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La retirada bajo cero

Soldados alemanes intentan poner en marcha una motocicleta calentando el motor con un pequeño fuego durante el invierno de 1941. Al fondo, un trineo tirado por un caballo atraviesa la carretera nevada. (Fotógrafo no identificado).

El 23 de enero de 1942, el frente alemán al oeste de Moscú llevaba semanas desplazándose hacia el oeste. La contraofensiva soviética había obligado al Grupo de Ejércitos Centro a abandonar parte de las posiciones alcanzadas durante el otoño anterior y a reorganizarse en un dispositivo defensivo que pudiera sostenerse en un invierno que dificultaba tanto combatir como desplazarse.

Alrededor de Yújnov, la retirada no se desarrollaba como un movimiento continuo hacia la retaguardia. Unidades agotadas ocupaban nuevas posiciones, relevaban a otras formaciones y trataban de impedir que las penetraciones soviéticas interrumpieran las comunicaciones entre sectores que aún debían mantenerse unidos.

La 131.ª División de Infantería formaba parte de ese esfuerzo. Sus regimientos combatían entre pequeñas aldeas, caminos y extensas zonas boscosas, mientras distintas unidades alemanas quedaban integradas temporalmente en un dispositivo que seguía reorganizándose. Elementos de la 19.ª División Panzer también operaban en el sector.

Una de sus unidades era el 432.º Regimiento de Infantería. Entre el 21 y el 23 de enero, la presión soviética sobre el sector del regimiento quedó reflejada con una concisión casi absoluta:

21 de enero de 1942 

Varios ataques rusos contra Uprjamowo fueron rechazados durante el día y la noche.

22 de enero de 1942

Nuevos ataques intensos contra Uprjamowo y Trebuschinki fueron rechazados.

 

23 de enero de 1942

Los ataques contra Uprjamowo fueron rechazados nuevamente.

Si deseas saber más, consulta la relación de acciones de combate del Infanterie-Regiment 432, remitida a la 131. Infanterie-Division el 13 de febrero de 1942 y conservada en el Anlagenband I zum KTB 5 de la división, NARA, T315, rollo 1381, expediente 18949/2.

Detrás de aquella sucesión de combates estaban los hombres que debían seguir moviéndose mientras el frente cambiaba a su alrededor. Max Kuhnert fue uno de ellos. Su memoria conservó una experiencia mucho más inmediata de aquellos días:

Seguíamos marchando hacia Viazma. Al igual que Erich Helm, yo no podía limitarme simplemente a seguir, sino que tenía que mantener los ojos y los oídos abiertos para saber exactamente adónde íbamos, dónde estábamos y dónde habíamos estado, por si me enviaban a llevar un despacho o incluso tenía que salir de reconocimiento. Como ya he mencionado, los mapas rusos disponibles eran muy rudimentarios y poco fiables. La nieve arrastrada por el viento, o incluso las tormentas de nieve, no hacían más que empeorar las cosas y también dificultaban mucho la marcha.

En esas condiciones, nuestros caballos, cada uno siguiendo al que iba delante, no se molestaban en absoluto cuando nos agarrábamos a sus colas para dejarnos arrastrar. Yo nunca montaba mi caballo durante aquellos días o noches de tormenta, a menos que fuera absolutamente necesario; por ejemplo, si tenía que presentarme en el cuartel general, dondequiera que estuviera, o cuando salía en una misión.

Mientras me dejaba arrastrar, a veces —o la mayor parte del tiempo— con el estómago vacío y muerto de sed, solía imaginarme sentado ante una mesa bien provista, en un ambiente cálido y amistoso, en condiciones de paz, y me torturaba imaginando que bebía una buena cerveza lager bien fría o sorbía una taza de café caliente, según lo que mejor se ajustara a la situación. Avanzar penosamente por la nieve alta, resbalando y tropezando, helándonos un minuto por los vientos gélidos y al siguiente sudando por el cansancio, acababa por hundirnos la moral.

Después de una noche que pasamos en su mayor parte dejándonos arrastrar —habíamos hecho algunas paradas breves, pero no había refugio, solo algunas ruinas calcinadas— vimos una aldea delante de nosotros cuando comenzaba a clarear. Muy cansados y muy necesitados de refugio y alimento, seguimos adelante a duras penas, llenos de esperanza, solo para llevarnos, una vez más, una amarga decepción.

La aldea estaba sobre una colina y habíamos recorrido aproximadamente la mitad de la subida cuando recibimos la advertencia de un motorista de enlace del batallón que marchaba delante. Debíamos ocupar posiciones defensivas de inmediato, pues un gran número de carros de combate rusos venía en nuestra dirección. Esa era la mala noticia. La buena era que también se aproximaban varios carros de nuestra división blindada, aunque no estaba muy claro desde qué dirección.

Cuando uno estaba rendido de cansancio, siempre aparecía aquella sensación de pánico. La orden era encontrar cobertura, refugio o cualquier cosa que permitiera apartarse del camino de aquellos monstruos. Solo quienes estuvieran en condiciones de ayudar a contener, aunque fuera momentáneamente, el avance de los carros debían presentarse de inmediato al frente de la columna.

Si deseas saber más, lee Will We See Tomorrow? A German Cavalryman at War 1939–1942 [¿Veremos el mañana? Un soldado alemán de caballería en guerra, 1939–1942], de Max Kuhnert, p. 133.

Para Alemania, la movilidad había sido una de las grandes ventajas de la campaña iniciada siete meses antes. La posibilidad de concentrar fuerzas, penetrar profundamente y obligar al enemigo a reaccionar había acompañado los éxitos del verano de 1941. En enero de 1942, aquella misma guerra de movimiento comenzaba a adquirir un significado distinto.

Moverse podía ser ahora una necesidad impuesta por la presión enemiga, por la fragilidad de una posición o por la obligación de conservar fuerzas capaces de seguir combatiendo. Ceder terreno ofrecía espacio, pero no garantizaba descanso ni devolvía automáticamente la libertad de maniobra. Cada nueva posición exigía hombres, abastecimientos y tiempo para organizarse mientras el frente continuaba sometido a presión.

Nada de aquello significaba que el Ejército Rojo hubiera resuelto la guerra en el invierno de 1941–42. También sufría pérdidas enormes en sus ofensivas y encontraba una resistencia alemana que seguía siendo formidable. Pero para la Wehrmacht se había quebrado una certeza que había acompañado buena parte del avance hacia el este: ya no podía contar con que el movimiento se produjera siempre en la dirección elegida por ella.

En el Este, Alemania comenzaba a descubrir que la guerra no solo cobraba un precio por avanzar. También lo cobraba por retroceder.

Un trineo tirado por un caballo se abre paso por la nieve cerca de Minsk, el 15 de enero de 1942. El transporte hipomóvil siguió siendo indispensable para mantener el movimiento en el frente oriental durante el invierno. (Bundesarchiv, Bild 183-B15084 / Lachmann / CC BY-SA 3.0).

Un Sturmgeschütz III y un Panzer III en la nieve del frente oriental, en una fotografía fe

Un trineo tirado por un caballo se abre paso por la nieve cerca de Minsk, el 15 de enero de 1942. El transporte hipomóvil siguió siendo indispensable para mantener el movimiento en el frente oriental durante el invierno. (Bundesarchiv, Bild 183-B15084 / Lachmann / CC BY-SA 3.0).

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