de 1945. A la izquierda permanecía parte del equipo perteneciente a los heridos australianos e indios que habían quedado allí durante los combates de enero de 1942. (Foto cortesía de Australian War Memorial, 117519.)

El puente de Parit Sulong visto desde la orilla occidental el 26 de septiembre de 1945_edi

El puente de Parit Sulong visto desde la orilla occidental el 26 de septiembre de 1945, con restos del convoy australiano todavía visibles junto a la carretera. El control japonés de este paso sobre el río Simpang Kiri cerró la salida por carretera a la columna de Anderson durante los combates de enero de 1942. (Foto cortesía de Australian War Memorial, 117520.)

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