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Hitler promete no abandonar a Mussolini

Adolf Hitler habla ante los antiguos miembros del Partido Nazi reunidos en el Hofbräuhaus

Adolf Hitler se dispone a pronunciar su discurso en el Hofbräuhaus de Múnich durante la conmemoración del 21.º aniversario de la fundación del Partido Nazi, el 24 de febrero de 1941. En aquel discurso reafirmó públicamente su compromiso con Mussolini. (Foto: Heinrich Hoffmann / ullstein bild vía Getty Images).

Durante el invierno de 1940-1941, las victorias que habían convertido a Alemania en la potencia dominante del continente comenzaban a producir problemas distintos de los que Hitler había previsto. Gran Bretaña seguía en guerra, la invasión de las islas había quedado aplazada y, en el Mediterráneo, las campañas emprendidas por Mussolini habían abierto frentes cuyo desarrollo afectaba cada vez más a Berlín.

En el norte de África, la Operación Compass había destruido buena parte del 10.º Ejército italiano. En Albania, las fuerzas de Mussolini continuaban combatiendo a los griegos después de que la invasión iniciada en octubre hubiera perdido rápidamente su impulso inicial. Mientras tanto, la Luftwaffe había comenzado a operar desde Sicilia y los primeros contingentes alemanes enviados a Libia estaban transformando una guerra concebida inicialmente como italiana.

Al mismo tiempo, Hitler preparaba una intervención en los Balcanes y mantenía en marcha, bajo el mayor secreto, los planes para una campaña mucho más vasta en el este. Cada uno de esos problemas competía por atención, recursos y tiempo dentro de una estrategia que ya no podía limitarse a la guerra contra Gran Bretaña.

La relación entre los dos socios europeos del Eje adquiría así un peso que iba más allá de las declaraciones diplomáticas. Alemania e Italia seguían presentándose como socios de una misma guerra, aunque llegaban a aquel momento desde situaciones militares cada vez más diferentes.

El 23 de febrero, Benito Mussolini se presentó ante los jerarcas fascistas de Roma reunidos en el Teatro Adriano. Hacía meses que el curso de la guerra había colocado al régimen fascista ante una realidad muy distinta de la que había imaginado en junio de 1940:

Desde el 11 de noviembre, cuando los aviones torpederos británicos, que habían partido no de bases griegas sino de un portaaviones, asestaron en Tarento el golpe que nosotros, por lo demás, reconocimos, los acontecimientos de la guerra nos han sido adversos. Hay que reconocerlo. Hemos tenido días grises. Es lo que ocurre en todas las guerras. En todas las épocas.

Gran Bretaña no puede ganar la guerra. Os lo demostraré con un rigor estrictamente lógico. Aquí el acto de fe está respaldado por los hechos. Esta demostración parte de una premisa dogmática: Italia, ocurra lo que ocurra, marchará con Alemania, lado a lado, hasta el final.

Quienes se sientan tentados a suponer algo diferente olvidan que la alianza entre Alemania e Italia no existe únicamente entre dos ejércitos o dos diplomacias, sino entre dos pueblos y dos revoluciones destinadas a imprimir su sello al siglo.

La cooperación ofrecida por el Führer y llevada a la práctica en el Mediterráneo por unidades aéreas y blindadas alemanas no es sino una prueba de que todos los frentes son comunes y común es el esfuerzo.

Si deseas saber más, consulta el discurso pronunciado por Benito Mussolini en el Teatro Adriano de Roma el 23 de febrero de 1941 en Biblioteca Fascista.

El acto del Teatro Adriano terminó en Roma. Al día siguiente, la atención se desplazaría hacia Múnich, aunque el camino hasta el discurso del 24 de febrero había comenzado semanas antes.

Nicolaus von Below, ayudante de la Luftwaffe de Hitler desde 1937, formaba parte de su entorno militar inmediato. En sus memorias dejó una secuencia que conduce desde enero hasta la tarde del 24 de febrero:

El 11 de enero Hitler firmó la Directiva n.º 22, “Ayuda de las fuerzas alemanas en el teatro del Mediterráneo”. En el primer párrafo de este documento, Hitler ordenaba al comandante en jefe del Ejército establecer una posición de bloqueo que, “mediante la defensa de Tripolitania”, prestaría a nuestros aliados italianos “un valioso servicio”. Desde Sicilia, el X Cuerpo Aéreo atacaría a las fuerzas navales y al tráfico marítimo británicos. Hitler discutió esta directiva en detalle con Mussolini en Salzburgo los días 19 y 20 de enero. Mussolini estaba muy impaciente por que las tropas alemanas llegaran pronto al norte de África.

En enero, el X Cuerpo Aéreo se trasladó del norte de Italia a Sicilia, dispuesto a atacar objetivos navales británicos. El Alto Mando del Ejército había enviado al general barón von Funck a Italia y al norte de África para reconocer las posibilidades operativas de las fuerzas blindadas. Regresó el 1 de febrero y presentó a Hitler un informe desfavorable, pero Hitler desconfiaba de él y, en cualquier caso, el traslado de una división ligera era imprescindible, pues los británicos ya se encontraban en El Agheila.

Rommel había sido nombrado comandante alemán en el norte de África y llegó a Trípoli a comienzos de febrero. Lo acompañaba Schmundt, que conocía todas las ventajas y dificultades de la guerra en el desierto. Schmundt regresó pocos días después y presentó a Hitler un informe claro y sobrio sobre Libia. Consideraba favorables las perspectivas de las operaciones en aquel teatro y defendía el rápido envío de una fuerza alemana considerable. Sobre la capacidad militar de los italianos fue muy reservado: parecía considerarlos casi inútiles. La 5.ª División Ligera alemana sería enviada a primera línea en Libia en cuanto desembarcara, para apuntalar la situación desesperada que los italianos se habían creado.

A Hitler no le interesaba tanto sacarle las castañas del fuego a Mussolini como cumplir su promesa de ayudar al Duce; creía que una fuerza alemana en el norte de África contribuiría a elevar la capacidad combativa italiana.

La tarde del 6 de febrero, Hitler viajó al Berghof, donde, salvo algunas breves interrupciones, permaneció hasta mediados de marzo. Febrero fue un mes muy agradable en el Obersalzberg. Había pocas obligaciones y los preparativos de “Barbarossa” y para ayudar a Mussolini en Grecia marchaban conforme a lo previsto.

En Múnich, durante la tarde del 24 de febrero, Hitler pronunció su discurso por el aniversario de la fundación del Partido en el salón de banquetes del Hofbräuhaus.

Si deseas saber más, lee At Hitler’s Side: The Memoirs of Hitler’s Luftwaffe Adjutant 1937–1945 [Al lado de Hitler: las memorias del ayudante de la Luftwaffe de Hitler, 1937–1945], de Nicolaus von Below.

El 24 de febrero, el centro de atención pasó del Berghof al Hofbräuhaus de Múnich. Para los antiguos miembros del Partido, el salón tenía un significado particular: allí, veintiún años antes, Hitler había presentado públicamente el programa de 25 puntos del partido.

 

Ahora regresaba al mismo escenario como jefe de un régimen que dominaba buena parte del continente europeo. Mussolini ocupó un lugar explícito en el discurso:

Y esto tampoco lo comprenden nuestros adversarios: si considero a un hombre mi amigo, entonces permanezco a su lado y no convierto esa actitud en una transacción comercial.

Porque no soy demócrata y, por tanto, tampoco un traficante del mercado negro. Tampoco soy un especulador de guerra, sino un hombre que desea que, cuando yo también haya muerto, se me haga justicia reconociendo que toda mi lucha por la existencia estuvo al servicio de un único gran ideal. Por eso tampoco quisiera mostrar debilidad en este terreno. No hay, pues, duda alguna de que la unión entre las dos revoluciones y, en particular, el vínculo que nos une a ambos es indisoluble; y que, si algún día uno se encuentra en mejor situación y el otro en peor, o a la inversa, uno siempre permanecerá al lado del otro.

Durante los largos meses en que tuvimos que luchar con apenas unos pocos submarinos, Italia inmovilizó fuerzas enemigas considerables. Para nosotros da igual que nuestros Stuka alcancen buques ingleses en el mar del Norte o en el Mediterráneo. Es lo mismo en ambos casos.

Una cosa está clara: allí donde Gran Bretaña ponga pie en el continente, le haremos frente de inmediato; y allí donde aparezcan buques británicos, nuestros U-Boote y nuestros aviones serán desplegados contra ellos hasta que llegue la hora de la decisión.

Si deseas saber más, consulta Hitler: Speeches and Proclamations, 1932-1945 The Chronicle of a Dictatorship (Vol. IV, 1941-1945) [Hitler: discursos y proclamaciones, 1932–1945 - La crónica de una dictadura (Vol. IV: 1941–1945)], de Max Domarus.

Una alianza militar no se sostenía únicamente con declaraciones de fidelidad. En el momento en que Alemania comenzó a aportar fuerzas en campañas que Italia no podía resolver por sí sola, la ayuda adquirió una consecuencia menos visible: Berlín pasó a tener intereses propios en decisiones que hasta entonces habían pertenecido principalmente a Roma.

Para Alemania, sostener a su aliado significaba incorporar a su planificación frentes que no había abierto y necesidades que debían convivir con otras prioridades. Para Italia, recibir ayuda alemana permitía afrontar urgencias inmediatas, pero reducía el margen de autonomía con el que Mussolini había pretendido conducir sus propias campañas.

El problema estaba también en la estructura de aquella alianza. No existía un mando verdaderamente integrado capaz de conciliar de antemano las prioridades de ambos Estados; mucho dependía de acuerdos entre dos dirigentes que concentraban la decisión política y militar de sus respectivos regímenes. Una promesa personal podía, por esa vía, convertirse rápidamente en política de Estado.

A medida que la guerra se ampliara, aquella tensión sería más difícil de contener. Cuanto más necesitara un socio del otro, menos espacio quedaría para actuar como si ambos siguieran librando guerras separadas.

La promesa pronunciada en el Hofbräuhaus comenzaba así a adquirir una medida tangible: cada problema que Roma no pudiera resolver por sí sola podía terminar convertido en una obligación alemana.

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Benito Mussolini durante una ceremonia en el Teatro Adriano de Roma en febrero de 1941. (Foto: autor no identificado / Narodowe Archiwum Cyfrowe, colección Wydawnictwo Prasowe Kraków-Warszawa, signatura 2-16794).

Nicolaus von Below, a la izquierda, junto a Adolf Hitler, Hermann Göring y Hanna Reitsch durante la entrega a Reitsch de la Cruz de Hierro de 2.ª Clase, en marzo de 1941. (Foto: autor no identificado / Bundesarchiv, B 145 Bild-F051625-0295).

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