En la noche del 27 de febrero de 1942, el Regimiento de Paracaidistas británico obtuvo su primer honor en batalla con el ataque a una estación de radar alemana en Bruneval. El ataque proporcionó información valiosa acerca de las capacidades del radar germano, lo que permitió a los aviones del Comando de Bombarderos inglés desarrollar medidas para contrarrestarlo.

 

La Operación Biting, dirigido por el mayor John Frost, lanzó en paracaídas a un grupo atacante en las inmediaciones de la estación de radar en la costa francesa; después de una breve batalla se impusieron a los guardias alemanes, desmantelaron el aparato de radar secreto y posteriormente lograron salir del lugar y regresaron a Inglaterra por mar. Lo hicieron parecer fácil.

 

El mayor John Frost, describe con gran detalle las escenas durante el ataque:

El éxito de la Operación Biting

Una fotografía tomada a baja altura del radar de Würzburg, cerca de Bruneval, obtenida por el Líder de Escuadrón A. E. Hill, de la Unidad de Reconocimiento Fotográfico, el 5 de diciembre de 1941.

Las tripulaciones aéreas nos mantuvieron informados de nuestra ubicación. Pareció una eternidad antes que verdaderamente estuviéramos instalados en camino a nuestro objetivo. Aunque había estado presente en la sesión informativa de la tripulación aérea, había puesto escasa atención a sus planes. Nos parecía que no era asunto nuestro. Éramos una carga que sería arrojada en el lugar correcto en el momento correcto y, por lo que habíamos visto de nuestros conductores, estábamos bastante seguros de que aterrizaríamos justo donde esperábamos.

 

El tempo del avión se aceleró perceptiblemente cuando quitamos la cubierta del agujero. Aquéllos sentados al lado del agujero veían abajo el Canal y observaban el agua moverse lentamente. Esta abertura hacía el interior del fuselaje muy frío y colocamos nuestras mantas cerca de nosotros y comenzamos a contar los minutos. Repentinamente, estábamos sobre tierra. Nuestros enemigos estaban solamente a seiscientos pies debajo de nosotros. Pronto vimos luces moviéndose lentamente hacia arriba hacia nosotros, las cuales incrementaron su velocidad al tiempo que resplandecían más allá de los límites de nuestra vista. El ruido vino después. No nos dieron, pero el avión se movía alarmantemente mientras nuestro piloto viraba para desviar la puntería de la oposición.

 

‘¡Estaciones de acción!’ vino un poco después. Nos deshicimos de nuestras mantas, bolsas para dormir y otras comodidades. El ruido de los motores se redujo a un suave zumbido. Coloqué las piernas en el agujero. Entonces alguien gritó '¡Salga!'

 

Al momento de saltar pude reconocer el terreno como idéntico a aquél representado por el modelo, mapas y fotografías. Todas las características que uno esperaba ver destacaban en la luz brillante de la luna. Aterricé suavemente sobre la nieve. No había viento y todo estaba en silencio excepto por el ruido de nuestro avión alejándose en la noche. Mi primera acción fue una natural. No era buen ejercicio, porque ahora es el momento más vulnerable para un grupo de paracaidistas y la primera preocupación de uno es llegar a los contenedores de armas. Sin embargo, se convirtió en esencial y también fue un gesto de desafío. Nos reunimos en el punto de encuentro y en unos diez minutos estábamos listos para movilizarnos. Justo cuando comenzamos a movernos hacia la costa, el siguiente grupo de aviones llegó y pudimos ver a algunos de ‘Nelson’ aterrizar a salvo.

 

Excepto por cercas de alambre en nuestro camino, no encontramos oposición u otros obstáculos. A lo lejos escuchamos algunas ráfagas dispersas de fuego de ametralladora, pero del área de la estación de radar, la cual podíamos ver claramente, no había señal de alarma. De acuerdo con el plan, silenciosa y cautelosamente rodeamos la villa y cuando todos estaban en posición, caminé hacia la puerta. Estaba abierta y por poco olvido hacer sonar mi silbato antes de entrar. Tan pronto como lo hice sonar, explosiones, gritos y el sonido de armas automáticas llegó de las proximidades del equipo de radar y mi grupo corrió hacia el interior de la casa. Estaba privada de muebles y encontramos sólo a un alemán en la habitación superior, quien estaba disparando a nuestra gente abajo. Dejando dentro a un par de hombres, fuimos a reforzar a los hombres cerca del equipo de radar. Para este momento ya habían acabado con el enemigo en el lugar y tenían dos prisioneros, uno de los cuales era un señalizador. Newman, nuestro intérprete, le preguntó acerca de sus camaradas. Parecía que nuestra información original estaba correcta. Sin embargo, fueron inciertos acerca de las reservas tierra adentro y estaban casi incoherentes por la sorpresa y el sobresalto.

 

Hasta ahora todo marchaba bien, pero muy pronto el enemigo abrió fuego sobre la villa desde ‘Le Presbytère’ y uno de nuestros hombres cayó muerto al salir por la puerta. Pronto después de esto, llegó Dennis Vernon con sus zapadores y él, con el sargento de vuelo Cox, comenzaron a inspeccionar y desmantelar las partes del equipo de radar que ellos deseaban. Gradualmente el fuego desde el borde de ‘Le Presbytère’ se incrementó y se convirtió extremadamente incómodo en nuestra zona. Afortunadamente este fuego era muy impreciso y no causó más bajas.

Si deseas saber más, lee “A Drop Too Many” [Demasiados saltos], del general mayor John Frost.

 

La audacia de la incursión fue una gran inyección para la moral de la Gran Bretaña, como puede desprenderse de este informe posterior de Reuters:

Un pequeño modelo de Bruneval, la estación de radiolocalización alemana en el norte de Francia, construido de las fotografías de reconocimiento y utilizado por los miembros del Regimiento de Paracaidistas que formaron parte en la Operación Biting.

Un bote torpedero de la Armada Real trae de vuelta a los hombres de la Compañía “C”, 2º Batallón Paracaidista, al puerto de Portsmouth, en la mañana después del ataque de Bruneval, el 28 de febrero de 1942. El oficial al mando de la fuerza de asalto, el mayor J. D. Frost, está en el Puente, segundo desde la izquierda.

El oficial al mando, el comandante J. D. Frost, me dijo que sus hombres ‘lo hicieron de forma excelente’. Continuó: ‘En el camino a través de los aviones, usted nunca habría pensado que se trataba de un vuelo operacional. Era más bien como un viaje de placer. Cada máquina, creo, tuvo su propio concierto. No era de ningún modo tan aterrador como todo el mundo había esperado. Te sentabas en el agujero, miramos hacia abajo, vimos unas pocas balas trazadoras pasar por debajo y saltamos’.

 

Los alemanes, manteniendo aún el fuerte en la playa, exclamaron en inglés excelente ‘Los botes están aquí’, esperando confundir a los paracaidistas a que creyeran que un oficial naval les había gritado y darles una oportunidad de correr a la playa bajo el fuego de ametralladora.

 

Tanto el mayor Frost como el capitán Ross no tuvieron otra cosa más que elogios para la RAF. ‘Nos pusieron a diez yardas de donde queríamos estar’, dijo Ross, ‘y en sólo dos minutos después de dejar el avión las tropas estaban armadas, organizadas y listas para atacar’.

 

’El verdadero héroe’ dijo el Mayor, ‘fue el oficial comandando la sección que fue lanzado más lejos de la mayor parte de las tropas’. Con sólo 20 años, el más joven de los oficiales del grupo, y por ende conocido como ‘Junior’, tuvo que encontrar su camino, frecuentemente bajo fuego, en un área completamente desconocida por él. Cuando ‘Junior’ vio a sus alrededores y no pudo reconocer ningún punto familiar de referencia, sabía que estaba perdido.

 

‘No creo que haya ninguna sensación tan desagradable como encontrarse repentinamente en territorio enemigo y no saber dónde estás’, dijo. ‘Luego vi otro avión que iba muy bajo y sabía en qué dirección ir, y después de un rato vi el faro. Entonces todo estaba bien’.

 

‘Durante las dos horas o más de la operación, no hubo un momento en que no dejaran de escucharse algunos disparos. Sin embargo, en ninguna parte vi alguna señal de vida en las casas. Dos de mis hombres se fueron a través de un pueblo, pero no había luz, no había miradas furtivas por los bordes de las cortinas’.

 

Era un antiguo miembro de la Flota, el teniente Peter Young, de 22 años de edad, a quien se le había asignado la tarea de lidiar con el puesto de radiolocalización y fue tan completa la sorpresa del ataque que casi llega a su objetivo sin encontrar oposición alguna. El guardia alemán retó en par de ocasiones a las tropas que se aproximaban y después disparó. Los paracaidistas, que habían evitado disparar lo más que fuera posible, ‘lo borramos’, dijo el teniente Young. ‘Después de eso los cazamos fuera de los sótanos, trincheras y habitaciones con granadas de mano, armas automáticas, revólveres y cuchillos’.

 

‘La mayoría fueron eliminados, pero algunos huyeron, y uno trató de ocultarse en el borde del acantilado. Después de haber llegado allí, quiso rendirse y volteé a verlo con las manos en alto. En el momento pensé que nunca antes había visto algo más divertido que un alemán tratando de trepar por el borde de un acantilado con las manos en alto’.

 

‘Al capturar el puesto, fue el turno de los zapadores. Su trabajo consistía en destruir el aparato, y la destrucción no pudo ser más completa. A los zapadores también les correspondió la tarea de localizar minas en la playa y colocar minas antitanque’.

 

Uno de los paracaidistas me dijo que nos fuimos justo a tiempo. ‘Los alemanes tenían una división blindada a unas 50 millas de distancia y, mientras nos retirábamos de la playa, vi una columna de luces aproximándose a nosotros, pero todavía con una distancia considerable’ dijo.

 

Al destellar la señal Verey [luz de bengala], las lanchas navales llegaron ‘como un enjambre’, subieron a los hombres a bordo y regresaron a todo vapor a Inglaterra en un tiempo sorprendentemente corto.

El sitio ParaData tiene un detallado recuento de la Operación Biting.

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