Vera Inber había sobrevivido los primeros meses del cruel sitio de Leningrado. En las profundidades del invierno, la cifra de muertos por el frío y el hambre se había elevado alarmantemente. La prueba estaba lejos de finalizar, pero un poco de alivio llegó con la apertura de una carretera sobre la extensión congelada del Lago Ladoga.

 

Al ser periodista, el 26 de febrero, ella tuvo la oportunidad de salir de la ciudad para visitar una base militar cercana:

El lago que salvó a Leningrado

Una vista del camino congelado en abril de 1942, cuando el trayecto se volvió aún más peligroso, al momento en que el hielo comenzaba a derretirse.

El Lago Ladoga es una inmensa planicie de hielo y nieve, como en el Polo. Todo está hecho de nieve -cercas, construidas sólidas o con ladrillos de hielo, iglúes semicirculares para el personal de equipos antiaéreos, los cimientos para los cañones antiaéreos-. Todo es virgen, limpio, blanco, casi azul y, por encima de todo, la suave bóveda de cielo azul.

 

Todo aquello que no es de color blanco se presenta como una descarga eléctrica para la vista. La bandera roja amapola del explorador del camino se puede ver desde un kilómetro de distancia. No en vano se dice aquí, ‘la nieve es la línea de vida para el soldado. Se entierra en ella, la bebe, se baña en ella’.

 

Mi vista de largo alcance, que resulta una molestia cuando estoy leyendo o escribiendo, es más útil aquí. Pude ver casi todo, hasta el horizonte. Allí, en la carretera del lago congelado, se encuentran en movimiento puntos multicolores... Son los camiones. Si son de color rosa, significa que canales de cordero están siendo transportadas; si es negro, carbón; de color amarillo, cajas hechas de corteza con no sé qué en ellos; lisos y blancos, casi imperceptibles en la nieve, las bolsas de harina.

 

Este es nuestro pan de cada día, nuestra línea de sobrevivencia, enviado a Leningrado de la Gran Tierra [masa de tierra en manos soviéticas, a diferencia de enclaves ocupados por alemanes que se encontraban en poder de los partisanos o lugares sitiados].

 

El trabajo de los conductores de camiones en el Ladoga es un trabajo sagrado. Basta echar un ojo a la carretera. Este camino gastado, bombardeado, atormentado, que no conoce la paz, de día o de noche. Su nieve convertida en arena. Máquinas destrozadas y piezas de repuesto yacen por todas partes; en los surcos, baches, zanjas, en cráteres de bombas, hay vehículos destrozados.

 

Y este es el camino que los conductores del Ladoga cruzan cuatro veces al día, bajo las bombas y el fuego de artillería. Es para ellos que en todas partes hay carteles con leyendas impresas en color escarlata: ‘¿CONDUCTOR, HAS HECHO DOS VIAJES HOY?’ Y, de verdad, cada conductor realiza sus dos trayectos.

Si deseas saber más, lee “Leningrad Diary” [Diario de Leningrado], de Vera Inber.

 

Este fragmento del documental del director Frank Capra muestra algunas escenas de las condiciones del Lago Ladoga al ser utilizado como vía de acceso a Leningrado.

Vera Mikhailovna Inber, (Shpenzer de soltera), nació el 10 de julio de 1890, en Odessa, cuando todavía Rusia era un Imperio, y falleció el 11 de noviembre de 1972, en Moscú, Unión Soviética. Vera era una poeta y escritora rusa que, durante la Segunda Guerra Mundial, sobrevivió al sitio de Leningrado (hoy San Petersburgo), donde su esposo trabajaba como director de un instituto médico. Mucha de su poesía y prosa durante estos tiempos es dedicada a la vida y resistencia de los ciudadanos soviéticos. En 1946 recibió un preciado premio por parte del gobierno (Gosudarstvennaya premiya SSSR) por su poema durante el sitio llamado el “Pulkovskij meridian” (El Meridiano de Pulkov).

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