Mientras que las fuerzas británicas se retiraban en la península malaya, las fuerzas estadounidenses se retiraban en la península de Bataan en la isla filipina de Luzón. Los defensores se encontraban ya con medias raciones en la segunda semana de enero, debilitados por las condiciones selváticas, pero aún brindando una férrea defensa en contra de fuerzas con superioridad numérica, incluso sin armas que pudieran hacerle par a la artillería y tanques japoneses.

 

Era otra retirada batallando en contra de un enemigo que estaba preparado para lanzar una oleada tras otra de ataques suicidas al clamor de ‘Banzai’. No había paz incluso cuando la retirada se hacía de forma ordenada, ya que los japoneses presionaban constantemente, aún durante la noche:

Guerra de nervios en la selva de Bataan

Exploradores filipinos de la 26ª Unidad de Caballería pasando al lado de un tanque M3 Stuart en Luzón.

‘Tómalo con calma’, dijo Lauro; ‘es otra broma con petardos’.

 

Me tiré al piso. No había reconocido el truco japonés de los petardos, aunque habíamos escuchado mucho sobre él. Era una de las muchas jugarretas que el enemigo estaba utilizando en su intento por desmoralizar a los muchachos en las líneas. Sus aviones sobrevolaban durante la noche por encima de nosotros, tirando bombas sobre Bataan con la finalidad de dispersarnos. Los disparos de sus pistolas se escuchaban toda la noche en el bosque. Tenían un dispositivo que les permitía colocar largas cadenas de petardos desde los árboles hasta nuestras líneas en el frente.

 

Esperaban que el soldado en la trinchera, al escucharlos, pensara que estaba rodeado y contestara el fuego, haciéndose blanco del enemigo.

 

Yo escuchaba, mi cuerpo tenso. Las cigarras habían dejado de sonar. Entonces escuché un suspiro. Era como el último aliento de un hombre que está muriendo, sólo que sonó inhumano y monstruoso, porque provenía de todas partes y a la vez de ninguna, como si los árboles estuviesen angustiados. Luego silencio, luego gemidos desde el bosque y, por último, un grito.

 

Los sonidos tensaban los nervios, pero yo estaba en la orilla de un río rodeado de hombres que conocía, quienes escuchaban conmigo. No estaba solo, débil por el hambre y falto de sueño, metido en un agujero en la oscuridad de la noche. Lauro volvió a hablarme, susurrando. Me explicó que esos sonidos estaban siendo transmitidos desde camiones japoneses desde el frente de sus líneas.

 

De la noche surgió una voz femenina, dulce y persuasiva. En palabras sentimentales anunció un programa dedicado a ‘los valientes y galantes defensores de Bataan’. Siguieron canciones, que vibraban a través del bosque. Habían sido seleccionadas para despertar la nostalgia, a un punto de quiebre, en un muchacho que enfrentaba la muerte y con el deseo de volver a casa. Hogar, dulce hogar; los viejos en casa, éstas eran el tipo de canciones que los japoneses transmitían durante la noche, alternando el sentimiento de angustia con el terror.

Si deseas saber más, lee “I Saw the Fall of the Philippines” [Yo vi la caída de las Filipinas], del coronel Carlos P. Romulo.

Tanques e infantería japoneses avanzan a través de la selva de Bataan.

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