William Ash había nacido en Dallas, Texas, en los Estados Unidos. Devastado por el desempleo provocado por la Gran Depresión en la década de los treintas, se había convertido en un vagabundo. En 1940 decidió emigrar a Canadá y enlistarse en las fuerzas armadas canadienses, debido a que los Estados Unidos no habían entrado aún a la guerra en ese entonces.

 

Su ciudadanía norteamericana fue revocada debido al “crimen” de combatir para el Rey de Inglaterra debido a la neutralidad estadounidense, pero sus motivaciones eran más las de combatir a Hitler que ser leal a la corona británica. No obstante haber sido despojado de su ciudadanía, se unió a la Real Fuerza Aérea Canadiense (RCAF).

 

Al llegar a Inglaterra fue puesto al mando de un Spitfire en el Escuadrón 411, llevando a cabo misiones de ataque sobre suelo continental europeo. El 24 de marzo de 1942, fue derribado sobre suelo belga después de llevar a cabo un ataque sobre la central eléctrica en Comines. Ash describe el ataque ocurrido ese día:

Duelo aéreo sobre Bélgica

William Ash en Inglaterra como piloto de la Real Fuerza Aérea Canadiense.

Así pues, llegué a un día hacia el final de marzo en 1942, dirigiéndome a casa a Hornchurch después de un ataque que nos había llevado toda la ruta hacia Commines en Bélgica. Estábamos en camino de regreso y estaba echando un vistazo en mi ala al avión de nuestro oficial al mando, Stan Turner, para ver si ya había encendido su pipa. Aún no. Un crujido ilegible por la radio de alguien en el Escuadrón llamaba urgentemente para que mi sección rompiera la formación. Di un giro ajustado de 180 grados, agradeciendo a mis estrellas de la buena suerte que había hecho tanto vuelo acrobático durante mi entrenamiento sólo por antojo.

 

Estuve justo a tiempo para ver un Focke-Wulf 190 inclinado hacia un costado mientras se alejaba a la derecha alguna distancia por debajo de mí. Si simplemente hubiera empujado la nariz de mi Spitfire hacia abajo en veloz persecución, el sistema de inyección de combustible que estábamos usando en aquel tiempo hubiera causado que mi motor tosiera y farfullara u hubiera perdido mucha velocidad. En su lugar hice un viraje muy rápido de tres cuartos hacia mi izquierda, perdiendo una gran cantidad de altitud al hacerlo.

 

Para mi mayor placer y sin duda para el desafortunado desánimo del piloto de la Luftwaffe, me coloqué directamente detrás de él, al mismo nivel a un rango de sólo 200 yardas. Presioné el gatillo de los cañones y al acercarme, podía ver que estaba dando en el blanco. Proyectiles de cañón brillantes, crujían y explotaban en una línea mortal a lo largo de una de las raíces de su ala. Pedazos de la cubierta del motor del Focke-Wulf se desintegraban en el aire y después la cosa entera se fue abajo en una nube de humo.

 

Jubiloso, me fui hacia arriba y busqué mi formación. Para este momento eran unos puntos a la distancia. A mi izquierda había otro Spitfire rezagado, probablemente de mi propia sección, estaba tratando de darnos alcance, pero estaba en un gran problema. Un Me109 estaba justo en su cola. Grité una advertencia por la radio y aceleré al máximo mientras cambiaba mi curso y me dirigía hacia el 109.

 

Me estaba acercando en su trayectoria y comencé a disparar mientras hacía mi camino hacia cuarto, después cuarto fino, todo el tiempo reduciendo mi ángulo de desviación hasta que estaba sólo a cien yardas justo en popa antes de abrir fuego. Podía ver el fuego de mi cañón dando en el blanco a lo largo de su fuselaje y estaba contento de darle al piloto algo más en qué pensar que no fuera derribar a mi colega. Me mantuve firme, sosteniendo el fuego de cañón para asegurarme se iba abajo, pero repentinamente hubo un fuerte golpe. Mis cañones dejaron de funcionar.

 

Sabía que probablemente me habían dado y me sacudí en un giro a la izquierda con un montón de timón inferior para intentar alejarme de quien estuviera sobre mí. El motor empezó a tartamudear y me di cuenta que estaba en un problema más grande de lo que pensaba. Mi motor todavía funcionaba, pero mis revoluciones estaban reduciéndose rápidamente, por lo que estaba perdiendo velocidad. Peor aún, un rápido vistazo mostró a varios Me109 aproximándose desde dos direcciones.

 

Para este momento estaba abajo a unos 10,000 pies, sin prácticamente ningún impulso en la hélice en absoluto. Si disminuía mi velocidad mucho más, estaría completamente detenido, que nunca es una buena idea cuando estás en un objeto grande y pesado un largo camino por encima de tierra. Media docena de aviones enemigos, una mezcla de 109 y 190 estaban ahora dando vueltas alrededor, tomando turnos para acabarme. Golpeé mis cañones muertos por la rabia.

 

Cada ataque que realizaban sobre mí, me volvía para enfrentarme de frente y volaba directamente hacia ellos. Esto hacía más difícil darme al tener un perfil más pequeño y también era un objeto que debían eludir para no estrellarse. Pero también significaba que tenía que ver de frente el humo de sus cañones, su plomo dirigiéndose directo hacia mí. Algo de su fuego de cañón daba en el blanco en la estructura de mi amado Spitfire, que me había llevado a través de tantos raspones y hasta ahora nunca me había defraudado.

 

Al tiempo que un Focke-Wulf aullaba directo hacia mí, disparando sus cañones, por fuerza de costumbre u optimismo ciego, me mantuve presionando mi botón de disparo silencioso. Incluso escuché mi propia voz en la cabina, en voz alta y surrealista, gritando “¡Bang! ¡Bang!” mientras apenas evitaba estrellarme con alguno de mis torturantes.

 

Parecía que mi carrera como piloto y como miembro de la raza humana, estaba a punto de finalizar.

Si deseas saber más, lee “Under the Wire” [Bajo el alambre], de William Ash y Brendan Foley.

El Spitfire de William Ash, fotografiado en vuelo en algún momento de 1941.

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