La defensa de Grecia queda en suspenso

Anthony Eden, a la izquierda, durante una visita a Atenas junto al primer ministro griego Alexandros Koryzis, en el centro, y el general Alexandros Papagos, detrás de Eden, c. marzo de 1941. Los tres ocuparon un lugar central en las conversaciones anglo-griegas sobre la ayuda británica y la defensa del país ante la creciente amenaza alemana en los Balcanes. (Fotógrafo oficial británico no identificado; Australian War Memorial, 006386; dominio público).
Durante casi cuatro meses, el grueso del Ejército griego había combatido a los italianos entre las montañas de Albania. A finales de febrero de 1941, sin embargo, la amenaza que condicionaba las decisiones de Atenas ya no procedía únicamente de aquel frente. Fuerzas alemanas se concentraban en Rumanía y la posibilidad de que entraran en Bulgaria planteaba un segundo peligro que Grecia difícilmente podía afrontar con los medios disponibles.
Gran Bretaña también debía decidir hasta dónde estaba dispuesta a comprometerse. Tras las victorias obtenidas contra Italia en el norte de África, Londres estudiaba trasladar hacia Grecia fuerzas y recursos procedentes de Oriente Medio, una decisión que obligaba a reconsiderar sus prioridades en aquel teatro. La cuestión no era únicamente cuántos hombres podían enviarse, sino cómo emplearlos si Alemania extendía la guerra hacia los Balcanes.
El 22 de febrero, Anthony Eden llegó a Atenas acompañado por el general John Dill, el general Archibald Wavell y el vice mariscal del aire Arthur Longmore. En el palacio real de Tatoi se reunieron con el rey Jorge II, el primer ministro Alexandros Koryzis, el comandante en jefe Alexandros Papagos y otros representantes griegos y británicos.
El problema no admitía una solución exclusivamente militar. La actitud de Yugoslavia seguía sin estar aclarada, y su posición podía alterar profundamente cualquier plan de defensa del norte de Grecia. Mientras aquella incógnita permaneciera abierta, fijar una posición defensiva significaba también anticiparse a decisiones que Atenas no podía controlar por sí sola.
Cuando se le pidió que expusiera las medidas militares que consideraba necesarias, el comandante en jefe griego planteó el problema en estos términos:
Después de revisar la información disponible sobre la situación militar general en los Balcanes, añadí que, partiendo del supuesto de que Yugoslavia permanecería neutral y no permitiría el paso de tropas alemanas por su territorio, había llegado a la conclusión de que, dados los escasos medios de que disponíamos, no era aconsejable defender Macedonia oriental y Tracia occidental.
Añadí que solo debían dejarse allí fuerzas suficientes para guarnecer las fortificaciones, con el propósito de retrasar el avance del enemigo. El resto de las divisiones griegas situadas en esa región debía retirarse a la posición Kaimaktsalan–Vermion–Olimpo, a pesar de que el repliegue de tropas reclutadas enteramente en la zona hasta un punto tan alejado de la frontera búlgara —lo que para ellas significaba abandonar sus hogares al enemigo— inevitablemente afectaría la moral de los hombres. Los refuerzos británicos, a medida que llegaran a Grecia, también serían trasladados a posiciones situadas sobre la línea Kaimaktsalan–Vermion–Olimpo.
Señalé además que la retirada del material de guerra y los suministros de Macedonia oriental y Tracia occidental, junto con el traslado de las fuerzas griegas allí estacionadas a la línea Kaimaktsalan–Vermion–Olimpo, a la espera de la llegada de las tropas británicas, requeriría al menos veinte días. Por consiguiente, el movimiento del material y de los hombres tendría que efectuarse con suficiente antelación para evitar el peligro de que un ataque enemigo nos encontrara todavía ocupados en aquella operación.
Insistí, sin embargo, en que antes de adoptar una decisión tan grave, que implicaría evacuar toda la región situada al este del Axios (Vardar) y abandonar esa parte de nuestro territorio nacional, debía aclararse por completo la actitud de Yugoslavia. Propuse, por tanto, que se informara al Gobierno yugoslavo de las decisiones que estábamos dispuestos a adoptar en función de la política que pretendiera seguir.
Mi propuesta fue aceptada y se decidió que el ministro británico de Asuntos Exteriores enviara un mensaje cifrado urgente al ministro británico en Belgrado. Dependiendo de la naturaleza de la respuesta, se emitiría o no, según correspondiera, la orden de evacuación y retirada. Todos estuvieron de acuerdo y, al día siguiente, el señor Eden y los generales Dill y Wavell partieron hacia Ankara. A su regreso volverían a pasar por Atenas.
Durante el periodo comprendido entre la conferencia de Tatoi del 22 de febrero y el regreso del señor Eden y de los generales Dill y Wavell, en la noche del 2 de marzo, pregunté repetidamente al mayor general Heywood, oficial de enlace del Estado Mayor General Imperial con el Cuartel General griego, si se había recibido alguna respuesta del ministro británico en Belgrado al telegrama urgente del ministro británico de Asuntos Exteriores.
En cada ocasión, el mayor general Heywood me aseguró que no se había recibido respuesta alguna. Por consiguiente, me era imposible llegar a una conclusión, ya que carecía de los datos necesarios. No podía adoptar semejante decisión ni, en realidad, me correspondía hacerlo mientras no se me proporcionara la base necesaria para tomarla, algo que era de la exclusiva competencia de quienes tenían a su cargo el aspecto político.
Si deseas saber más, lee The Battle of Greece 1940–1941 [La batalla de Grecia, 1940–1941], de Alexandros Papagos.
Tres días después de la conferencia, una comunicación oficial remitida desde Londres al Gobierno de Nueva Zelanda recogió las conclusiones de las conversaciones de Atenas. Entre los puntos que la comunicación presentaba como acordados figuraban los siguientes:
El movimiento de las tropas británicas deberá comenzar de inmediato, manteniéndose el máximo secreto.
El general Wilson deberá quedar bajo la autoridad inmediata del comandante en jefe griego, con derecho a recurrir, de ser necesario, al comandante en jefe.
Grecia deberá comenzar de inmediato los preparativos para retirar sus tropas avanzadas de la frontera búlgara hacia la línea de Macedonia que, en caso de que Yugoslavia se negara a unirse a nosotros contra Alemania, tendría que sostenerse inicialmente, y deberá mejorar las comunicaciones para facilitar la ocupación de dicha línea.
El ministro de Asuntos Exteriores deberá realizar un nuevo esfuerzo para persuadir al Gobierno yugoslavo de que se una a nosotros.
Si deseas saber más, consulta Documents Relating to New Zealand’s Participation in the Second World War 1939–45, Volume I [Documentos relativos a la participación de Nueva Zelanda en la Segunda Guerra Mundial, 1939–1945, Volumen I], documento 335, War History Branch, Department of Internal Affairs.
Ambos registros dejan algo más que una diferencia en la forma de ejecutar una decisión militar. En la manera en que Papagos plantea el problema, la retirada adquiere un peso que difícilmente podía reducirse al movimiento de unidades. Los hombres que habrían de abandonar aquellas posiciones habían sido reclutados en esas mismas regiones; para muchos de ellos, retroceder significaba dejar atrás sus propios hogares.
Papagos no negaba la conveniencia militar de retroceder. La había expuesto él mismo. El peso estaba en convertir aquella conclusión en una orden que obligaría a hombres reclutados en esas regiones a marcharse mientras una parte del país que todavía permanecía en manos griegas quedaba atrás. Una decisión concebida para preservar la capacidad de resistencia podía exigir, antes incluso del combate, una renuncia difícil de separar de aquello que se intentaba defender.
A finales de febrero, el margen para mantener abiertas distintas posibilidades se estrechaba. Grecia seguía combatiendo a Italia mientras la concentración alemana al norte hacía cada vez más urgente una decisión, y parte de lo que ocurriría en los Balcanes continuaba dependiendo de gobiernos cuya posición Atenas no podía determinar.
La invasión alemana aún no había comenzado. Pero defender Grecia ya podía exigir dejar atrás los hogares de quienes la defendían.

Alexandros Papagos, comandante en jefe del Ejército griego, en un retrato militar. El 22 de febrero de 1941 participó en las conversaciones de Tatoi, donde los mandos griegos y británicos estudiaron cómo afrontar la creciente amenaza alemana en los Balcanes. (Fotógrafo no identificado; imagen reproducida por in.gr, Archivo Histórico).

Soldados australianos recién llegados a Grecia comparten una copa con soldados griegos en Atenas, c. marzo de 1941. Muchos de los griegos presentes se recuperaban de enfermedades contraídas durante la campaña de Albania, mientras nuevas fuerzas de la Commonwealth comenzaban a llegar al país. (George Silk; Australian War Memorial, 006816; dominio público).

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