El 23 de febrero de 1942, el área continental de los Estados Unidos fue atacada por primera vez durante la guerra. Un submarino japonés surgió a la superficie brevemente y disparó unas trece rondas en la refinería de petróleo de Ellwood, en Santa Barbara, en la costa californiana. El daño fue menor ya que ninguno de los proyectiles alcanzó partes vitales de la instalación.

 

De forma interesante, el episodio pudo haber tenido una dimensión de carácter personal, ya que el comandante del submarino, Kozo Nishino, había sido ridiculizado cuando cayó encima de unos cactus en una visita a la refinería para abastecerse de combustible antes de la guerra.

 

El ataque, de forma inevitable, trajo consigo una serie de especulaciones sobre la llegada de un ataque japonés de mayores dimensiones, incluso la posibilidad de una invasión inminente, por lo que la tensión creció en la costa oeste de los Estados Unidos. Esta atmosfera puede ser la responsable de los eventos ocurridos el día 25 de febrero, que son descritos de mejor forma y más completos por la versión oficial:

La batalla de Los Ángeles

Imágenes del “ataque” sobre Los Ángeles. Este tipo de imágenes han proporcionado material para los teóricos del fenómeno OVNI.

Durante la noche del 24/25 de febrero, objetos no identificados causaron una serie de alertas en el sur de California. El 24, una advertencia emitida por la inteligencia naval, indicaba que se podía esperar un ataque dentro de las próximas diez horas. Esa tarde un gran número de bengalas y luces intermitentes fueron reportadas desde las inmediaciones de las plantas de defensa. La alerta emitida a las 1918 horas fue levantada a las 2223 y la tensión se relajó temporalmente.

 

Pero temprano por la mañana del 25, comenzó una actividad renovada. Los radares detectaron un objetivo no identificado a 120 millas al oeste de Los Ángeles. Las baterías antiaéreas fueron alertadas a las 0215 y se colocaron en Alerta Verde –listas para disparar- unos minutos después. La AAF [Fuerzas Aéreas del Ejército] mantuvo sus aviones de persecución en tierra, prefiriendo aguardar por indicaciones de la magnitud y dirección de cualquier ataque antes de comprometer su limitada fuerza de ataque.

 

Los radares rastrearon el objetivo aproximándose a unas cuantas millas de la costa y a las 0221 el controlador regional ordenó un apagón. A partir de ese momento el centro de información se inundó de reportes de ‘aviones enemigos’, incluso aun cuando el misterioso objeto rastreado desde el mar parecía que se había desvanecido. A las 0243, se reportaron aviones cerca de Long Beach y, unos minutos después, un coronel de una batería de artillería costera avistó ‘unos 25 aviones a unos 12,000 pies’ sobre Los Ángeles. A las 0306 un globo llevando una bengala roja fue avistado en Santa Mónica y cuatro baterías de artillería antiaérea abrieron fuego, con lo cual el ‘aire sobre Los Ángeles hizo erupción como un volcán’. Desde este punto, los reportes estaban irremediablemente en desacuerdo.

 

Probablemente la mayor parte de la confusión provino del hecho que las explosiones de los proyectiles antiaéreos, captadas por los reflectores, fueron confundidas con aviones enemigos. En cualquier caso, las siguientes tres horas produjeron algunos de los reportes más imaginativos de la guerra: ‘enjambres’ de aviones (o, en ocasiones, globos) de todos los tamaños posibles, numerándolos desde uno hasta varios centenares, viajando a altitudes que oscilaban desde unos cuantos miles de pies hasta más de 20,000, y volando a velocidades que variaban desde ‘muy lento’ hasta más de 200 millas por hora, se observaron desfilar a través del cielo.

 

Estas fuerzas misteriosas no soltaron bomba alguna y, a pesar del hecho que se dispararon 1,440 rondas de municiones antiaéreas dirigidas hacia ellas, no sufrieron pérdida alguna. Hubo reportes, de seguro, que cuatro aviones enemigos fueron derribados y uno supuestamente debió haber aterrizado en llamas en una intersección de Hollywood.

 

Residentes, en un arco de cuarenta millas a lo largo de la costa, observaron el juego de disparos y luces desde colinas y techos, proporcionando el primer drama real de la guerra para los ciudadanos de la parte continental. El amanecer, que puso fin a los disparos y la fantasía, también mostró que el único daño que se provocó a la ciudad fue el causado por la emoción (al menos una persona murió de un ataque cardíaco), por accidentes de tránsito en las calles apagadas, o por fragmentos de proyectiles de la descarga de artillería.

 

Los intentos por llegar a una explicación del incidente, rápidamente se convirtieron en algo tan complicado y misterioso como la ‘batalla’ misma. La Marina insistió inmediatamente en que no había evidencia de la presencia de aviones enemigos, y [el Secretario de la Marina] Frank Knox anunció en una conferencia de prensa, el 25 de febrero, que el ataque sólo había sido una falsa alarma. Al mismo tiempo admitió que los ataques eran una posibilidad latente e indicó que las industrias vitales localizadas a lo largo de la costa deberían trasladarse al interior del país.

 

La 4ª Fuerza Aérea expresó su creencia que no hubo aviones sobre Los Ángeles. Pero el Ejército no publicó estas conclusiones iniciales. En su lugar, esperó un día, hasta después de que hubiera terminado de hacer un minucioso examen de los testigos. Sobre la base de estas audiencias, los comandantes locales alteraron el veredicto e indicaron su creencia que entre uno y cinco aviones no identificados habían volado sobre Los Ángeles. El Secretario Stimson anunció esta conclusión como la versión del incidente del Departamento de Guerra y dio dos teorías para explicar la presencia de la misteriosa nave: o habían sido aviones comerciales operados por el enemigo desde campos secretos en California o México, o habían sido aviones ligeros lanzados desde submarinos japoneses. En cualquier caso, el propósito del enemigo había sido el de localizar las defensas antiaéreas en el área o la de asestar un golpe a la moral civil.

 

El New York Times expresó el 28 de febrero su creencia de que entre más fuese estudiado el incidente, más increíble se convertiría: ‘si las baterías estaban disparando a la nada, como el secretario Knox indica, es una costosa señal de incompetencia y nerviosismo. Si las baterías estaban disparándole a aviones reales, algunos tan bajos como 9,000 pies (unos 2,700 metros), como el secretario Stimson declara, ¿por qué fueron completamente ineficaces? ¿Por qué no hubo aviones americanos para enfrentarlos o al menos identificarlos? … ¿Qué hubiera sucedido si esto fuese un ataque real?’. Estas preguntas eran apropiadas, pero si el Departamento de Guerra hubiese respondido con franqueza total, hubiera hecho una revelación más completa sobre la debilidad de nuestras defensas aéreas.

Si deseas saber más, lee “The Army Air Forces In World War II, Volume 1: Plans and Early Operations, January 1939 to August 1942” [Las fuerzas aéreas del Ejército en la Segunda Guerra Mundial, volumen 1: Planes y Primeras Operaciones, enero 1939 a agosto 1942], de Wesley Frank Craven y James Lea Cate.

Durante los primeros meses de su entrada a la guerra, el nivel de alerta en los Estados Unidos se encontraba a su máximo temiendo una posible invasión japonesa en la costa oeste. En la imagen, un civil se mantiene vigilando en un puesto de observación.

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