En Birmania, las fuerzas británicas se encontraban en franca retirada ante el inminente avance japonés. La fuerza principal, la 17ª División de Infantería india, había sido mermada gravemente e intentaba volver al puente sobre el río Sittang.

Batalla en el Río Sittang

El puente Sittang, cerca de Mokpalin, a unos 110 kilómetros de Rangún, después de que las partes centrales habían sido voladas el 22 de febrero de 1942, bajo las órdenes del oficial al mando de la 17ª División india, que se encontraba en franca retirada. Le había sido informado que el puente estaba a punto de ser capturado por los japoneses, pero muchos de sus hombres se encontraban atrapados todavía en la ribera oriental.

Las dos brigadas, desesperada y valerosamente, todavía al este del río, luchaban por abrirse paso hacia el gran puente ferroviario Sittang, todavía en manos de sus camaradas, ello representaba la única esperanza de conseguir que sus vehículos y, de hecho, ellos mismos, cruzaran sobre el arroyo de 500 metros de ancho. Fue entonces que vino la tragedia.

 

Mariscal de campo sir William Slim.

En las primeras horas del día 22 de febrero, se tomó la decisión de volar el puente, con la firme creencia de que estaba a punto de ser capturado por los japoneses. Fue entonces que la 17ª División y otras unidades, en el lado equivocado del puente, se encontraron varadas.

 

Bill Norman se encontraba con el 2º Batallón del Regimiento del Duque de Wellington (‘Los Duques’), una de las unidades que buscaba mantener el puente abierto. Norman describe vívidamente la situación en su intento de mantener la ruta abierta:

El sargento Charles F. Yarnold (Ginger), con el Regimiento del Duque de Wellington, mejor conocidos como ‘Los Duques’, en una imagen posiblemente captada en Birmania o la India. Ginger es el segundo de derecha a izquierda en la trinchera.

Nos unimos con el resto del batallón, aproximadamente una media milla al sur del puente, mismo que cruzaba el río Sittang.

 

Rápidamente ordenaron mantener la posición de nuestro pelotón en algunos campos duros de arroz, con un ferrocarril cruzando nuestro frente a unos trescientos cincuenta metros de distancia. 550 metros, a la mitad, hacia la derecha, se encontraba una colina con casas que resaltaban. Aproximadamente a la misma distancia, a la mitad hacia la izquierda, había una colina más baja en la que estaban estacionados un buen número de vehículos de transporte de nuestra división. En nuestra retaguardia inmediata había un riachuelo muy fangoso, que se encontraba medio seco, haciéndolo difícil de cruzar a cualquier gran velocidad. El banco anterior de este arroyo era de unos diez pies de alto (unos tres metros), con una hilera de árboles bastante elevados a lo largo del mismo, por lo que no podíamos ver nada más allá de estos árboles en nuestra retaguardia. Había algunas tropas en nuestro flanco derecho, pero parecían ser pequeñas en número y no sabía de quiénes se trataban.

 

Como era ya casi de noche, nos apostaron en algún tipo de posición defensiva y nos dijeron que mantuviéramos a cada hombre despierto por dos horas, alternándose mientras el otro dormía. Esto no funcionó muy bien y pasamos la noche medio aturdidos, no estando dormidos o despiertos, aunque siempre estábamos con los ojos bien abiertos al momento en que sucedía cualquier cosa. Durante la noche sentimos mucho frío, nuestras camisas se habían mojado con el sudor del día y la noche cayó tan rápidamente que no tuvieron oportunidad de secarse.

 

Al cabo de unas cuantas horas, los japoneses empezaron a gritarnos, poniéndonos la carne de gallina y con la sensación de querer estar un poco más cerca del hombre que se encontraba junto. Nos hemos mantenido en estricto silencio para ocultar nuestra posición, aunque la tentación de gritarles algo de vuelta era fuerte. Nuestro silencio no duró mucho, sólo bastó que alguien pensara que había visto algo y disparó una o dos rondas.

 

Fue entonces que alguien se unió a los disparos, luego otro, hasta que casi todos lo estaban haciendo y fue necesario el esfuerzo de los suboficiales para detener esto. Las amenazas graves de Ginger previnieron que continuara ocurriendo y retomamos el control de nuestro fuego.

 

Recuerdo la forma en que nos habíamos burlado, la noche anterior, de los rifles de Birmania. No todo era fantasía, sin embargo y varias veces durante la noche, afuera se encontraba realmente el enemigo y abrimos fuego, pero esta vez estábamos bajo control. Nos levantamos al amanecer y nos preguntábamos que nos depararía el día. Durante las primeras horas, había muchas pláticas diciendo que se había escuchado una explosión muy fuerte y que el puente sobre el río había sido volado, pero, como no lo había escuchado, lo califiqué como un rumor más. El país era un lugar lleno de rumores y supersticiones.

 

Un avión de reconocimiento japonés pasó rozando a baja altura y agitó sus alas sobre nuestra posición, tan bajo que claramente podíamos ver la cara del piloto. Todos disparamos sobre él y se vino abajo, estrellándose estrepitosamente, lo cual elevó nuestro ánimo y nos hizo aplaudir eufóricos. El crédito le fue dado a un anglo-birmano de una batería auxiliar de 18 libras, porque se veía espectacular el disparo de un arma tipo Lewis en un trípode. Desde luego que él hizo un muy buen trabajo, pero con tanta gente disparando pudo haber sido cualquiera el que lo derribó, no fui yo al menos, porque todavía estaba guardando dos cargadores para un objetivo más cercano.

El testimonio completo de Bill Norman de la batalla del 16 al 23 de febrero, escrito en memoria del Sargento ‘Ginger’ Yarnold, lo puedes encontrar en Euxton.

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