Los peligros del soldado alemán en Leningrado

Un solitario vigía alemán en una trinchera en los alrededores de Leningrado se asoma al vacío blanco. Detrás de él, un tranvía y un automóvil abandonado, utilizados por los soviéticos para construir obstáculos antitanques, son testigos silenciosos de una lucha despiadada, en el invierno de 1941.

Las temperaturas en el norte de la Unión Soviética habían descendido hasta 40 grados centígrados bajo cero y las fuerzas alemanas alrededor de Leningrado estaban atrincheradas buscando protegerse del terrible frío y así continuar el asedio de la ciudad que se había completado desde inicios del mes de septiembre.

 

Para los alemanes, el frío era como ningún otro que hubieran experimentado anteriormente, los heridos en ambos lados se congelaban hasta la muerte antes de que pudieran ser transportados detrás de las líneas para recibir atención médica.

 

William Lubbeck, sirviendo con la 58ª División de Infantería en el Grupo de Ejércitos Norte, describe las condiciones y peligros que enfrentaba su unidad:

La temperatura descendió tan baja que de hecho causaba que la grasa de nuestras armas se congelara a menos que las disparáramos regularmente o tomáramos medidas para protegerlas. Otros soldados me dijeron que habían atestiguado cómo locomotoras de vapor se habían congelado sólidamente hasta las grasas de sus ruedas. Los problemas relacionados con el clima en la red de transportación resultaron intermitentemente resultaron en problemas de suministro que ocasionalmente forzaba al ejército a reducir nuestras raciones a media barra de pan al día. Aunque sólo se nos proporcionaba lo suficiente para sobrevivir, sabíamos que era mucho más que la cantidad suministrada a la población rusa aislada en Leningrado.

 

Los problemas en la transportación y la planeación inadecuada también llevaron a una demora de cuatro a seis semanas en el abastecimiento de ropa más caliente para reemplazar nuestros uniformes de verano. Como un oficial de campo operando en la línea del frente, necesitaba camuflaje de invierno y por tanto tuve la suerte de ser uno de los primeros que recibiera un casco blanco emitido por el ejército, un poncho blanco, un abrigo blanco y pantalones blancos mientras el frío más extremo llegaba.

 

Al tiempo que la nieve llegaba a una profundidad de 30 centímetros, se hizo más fácil movilizarse en esquíes que a pie cuando cruzaba el par de cientos de metros entre los búnkeres delanteros y traseros. Más importante, los esquíes me permitían moverme más rápidamente a través de la zona abierta que estaba expuesta al fuego de francotiradores rusos.

 

Estos francotiradores habían sido ubicados en grandes cantidades entre los edificios de varios pisos al borde de los suburbios de Leningrado, aproximadamente a un kilómetro y medio de nuestra línea frontal en Uritsk. La situación reflejaba el esfuerzo del Ejército Rojo a lo largo de la guerra de colocar un mayor número de francotiradores mejor equipados y bien entrenados que la Wehrmacht. Nuestros francotiradores consideraban superiores los rifles con miras telescópicas rusos y preferían utilizar las armas rusas capturadas que el rifle equivalente alemán. Cuando tuve la oportunidad de probar uno, su precisión me asombró.

 

La exactitud del fuego de francotirador significaba que la cantidad de muertos en relación con el de heridos era más alta que aquella con otras armas. Nuestros cascos nos protegían bastante bien de balas de refilón o metralla, pero si una bala te impactaba directo fácilmente penetraría el acero. Midiendo más de un metro ochenta, pronto aprendí a mantener mi cabeza abajo y moverme rápidamente a través de cualquier zona donde pudiera encontrarme vulnerable.

 

Al tiempo que los francotiradores representaban una gran amenaza para nosotros, la mayor parte de nuestras bajas en Uritsk eran resultado del fuego de artillería regular del enemigo. La artillería del Ejército Rojo era muy precisa y equivalente a su contraparte alemana en capacidad.

 

Las ametralladoras rusas eran otro peligro. Ellos utilizaban primordialmente municiones que estallaban al impacto, causando mucho daño. Algunas veces su posición de ametralladora podía estar a más de un kilómetro de distancia, pero se sentía muy cerca cuando sus balas despedazaban todo en las proximidades de la posición de uno, A diferencia de los proyectiles de artillería, no puedes interpretar y reaccionar al silbido de una bala de ametralladora. Si escuchas la bala pasar silbando, estás a salvo. Si no lo escuchas, estás muerto o herido.

Si deseas saber más, lee “At Leningrad’s Gates: The Story of a Soldier with Army Group North” [A las puertas de Leningrado: la historia de un soldado con el Grupo de Ejércitos Norte], de William Lubbeck.

Soldados alemanes cavando trincheras en el frente de Leningrado, en 1941.

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