top of page

Enfermeras en la rampa de Auschwitz

Grupo de trabajadores de Het Apeldoornsche Bosch, fotografiados en 1942..jpg

Grupo de trabajadores de Het Apeldoornsche Bosch, fotografiados en 1942. El hombre situado en el centro es el médico Nico Speijer; en la primera fila, segunda desde la izquierda, se encuentra la enfermera Jetty van Geens. (Foto: NIOD, Beeldbank WO2, 199192 / CODA Museum).

En enero de 1943, mientras el 6.º Ejército alemán permanecía cercado en Stalingrado y los Aliados discutían en Casablanca la continuación de la guerra, la deportación y el asesinato de los judíos europeos seguían su propio calendario.

El 24 de enero llegó a Auschwitz-Birkenau un transporte procedente de Apeldoorn, en los Países Bajos. El tren había sido enviado directamente desde Het Apeldoornsche Bosch, sin pasar por el campo de tránsito de Westerbork.

Fundada en 1909, Het Apeldoornsche Bosch era una institución psiquiátrica judía compuesta por amplios pabellones, jardines y espacios destinados al tratamiento de los pacientes. En la noche del 21 al 22 de enero, las fuerzas alemanas vaciaron el recinto. Más de 1.100 pacientes y trabajadores fueron conducidos hasta el tren que los llevaría a Auschwitz.

Rudolf Vrba, prisionero eslovaco de dieciocho años, trabajaba en el comando Kanada, encargado de clasificar las pertenencias robadas a los deportados, y presenciaba las operaciones realizadas durante la llegada de los transportes. Una de aquellas escenas quedó fijada en su memoria:

En enero de 1943 llegó un transporte con varios centenares de internos de hospitales psiquiátricos judíos neerlandeses, después de un espantoso viaje de doce días en condiciones indecibles. Algunos estaban violentamente locos; otros solo ligeramente; algunos estaban cuerdos y habían intentado eludir la deportación con ayuda de un informe psiquiátrico; y el resultado de todo aquello fue una pesadilla que ni siquiera el más endurecido de los hombres de las SS presentes podría olvidar jamás.

Aparte de su carga, aquel transporte presentaba dos rasgos insólitos. En primer lugar, llegó de día, porque los horarios del señor Eichmann estaban ya sobrecargados. En segundo lugar, fue la única vez en que a nosotros, los prisioneros, se nos permitió permanecer en estrecho contacto con las víctimas durante un tiempo prolongado.

Las SS tenían una buena razón para ello. Cuando abrieron los vagones, la visión era tan repugnante que no pudieron afrontarla. Así que hicieron entrar a latigazos a los prisioneros para que se encargaran de uno de los trabajos más sucios que incluso Auschwitz había presenciado.

En algunos de los vagones casi la mitad de los ocupantes estaban muertos o moribundos, más de los que yo había visto jamás. Era evidente que muchos llevaban muertos varios días, pues los cuerpos se estaban descomponiendo y el hedor de la carne que se deshacía brotaba de las puertas abiertas.

Aquello, sin embargo, no era ninguna novedad para mí. Lo que me horrorizó fue el estado de los vivos. Algunos babeaban: eran imbéciles, seres vivos con la mente muerta. Otros deliraban y arañaban a quienes tenían al lado, incluso su propia carne. Algunos estaban desnudos, aunque el frío era paralizante, y por encima de todo, por encima de los gemidos de los moribundos o los desesperados, de los gritos de dolor y de miedo, subía y bajaba el sonido de una risa salvaje, aterradora y demencial.

Y, sin embargo, en medio de aquel pandemónium había una chispa de cordura espléndida y desinteresada. Entre los dementes se movían unas enfermeras, muchachas jóvenes, con los uniformes rotos y mugrientos, pero con el rostro sereno y las manos siempre ocupadas. Aún llevaban al hombro sus bolsas de medicinas y a veces tenían que luchar para mantenerse en pie; pero durante todo el tiempo continuaban trabajando: calmaban, vendaban, ponían una inyección aquí, daban una aspirina allá. Ni una sola mostraba el menor rastro de pánico.

¡Sáquenlos! —rugieron los hombres de las SS—. ¡Sáquenlos, bastardos!

Una muchacha desnuda, de unos veinte años, pelirroja y de magnífica figura, saltó de pronto de un vagón y quedó retorciéndose y riendo a mis pies. Una enfermera me arrojó una gruesa manta holandesa e intenté envolverla con ella, pero la muchacha no quería levantarse. Con otro prisionero, un eslovaco llamado Fogel, logré hacerla rodar dentro de la manta.

¡Llévenlos a los camiones! —rugieron las SS—. ¡Directos a los camiones! ¡Muévanse, por el amor de Cristo!

De algún modo, Fogel y yo echamos a correr torpemente porque aquella hermosa muchacha pesaba mucho. El movimiento le agradó y comenzó a aplaudir como una niña. Una porra de las SS me golpeó en los hombros y la manta se deslizó de mis dedos entumecidos.

¡Muévete, cerdo! ¡Arrástrala!

Me coloqué con Fogel en el otro extremo de la manta y la arrastramos durante quinientas yardas, haciéndola rebotar sobre la tierra helada. De algún modo consiguió aferrarse a la manta; ya no reía, sino que lloraba mientras el suelo duro golpeaba su carne desnuda a través de la lana gruesa.

 

¡Échenla dentro! ¡Súbanla a los camiones!

Las SS estaban frenéticas porque allí había algo que no podían comprender. Algo que no conocía orden, ni disciplina, ni obediencia, ni miedo a la violencia o a la muerte.

Conseguimos echarla dentro y volvimos corriendo a buscar otro bulto lastimoso y enloquecido. Ya había centenares fuera de los vagones, conducidos por prisioneros que, a su vez, eran arreados por las SS. Y por todas partes estaban las enfermeras. Seguían trabajando.

Una caminaba lentamente junto a un anciano frágil, hablándole en voz baja, como si estuvieran paseando por los jardines del hospital. Otra llevaba medio en brazos a una muchacha que chillaba. Luchaban por imponer orden en medio del caos, utilizando medicinas y mantas, dulzura y un heroísmo silencioso, en lugar de armas, palos o perros que enseñaban los dientes.

Entonces, de pronto, todo terminó. La última víctima miserable había sido arrojada dentro de uno de los camiones sobrecargados. Allí permanecimos, jadeando en el aire helado de enero, y todos nuestros ojos estaban puestos en aquellas enfermeras. Agrupadas alrededor de los camiones, sin exteriorizar emoción, esperaban permiso para reunirse con sus pacientes.

Los hombres de las SS también las observaban, con un respeto que rara vez mostraban hacia nadie. Oí decir a uno:

 

No me digas que Mengele va a mandar a esas chicas en los camiones. Si lo hace, está tan loco como cualquiera de esos pobres desgraciados.

Otro murmuró:

Tienes razón. Dios sabe que aquí nos vendría bien un poco de ayuda médica decente.

Entonces mis ojos se posaron en Mengele, médico jefe de Auschwitz, un hombre que hasta ahora ha escapado a la justicia. Estaba junto a unos oficiales de las SS que parecían estar discutiendo con él. Lo vi sacudir la cabeza enérgicamente y alzar ambas manos para poner fin a cualquier otra discusión. Uno de los oficiales de las SS se encogió de hombros y gritó:

¡Suban a las muchachas! ¡Parece que ellas también tienen que ir!

Las enfermeras subieron tras sus pacientes. Rugieron los motores y los camiones partieron bamboleándose hacia las cámaras de gas.

Por una vez no había habido selección. Por una vez no había sido necesaria.

El pasaje procede de unas memorias de posguerra y el episodio parece corresponder al transporte de Het Apeldoornsche Bosch. Algunos detalles del recuerdo de Vrba no coinciden con la documentación conservada: el viaje desde Apeldoorn no duró doce días, Josef Mengele no fue destinado a Auschwitz hasta el 30 de mayo de 1943 y los registros indican que una parte del transporte fue admitida como prisionera. La identidad del médico que decidió el destino de las enfermeras no queda establecida.

Si deseas saber más, lee I Escaped from Auschwitz [Yo escapé de Auschwitz], de Rudolf Vrba y Alan Bestic.

El cuidado no alteró el destino del transporte. La maquinaria del campo siguió adelante.

Pero durante unos minutos, en la rampa de Auschwitz, una forma de deber se mantuvo frente a ella: una mano que vendaba, una voz que calmaba y unas enfermeras que continuaron junto a sus pacientes hasta que los camiones se pusieron en marcha.

La Alte Judenrampe, situada entre Auschwitz I y Auschwitz-Birkenau.jpg

Judíos deportados desde Hungría esperan la selección en la rampa ferroviaria de Auschwitz-Birkenau, en mayo de 1944. La fotografía forma parte del Álbum de Auschwitz, que documentó el proceso de llegada y selección de los transportes. (Foto: Yad Vashem, Álbum de Auschwitz).

Lina Jacoba Dalsheim, alumna de enfermería de Het Apeldoornsche Bosch, fotografiada probab

Lina Jacoba Dalsheim, alumna de enfermería de Het Apeldoornsche Bosch, fotografiada probablemente durante el invierno de 1942. (Foto: Joods Monument / André Rosing).

El Ontspanningsgebouw de Het Apeldoornsche Bosch.jpg

El Ontspanningsgebouw de Het Apeldoornsche Bosch, donde miembros del personal y judíos de Apeldoorn fueron concentrados durante la evacuación de enero de 1943. (Foto: Joods Monument / colección Het Apeldoornsche Bosch).

bottom of page