“Dueños de nuestro propio destino”

Winston Churchill dando su discurso en el Senado de los Estados Unidos, ante miembros del Congreso norteamericano, el 26 de diciembre de 1941.

Menos de tres semanas después del ataque japonés a la base estadounidense en Pearl Harbor y al momento en que submarinos alemanes aparecieron frente a la costa de California, Churchill había llegado a la Washington para comenzar a coordinar la estrategia militar con el presidente Roosevelt y los líderes del Congreso.

 

Fuera del edificio del Capitolio, los pelotones de soldados y de policía estaban en estado de alerta. Poco después del mediodía, el primer ministro británico Winston Churchill entró en la Cámara de Senadores para dirigirse a una reunión conjunta del Congreso. Churchill tomó su lugar en un atril erizado con micrófonos. Por encima de su cabeza, las lámparas grandes y potentes daban a la sala, normalmente tenue, un brillo inusual. Las cámaras de cine comenzaron a filmar.

 

Las vacaciones de Navidad habían adelgazado las filas de senadores y representantes todavía en la ciudad y había dictado reubicar la reunión conjunta de la Cámara de Diputados a la del Senado para evitar la vergüenza de demasiados escaños vacíos. Sin embargo, los 96 escritorios estaban llenos de miembros, jueces de la Suprema Corte y funcionarios del gabinete, menos los secretarios de Estado y de Guerra. La audiencia en la galería estaba desbordada en gran parte debido a las esposas de los miembros allí presentes.

 

El elocuente Primer Ministro inició su discurso con una nota ligera, con vehemencia, predijo que las fuerzas aliadas necesitarían por lo menos dieciocho meses para cambiar la marea de la guerra y advirtió de los retos que el futuro deparaba:

Si mi padre hubiera sido estadounidense y mi madre británica, en vez de lo contrario, podría haber llegado aquí por mi cuenta. En ese caso, no habría sido la primera vez que habrían escuchado mi voz. En tal caso, no hubiera necesitado ninguna invitación, pero si así fuera, difícilmente hubiera sido unánime. Quizá la situación sea mejor así como está. Sin embargo, debo confesar, que no me siento como un pez fuera del agua en una asamblea legislativa donde se habla inglés.

 

 

Pero aquí en Washington, en estos días memorables, he encontrado una fortaleza olímpica que, lejos de estar basada sobre la complacencia, es sólo una máscara de un propósito inflexible y la prueba de una confianza certera y bien fundada en el resultado final. Nosotros en Bretaña teníamos el mismo sentimiento en nuestros días más oscuros. Nosotros también estábamos seguros que al final todo estaría bien. Estoy seguro que ustedes no subestiman la gravedad de la prueba a la que todavía ustedes y nosotros nos tendremos que someter. Las fuerzas que nos rodean son enormes. Ellos son cruentos, ellos son despiadados. Los hombres malvados y sus facciones, quienes han lanzado a su gente en el camino de la guerra y la conquista, saben que serán llamados a terribles cuentas si no pueden batir por la fuerza de las armas a los pueblos que han atacado. No se detendrán ante nada. Tienen una vasta acumulación de armas de guerra de todos los tipos. Tienen servicios de ejércitos, armadas y del aire altamente entrenados y disciplinados. Tienen planes y diseños que han sido largamente probados y madurados. No se detendrán ante nada que la violencia o la traición puedan sugerir.

 

Es muy cierto que, de nuestro lado, nuestros recursos humanos y materiales son mucho más grandes que los de ellos. Pero sólo una porción de sus recursos ha sido apenas movilizado y desarrollado y ambos tenemos mucho que aprender en el cruel arte de la guerra. Tenemos, por tanto, sin duda, un tiempo de tribulación ante nosotros. En este tiempo, se perderá algo de terreno que será costoso y duro de recuperar. Nos esperan muchas decepciones y sorpresas desagradables. Muchas de estas nos afligirán antes que la formación entera de nuestro poder latente y total pueda ser completado. Durante la mayor parte de los últimos veinte años, a la juventud de Bretaña y Estados Unidos le han enseñado que la guerra es malvada, lo cual es cierto, y que nunca más regresaría de nueva cuenta, lo cual ha resultado ser falso. Por la mayor parte de veinte años, a la juventud de Alemania, Japón e Italia la han enseñado que la guerra agresiva es el deber ciudadano más noble y que debería iniciarse tan pronto como las armas necesarias y organización se hubieran efectuado. Hemos realizado los deberes y tareas de paz. Ellos han tramado y planeado para la guerra. Esto, naturalmente, ha colocado a Bretaña y ahora a ustedes, los Estados Unidos, en una desventaja que sólo el tiempo, valor y los agotadores e incansables esfuerzos podrán corregir.

 

Debemos estar agradecidos que se nos haya proporcionado tanto tiempo. Si Alemania hubiera tratado de invadir las Islas Británicas después del colapso francés en junio de 1940 y si Japón hubiera declarado la guerra al Imperio británico y a los Estados Unidos alrededor de la misma fecha, nadie podría decir qué desastres y agonías podrían haber sido nuestra suerte. Pero ahora, al final de diciembre, de 1941, nuestra transformación de una paz relajada a total eficiencia de guerra ha hecho grandes avances. El flujo amplio de municiones en Gran Bretaña ya ha iniciado. Esfuerzos inmensos se han hecho en la conversión de la industria estadounidense para propósitos militares y ahora que los Estados Unidos están en guerra, es posible dar órdenes cada día que, por tanto, en un año o dieciocho meses, producirá resultados en poder militar más allá de cualquier cosa que haya sido vista o prevista en los Estados dictadores. Siempre que se haga todo lo posible, que no se retenga nada, que toda la fuerza de trabajo, la capacidad intelectual, virilidad, valor y virtud cívica del mundo de habla inglesa con toda su galaxia de comunidades leales, amigables y asociadas y Estados - siempre que todo se incline incansablemente a la tarea simple y suprema- creo que sería razonable esperar que el final de 1942 nos vea definitivamente en una mejor posición de la que estamos ahora y que el año 1943 nos permitirá asumir la iniciativa en una amplia escala.

 

Algunas personas pueden sentirse sorprendidas o momentáneamente deprimidas cuando, como su Presidente, hablo de una larga y dura guerra. Pero nuestros pueblos prefieren saber la verdad, por sombría que esta sea. Y después de todo, cuando estamos haciendo el trabajo más noble en el mundo, no sólo defendiendo nuestros corazones y hogares, sino la causa de la libertad en otras tierras, la cuestión es si la liberación llegará en 1942, 1943 o 1944, cae en su lugar apropiado en las grandes proporciones de la historia humana. Estoy seguro que este día -ahora- somos dueños de nuestro destino; que la tarea que nos ha sido impuesta no está por arriba de nuestra fortaleza; que sus dolores y fatigas no están más allá de nuestra resistencia. Mientras tengamos fe en nuestra causa y una voluntad inconquistable, la salvación no nos será negada. En las palabras del salmista, “no tendré miedo de las cosas malvadas; su corazón está fijo, confiando en el Señor”. No todas las noticias serán malas.

 

Por el contrario, grandes golpes de guerra ya se han proporcionado en contra del enemigo, la defensa gloriosa de su suelo natal por los ejércitos rusos y su población, han infligido heridas sobre la tiranía nazi y sistema que han mordido profundamente Que ha mordido profundamente y envenenará e inflamará no sólo en el cuerpo nazi, sino también en la mente nazi. El jactancioso Mussolini ya se ha desmoronado. Ahora no es más que un lacayo y siervo, el mero utensilio de la voluntad de su amo. Él ha causado gran sufrimiento y males sobre su propia población trabajadora. Ha sido despojado de su imperio africano, Abisinia ha sido liberada. Nuestros ejércitos en el Este, que estaban tan débiles y mal equipados al momento de la deserción francesa, ahora controlan todas las regiones desde Teherán hasta Benghazi y desde Aleppo y Chipre hasta las afluentes del Nilo.

 

Por muchos meses nos hemos dedicado a prepararnos para tomar la ofensiva en Libia. La batalla muy considerable, que ha estado en marcha por las últimas seis semanas, ha sido combatida ferozmente en ambos lados. Debido a las dificultades en los flancos del desierto, nunca pudimos proporcionar fuerzas numéricamente iguales para soportar al enemigo. Por tanto, hemos tenido que confiar sobre la superioridad en los números y calidad de tanques y aviones, británicos y estadounidenses. Auxiliado por estos, por primera vez, hemos combatido al enemigo con igualdad de armas. Por primera vez hemos hecho sentir al huno el filo de esas herramientas con las cuales ha esclavizado Europa. Las fuerzas armadas del enemigo en Cirenaica eran alrededor de 150,000, de las cuales alrededor de un tercio eran alemanas. El general Auchinleck se puso en marcha para destruir totalmente esa fuerza armada. Tengo toda razón para creer que su objetivo será alcanzado por completo. Estoy contento de poner ante ustedes, miembros del Senado y de la Cámara de Representantes, en este momento en el que están entrando en la guerra, prueba de que con armas apropiadas y organización apropiada somos capaces de liquidar del nazi salvaje. Lo que Hitler está sufriendo en Libia es solamente una muestra y un anticipo de lo que debemos darle a él y sus cómplices, donde quiera que nos lleve esta guerra, en cada rincón del mundo.

 

Hay también buenas noticias en las aguas azules. La línea de suministros salvadora que une a nuestras dos naciones a través del océano, sin la cual todo podría fallar, está fluyendo constante y libremente a pesar de todo lo que el enemigo puede hacer. Es un hecho que el Imperio británico, que muchos pensaron estaba roto y arruinado hace dieciocho meses, es ahora incomparablemente más fuerte y está haciéndose más fuerte cada mes. Por último, si me perdonan por decir esto, para mí la mejor noticia de todas es que los Estados Unidos, unidos como nunca antes, ha desenvainado la espada por la libertad y ha desechado la vaina.

 

 

Cuando consideramos los recursos de los Estados Unidos y el Imperio británico comparados con aquellos de Japón, cuando recordamos aquellos de China, que por ha resistido larga y valientemente la invasión y cuando también observamos la amenaza rusa que se cierne sobre Japón, se vuelve aún más difícil reconciliar la acción japonesa con prudencia o incluso con cordura. ¿Qué clase de personas creen que somos? ¿Es posible que no se den cuenta que nunca cesaremos en perseverar contra ellos hasta que hayan recibido una lección que ellos y el mundo nunca olvidarán?

Si deseas saber más, lee “The Churchill War Papers: The Ever Widening War, Vol. 3” [Los documentos de Guerra de Churchill: la guerra cada vez más amplia, Vol. 3], de Martin Gilbert.

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