Un voto de confianza entre malas noticias

Winston Churchill cruza el jardín de la Casa Blanca durante su misión a Washington en enero de 1942. Las conversaciones con Franklin D. Roosevelt tuvieron lugar pocas semanas antes de que el primer ministro regresara a Westminster y afrontara el debate parlamentario del 27 de enero. (Foto: Lt. C. J. Ware / Imperial War Museums / Admiralty Official Collection, A 6920).
Las primeras semanas de 1942 habían alterado bruscamente la escala de la guerra para Gran Bretaña. Durante más de dos años, el país había sostenido un conflicto que se extendía desde el Atlántico hasta el Mediterráneo y el norte de África. Ahora, con Japón en guerra contra las potencias occidentales y Estados Unidos ya combatiendo junto a los Aliados, el conflicto había adquirido una amplitud aún mayor.
La ampliación de la coalición aliada ofrecía enormes posibilidades a largo plazo, pero coincidía con un momento de extraordinaria presión. Las fuerzas británicas seguían comprometidas en varios teatros a la vez, mientras hombres, buques, aviones y suministros debían repartirse entre necesidades que no dejaban de multiplicarse. La entrada estadounidense había transformado el horizonte estratégico, pero todavía no había cambiado la realidad inmediata de enero de 1942.
En Gran Bretaña, esa distancia entre las perspectivas futuras y las dificultades del presente empezaba a sentirse también en la política. Las decisiones del Gobierno y la conducción de la guerra estaban sometidas a un escrutinio cada vez más abierto, tanto en la prensa como en la Cámara de los Comunes.
El 27 de enero comenzó en Westminster un debate de tres días sobre la situación de guerra. Churchill tomó la palabra ante una Cámara en la que las críticas podían expresarse abiertamente, mientras su Gobierno necesitaba saber con claridad qué respaldo conservaba:
Desde mi regreso a este país, he llegado a la conclusión de que debo pedir que la Cámara de los Comunes me sostenga mediante un voto de confianza. Este es un procedimiento enteramente normal, constitucional y democrático.
…
Últimamente hemos recibido muchas malas noticias del Lejano Oriente, y creo muy probable, por razones que explicaré enseguida, que recibamos muchas más. Dentro de esas malas noticias habrá muchas historias de errores y deficiencias, tanto de previsión como de acción.
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Es porque las cosas han ido mal y porque vendrán cosas peores que exijo un voto de confianza.
Si deseas saber más, consulta Hansard, Cámara de los Comunes, 27 de enero de 1942, sección “War Situation”.
El debate no terminaba en las puertas del Parlamento. En una ciudad que llevaba más de dos años siguiendo la guerra mediante comunicados, periódicos y emisiones de radio, las palabras pronunciadas en Westminster circulaban más allá de la Cámara junto con noticias procedentes de escenarios cada vez más lejanos. Fuera de aquel recinto, sin embargo, la guerra llegaba con otro ritmo.
Churchill hablaba desde la Cámara de los Comunes y ante un Parlamento que debía decidir si seguía respaldando a su Gobierno. Fuera de Westminster, sus palabras llegaban de una manera muy distinta. Vere Hodgson, que trabajaba en Notting Hill y llevaba desde 1940 un diario de la vida londinense durante la guerra, no pudo escuchar en directo su intervención ante la Cámara. Más tarde escribió:
Martes, 27. Lo último es que el señor de Valera está molesto porque no sabía que los soldados estadounidenses iban a llegar a Irlanda del Norte y porque no se le había consultado. ¿Quién se cree que es? No mueve un dedo para ayudar en la lucha por la libertad, ¡y piensa que deberían consultarlo sobre la defensa! Si los alemanes vienen aquí, ¿se imagina que la Iglesia católica romana seguiría ejerciendo el poder que ha ejercido durante siglos?
Los australianos están diciendo cosas que no dicen en serio. En vez de lamentar haber enviado a sus hombres a combatir, deberían reprocharse no tener listo un segundo ejército. Los rusos llevan todo este tiempo preparando segundas y terceras líneas de defensa, pero los ingleses esperan ganar guerras desde sus sillones.
El señor Churchill habló esta tarde en la Cámara de los Comunes, ¡y no nos permitieron oírlo! ¿Por qué no aprueban una ley durante unos meses y luego la derogan cuando les parezca? Pero sí creo que sus discursos tienen una calidad oratoria que rara vez encontramos, y deberían grabarse. Oímos hablar de Burke y Sheridan, pero no sabemos cómo hablaban. Lo hemos oído por radio en breves fragmentos, y algo de su fuerza y vigor alcanzaba a transmitirse, pero no el efecto emotivo de aquellas frases vibrantes e incisivas.
Parece que no estábamos seguros de que Japón fuera a atacar. Personalmente, creo que la población de Malaya podría haber hecho más. Lo tiene todo que perder. Si hubiera organizado una guardia territorial eficaz, quizá habría causado un poco más de problemas a los japos. Hong Kong cayó antes de lo esperado. Hemos tenido mala suerte con la pérdida de los acorazados, y parece que perderemos Singapur y muchas de las islas. Pero el señor Churchill dudaba de que fueran a atacar Australia. Se está enviando material allí, y los muchachos pueden volver y luchar por sus hogares.
Así continuó el discurso: asumió plena responsabilidad por todo. Dijo que cuando se convirtió en primer ministro no había muchos candidatos al puesto. ¡Ahora el mercado había mejorado! Entonces no nos había ofrecido más que sangre y sudor; ahora podía ver una luz en el horizonte que poco a poco iluminaba nuestro camino. Pero la guerra continuaría durante todo 1943… y entonces nuestra fuerza estaría en su apogeo.
Otra ventisca hoy. Me sorprendió en la calle. Tuve que hacer compras, gastar mis puntos de racionamiento, comprar espadines para el gato y demás, mientras iba quedando cada vez más cubierta de nieve. Contentísima de llegar a casa.
Si deseas saber más, lee Few Eggs and No Oranges: Vere Hodgson’s Diary, 1940–45 [Pocos huevos y ninguna naranja: el diario de Vere Hodgson, 1940–45], de Vere Hodgson. La referencia de Hodgson a Éamon de Valera, jefe del Gobierno irlandés, aludía a la llegada de tropas estadounidenses a Irlanda del Norte el día anterior. De Valera protestó porque su Gobierno no había sido consultado y vinculó públicamente el episodio con la partición de Irlanda.
Churchill no podía reservarse la duda. Su cargo lo obligaba a decidir con información incompleta, responder por los errores y hablar con la seguridad de quien debía conducir al país. No podía esperar a que los acontecimientos aclararan qué decisiones habían sido acertadas y cuáles no.
Hodgson tenía otra libertad. Podía impacientarse, contradecirse, admirar a Churchill en una línea y cuestionar la marcha de la guerra en la siguiente. No tenía que convertir aquellas impresiones en decisiones para otros; podía dejarlas sobre la página con la inmediatez y la provisionalidad del momento.
Con el desenlace conocido, es sencillo separar las previsiones acertadas de las equivocadas. Ellos no contaban con ese privilegio. Cada decisión debía tomarse antes de que sus consecuencias pudieran medirse, y cada noticia podía alterar la imagen construida el día anterior. Churchill debía pedir que confiaran en él; Hodgson podía decidir cuánto estaba dispuesta a creer.
En Westminster, la confianza podía votarse; en Notting Hill, todavía tenía que ganarse fragmento a fragmento.

Soldados estadounidenses en Irlanda del Norte en 1942. Su llegada materializaba la nueva presencia militar de Estados Unidos en las islas británicas y se relaciona directamente con la protesta de Éamon de Valera mencionada por Vere Hodgson. (Foto: Acme / Library of Congress, Prints & Photographs Division / Farm Security Administration–Office of War Information Collection, LC-USW33-000134-ZE).

Personal de tierra del Escuadrón 233 de la RAF prepara un Lockheed Hudson para volar en condiciones de congelación en Thorney Island, el 19 de enero de 1942. Un vehículo de aire caliente calienta los motores y descongela el parabrisas de la cabina. (Foto: F/O Watkins / Imperial War Museums / Royal Air Force official photographer, CH 4772).

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