En el desierto la batalla continuaba, como ocurría desde el 27 de mayo. Finalmente, después de romper el fortín de Bir Hakeim, Rommel pudo al fin lanzar un asalto masivo de tanques sobre la Línea Gazala británica. Su táctica combinando cañones antitanque y tanques resultaría devastadora.

 

Al final del día estaba en una posición decisiva para penetrar la línea británica, flanqueando el fortín británico más septentrional. Alan Moorehead se encontraba en el campo de batalla como un periodista, un testigo del combate confuso y en condiciones de desarrollar posteriormente una comprensión del mismo:

Combate por la Colina Mamayev en Stalingrado

Tropas de la Luftwaffe asegurando las áreas recientemente invadidas por tropas soviéticas en Stalingrado, el 19 de septiembre de 1942. El oficial en primer plano es el Oberleutnant der Reserve Helmut Wilhelm Schnatz, Jefe de la 3ª Batería/Regimiento Antiaéreo 25. Schnatz caería muerto más tarde ese mismo día, siendo probablemente ésta su última fotografía con vida.

En nuestro amplio camino hacia Gumrak, los cuerpos hinchados de los rusos muertos con cordones en sus cinturas yacen entre caballos rusos tumescentes, con las piernas extendidas hacia arriba y abiertas, dando un hedor detestable. Por la noche, los civiles del poblado supuestamente abandonado, salían arrastrándose desde sus escondites para arrancar trozos de carne de estos cadáveres comidos por las ratas ante la luz de los incendios y bengalas, antes de desvanecerse rápidamente en las ruinas. Sus casas no tenían sótanos. Los rusos no enterraban a sus muertos. Los arrojaban en cráteres de bombas o trincheras. Por razones de higiene, nosotros enterrábamos a todos los muertos que encontrábamos yaciendo en el camino. Las tumbas alemanas estaban marcadas con un rifle y una bayoneta, las tumbas rusas con un casco de acero en una culata de rifle invertido.

A las 0300 horas del 27 de septiembre, comenzaron los preparativos y a las 0500 horas se desató la barrera de fuego preparatoria de nuestra artillería, la cual fue respondida por los rusos de inmediato con un fuego defensivo enloquecido. Una descarga del Órgano de Stalin se desplomó en un barranco matando a quince Jäger e hiriendo a 100 hombres de dos compañías vecinas. Hubo sólo heridas menores en mi unidad. La conducción casi silenciosa de camaradas heridos o moribundos sólo me impresionó al principio de la guerra, ya no más.

A las 0630 horas nuestro Regimiento atacó. El primer objetivo era la Colina 102, inmediatamente al norte de nosotros. Había sido un punto de excursión favorito de los habitantes de Stalingrado en tiempos anteriores. Desde esta altura dominante uno podía controlar casi toda la ciudad y la navegación en el Volga. Había sido surcada por bombas y proyectiles y ricamente empapada en sangre. Podíamos imaginarnos que nos enfrentaríamos a la más fuerte resistencia. El pelotón montado -naturalmente sin caballos- y el pelotón de vehículos con ruedas -naturalmente sin vehículos con ruedas- habían sido asignados a la Compañía Jäger liderada por mí y conocida colectivamente como ‘el pelotón montado’, ahora adjunta al 2º Batallón, 54º Regimiento Jäger. Después de fuertes pérdidas avanzamos solamente unos 200 metros. Las bajas aumentaron, pero alrededor de las 0900 horas alcanzamos nuestro primer objetivo, una quebrada a unos 100 metros de las torres de agua. El incesante fuego de mortero ruso mantenía nuestras cabezas abajo: los Stukas y el bombardeo eran de poca utilidad. A las 1300 se nos ordenó atrincherarnos. La feroz resistencia del 269º Regimiento de Infantería soviético previno cualquier otro avance. Encogidos en los cráteres de proyectiles y en trincheras-refugio medio redondas abandonadas por los rusos, atendiendo a pequeñas heridas de esquirlas, aguardábamos con ansia la llegada de la oscuridad.

Por la tarde vimos nuestro fin acercándose. Diez bombarderos enemigos en el este se dirigían a nuestras posiciones. Repentinamente los cazas de la Luftwaffe aparecieron y derribaron a la mitad en menos tiempo de lo que toma contarlo. El resto volvió, aún con sus bombas, y desaparecieron sobre el Volga del cual teníamos una buena vista si nos atrevíamos a levantar nuestras cabezas por arriba del parapeto del cráter de proyectil en donde estábamos tomando cubierta. Nuestra propia artillería no nos ayudó en nuestro apuro. Algunos miembros de mi unidad habían caído, otros estaban heridos. Los ordenanzas médicos estaban trabajando en exceso y exhaustos, como lo estábamos todos nosotros.

Si deseas saber más, lee “Survivors of Stalingrad: Eyewitness Accounts from the 6th Army, 1942-1943” [Sobrevivientes de Stalingrado: relatos de testigos presenciales del 6º Ejército, 1942-1943], editado por Reinhold Busch.

Tropas alemanas yendo río abajo en la Barranca Dolgii, en septiembre de 1942.

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