Sagaz combate aéreo en el Ártico

Walter Schuck con su perro “Mischka” [ratoncito], en Petsamo, Finlandia [en la actualidad es parte de Rusia], en el invierno de 1942/43.

El puerto soviético de Múrmansk era de vital importancia para el esfuerzo bélico ruso, puesto que era el punto de entrega de bienes suministrados por los Estados Unidos y Gran Bretaña. La fuerza aérea alemana había dispuesto en el área a la Luftflotte 5 para llevar a cabo operaciones de ataque contra convoyes y aviones aliados en el Ártico.

 

Parte de la flota aérea alemana en la zona era el escuadrón de cazas Jagdgeschwader 5 en el cual servía el piloto Walter Schuck, quien pilotaba Messerschmitts Me109 en el área del Mar Ártico atacando aviones soviéticos y escoltando bombarderos alemanes que realizaban misiones contra convoyes aliados rumbo al puerto de Múrmansk, en la Unión Soviética.

 

Las memorias de Schuck están repletas de historias de combates aéreos intensos, uno de los cuales ocurrió el 25 de marzo de 1943:

La noche del 25 de marzo, Obergefreiter Britz y yo estábamos en alerta. Cuando llegó un informe que aviones rusos habían cruzado la línea del frente y se dirigían hacia Petsamo, nos dieron la orden de combate. Recorrimos toda el área en busca de señales de máquinas enemigas, pero sin éxito, luego regresamos a la base. Ambos Messerschmitts fueron empujados de vuelta a sus puntos de dispersión e inmediatamente reabastecidos. De repente, de la nada, una manada entera de Il-2 se fue a pique sobre el campo. Mi compañero de ala y yo corrimos a nuestro avión y comenzamos a rodar. Cuando estaba despegando, vi que uno de los Ju 88 del KG 30 estacionado en el campo explotó en llamas. Seguimos a un Il-2 que se retiraba hacia el sudeste en un nivel bajo en dirección a Múrmansk. Britz era un chico nuevo y yo quería ayudarlo a obtener su primera victoria, así que me acerqué a él, indicando que debería atacar al Ilyushin. Tardó una eternidad en llegar a la posición de disparo correcta y, cuando finalmente estuvo listo, comenzó a soltar largas ráfagas de fuego sobre el fuselaje de Il-2, vi que sus balas rebotaban inofensivamente sobre la piel blindada del Sturmovik y que los rebotes eran un peligro mayor para nosotros que para nuestro oponente. Lo llamé por el R/T: ‘¡Muévete hacia un lado, te mostraré cómo se hace!

Luego gentilmente ubiqué mi Me109 directamente detrás del Il-2, que ahora apenas volaba a unos metros sobre el suelo. El punto débil del Sturmovik era el radiador debajo del vientre. Este podría retraerse en el fuselaje para su protección, pero nunca más de dos o tres minutos a la vez, de lo contrario existía el riesgo de que el motor se sobrecalentara. Huyendo a toda velocidad, el ruso pronto tuvo que bajar su radiador nuevamente. Y cuando lo hizo, estaba listo y esperando. Lo tenía centrado en la mira de mi cañón y le di con ambos cañones de mis ametralladoras de 7.92 mm. La salva destrozó todo el radiador, el Il-2 comenzó a dejar una gruesa estela de humo y explotó en el suelo. En esta ocasión, los cazas escolta de Il-2 habían aparecido demasiado tarde. Todo lo que pudieron hacer fue realizar un ejercicio para limitar los daños conduciendo de manera segura a casa al resto de los Sturmoviks. Pero uno de los cazas me había visto derribar al Ilyushin y se lanzó a atacarnos. Después de una breve escaramuza, también lo derribé desde una altura de 50 metros.

Mientras tanto, la persecución nos había llevado cerca del aeródromo de Murmashi, al suroeste de Múrmansk. Cada minuto se tornaba más oscuro y pronto los Sturmoviks y sus cazas escoltándolos tendrían que regresar para aterrizar. Como Britz se quedó sin municiones después de su fallido ataque al Il-2, le di instrucciones para que circulara a 1,000 metros mientras yo descendía manteniendo los ojos abiertos por cualquier avión regresando a casa. Mi corazonada fue correcta; en unos pocos minutos apareció una bandada de máquinas enemigas y entró en patrón de aterrizaje. Me metí de contrabando en el circuito con ellos, me afirmé en la cola de un Kittyhawk y abrí fuego. Hubo un repentino destello cegador mientras el caza se fue a pique en la pista de aterrizaje. Rápidamente me coloqué detrás de otro enemigo. También se estrelló contra el suelo después de una sola descarga de mis armas.

En este momento las defensas antiaéreas del campo habían despertado a la situación y estaban disparando violentamente e indiscriminadamente hacia el cielo oscuro con todo lo que tenían. A unos pocos metros del suelo, demasiado bajo como para preocuparse por el fuego antiaéreo del enemigo, rugí a lo largo de la pista de aterrizaje. Al final, ascendí en un empinado giro de 180 grados y volé en la dirección opuesta. Justo en ese momento, otra máquina estaba aterrizando. Mientras el piloto todavía trataba de esquivar los restos quemados de los dos choques previos, lo pillé a las de ley para dejar un tercer escombro tirado en la pista. Después de haber vaciado mis ametralladoras también, me uní a Britz y fijamos rumbo a la base. Detrás de nosotros dejamos una escena de carnicería; aviones ardiendo, municiones explotando y largas lenguas de llamas azules que escapaban del combustible que ardía ferozmente en la pista, añadiendo un resplandor misterioso a un cielo nocturno que ya estaba iluminado por los ardientes patrones de trazadores rojos y blancos brillantes que todavía estaban siendo regados en todas las direcciones por los artilleros antiaéreos.

En una misión posterior contra el aeródromo de Murmashi realizada el 3 de abril de 1943, el compañero de ala de Walter Schuck, el Obergefreiter Britz, desapareció. Nada más se supo de él y su destino final permanece desconocido hasta el día de hoy.

Si deseas saber más, lee Luftwaffe Eagle: From the Me109 to the Me262 [Águila de la Luftwaffe: del Me109 al Me262], de Walter Schuck.

Walter Schuck en su Me 109 F-4 “Gelbe 9” [Amarillo 9], en Petsamo, en enero de 1943.

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