Desembarco soviético en la Crimea

Tropas soviéticas con la cobertura de un tanque KV-1 en un poblado de la Crimea, en 1941.

Después de un breve respiro por la Navidad, los rusos ejecutaron un desembarco sorpresivo con tanques durante la madrugada del 26 de diciembre, en la península de Kerch, en la Crimea. Parte de las unidades del Grupo de Ejércitos Sur, debilitado, utilizó sus reservas para impedir la formación de una cabeza de playa.

 

Los alemanes, con dificultades y lentamente, contrarrestaron el ataque, pero el prerrequisito para contener el embate soviético era que no se llevaran a cabo mayores desembarcos, especialmente en las áreas de retaguardia. La batalla tuvo lugar en climas de 30 grados centígrados bajo cero y un viento helado, en terreno congelado y sin ropa de invierno.

 

Mientras está batalla se desarrollaba, las fuerzas soviéticas desembarcaron 120 kilómetros en la zona de retaguardia cerca de Feodosiya y amenazaron con cortar a la 46ª División de Infantería alemana. Las órdenes del comandante, el general conde von Sponeck, fueron que rompieran contacto y se retiraran todas las fuerzas hacia el norte de Feodosiya.

 

Henry Metelmann, un conductor de tanques en una unidad Panzerjäger, recuerda el momento en que iniciaron los desembarcos por parte de los soviéticos:

Fue, creo, poco después de la Navidad, cuando de la nada, los guardias nocturnos sonaron la alarma. En principio pensamos que se trataba de una broma debido a algún malentendido alcohólico. Pero cuando nos formamos afuera y sentimos el nerviosismo de nuestros oficiales, nos dimos cuenta que algo serio había sucedido. Después escuchamos disparos desde la costa, primero de rifles, luego de ametralladoras y cañones más pesados. ¿Qué sucedió, por qué nadie nos dijo? Hasta donde sabíamos, el Ejército Rojo no estaba en ningún lugar a ciento cincuenta kilómetros de nosotros. Y con un sentimiento de incertidumbre aumentando mientras esperábamos en el frío sin razón algún, primero nos pusimos inquietos y luego nos enojamos. Pero justo cuando parecía que nos movilizaríamos hacia el sur en el pueblo, hubo conmoción camino debajo de la cual emergieron grupos desorganizados de nuestros propios soldados. Estaban sin aliento y en un terrible estado de agitación y lo que en principio trataron de decirnos no tenía mucho sentido. Pero cuando las piezas del rompecabezas empezaron a acomodarse en su lugar, se hizo más claro que los rusos habían desembarcado desde el mar. Habían llegado sigilosamente en botes en los cuales remaron, mientras los guardias, por lo general ahora se asume, probablemente habían bebido demasiado. Muchos de los rusos habían vestido uniformes alemanes y sólo hasta que silenciosamente habían apuñalado a la mayoría de los guardias, utilizaron sus armas de fuego. El pánico y el caos fueron indescriptibles. Donde quiera que nuestros soldados salían de sus alojamientos, eran recibidos con balas, la matanza ha sido terrible. Antes de que los dos obuses pesados a la entrada del puerto pudieran ser utilizados, habían sido volados hasta el cielo por cañones de barcos pesados. Fue hasta entonces que se percató que un crucero soviético y uno o dos destructores habían logrado arrastrarse cerca de la playa en la oscuridad de la noche. Escuchamos cuidadosamente y pudimos escuchar el sonido de los botes de motor, lo que sugirió que los comandos enemigos estaban en total control de todos los puntos estratégicos en el poblado.

 

Escuchamos los gritos fuertes por el teléfono desde la cabaña del oficial al mando y luego escuchamos que voces rusas habían estado en la línea y habían gritado algo grosero a nuestro comandante en algo de alemán. En menos de una hora, fuimos ordenados que nos montáramos, encendiéramos nuestros motores y siguiéramos al tanque del comandante. Mientras esperábamos movilizarnos al sur hacia la costa para resolver las cosas allá, estuvimos más que sorprendidos cuando comenzamos a viajar hacia el norte, lejos de los disparos, continuando sin parar en ese rumbo hasta las colinas bajas de las Montañas Jaila orientales. Aunque externamente todos nos quejamos y protestamos acerca de esta huida cobarde, recuerdo que internamente estaba muy contento de no entrar a una batalla para la cual todavía no estaba preparado.

Si deseas saber más, lee “Through Hell for Hitler” [A través del infierno por Hitler], de Henry Metelmann.

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