Durante los últimos tres días de noviembre, el Frente del Don de Rokossovsky continuó siendo el cordero sacrificado de la Operación Urano. Como el 62º Ejército de Chuikov combatiendo en las ruinas de Stalingrado, la misión real de los ejércitos soviéticos era atacar y morir, ya que esto significaba atar a las fuerzas alemanas y prevenir su salida del cerco.

 

Algunas unidades estaban tratando de cerrar el bolso por sí mismos, aunque las probabilidades de lograrlo eran aún remotas. Al final, las operaciones de combate dirigidas por los ejércitos de Rokossovsky contra la mitad norte del cerco del 6º Ejército alemán durante los últimos días de noviembre, se convirtieron en el precursor de las operaciones subsecuentes en el perímetro del bolso a principios de diciembre. Estos ataques probaron al menos que para liquidar al ejército de Paulus tendría que llevarse a cabo una ofensiva de grandes proporciones.

 

Adelbert Holl, un oficial de infantería sirviendo en la 94ª División de Infantería, describía casi diariamente los pormenores de las batallas desarrollándose en Stalingrado, resaltando las feroces embestidas de las fuerzas del Ejército Rojo:

Ataque de Katyushas en Stalingrado

Tropas del Ejército Rojo atacando un edificio en Stalingrado.

28 de noviembre de 1942

 

En las primeras horas de la mañana –ya había luz- ¡sonó una ‘alarma’! Afuera de las madrigueras, se escucharon animados ruidos de batalla desde el norte. Mientras tanto, los rusos se despertaron para encontrar que nuestras tropas se habían retirado de la esquina noreste de la posición de bloqueo al norte. Ellos estaban intentando penetrar a través de la nueva línea del frente con apoyo de tanques. En primera instancia, estaban intentando tomar el área de la Colina 135.4 a las Colinas 144.2 y 147.6. Siguiendo el curso de la línea de las vías de ferrocarril frente a estos puntos prominentes estaba la línea del frente. Si el enemigo lograba capturar una de estas colinas, podría ver Stalingrado desde el norte. Sería una seria desventaja para nuestras tropas. Nuestra artillería y todo lo que pudiera disparar estaban haciendo esfuerzos agotadores para rechazar este ataque. Sin embargo, había un gran hedor omnipotente al frente.

Hacia las 1000 horas, dos panzers aparecieron en el puesto de mando y solicitaron instrucciones. Oberst Grosse me dio la orden de dirigir personalmente los panzers. Afinamos los sentidos.

El objetivo principal del enemigo parecía ser la Colina 135.4. Corrí tan rápido como mis pulmones me lo permitieron. Había sido un buen corredor de distancia cuando era un niño. Ahora daba dividendos. A mi izquierda vi Orlovka. Ahora a través de la balka, por la pendiente opuesta y allí estaba, la Colina 135.4. Me detuve en el panzer a la cabeza, le señalé al comandante que tendría una perspectiva general del campo de batalla detrás de la colina y caminé en el trayecto de regreso.

Ahora me tomé mi tiempo. En el camino aquí, cada minuto contaba para mis camaradas combatiendo. Sabía que unos cuantos panzers –aunque sólo eran dos- estaban en operación y podían tomar un respiro. Los primeros disparos de los panzers se escucharon. Bravo muchachos, tengan cuidado.

El suelo estaba congelado, el clima era claro. Orlovka estaba a mi lado derecho. Aún estaba al menos a dos kilómetros de distancia. Mi ruta se dirigió hacia el sur. Ya había caminado hacia mitad de una pendiente que subía suavemente, cuando se niveló por unos 40 metros, luego llegué al último ascenso. Repentinamente, ¡se desató el infierno a mi alrededor! ¡Los Órganos de Stalin! Cuando los has experimentado casi una o dos veces al día, como la había hecho en las semanas pasadas en Barricadas, sabías lo que estaba sucediendo de la aproximación rugiente de los cohetes. Provenían del norte, del otro lado de la línea del frente. Los primeros impactos dieron en el otro lado de la balka, más o menos donde dejé a los panzers. Observé a mi alrededor como un animal siendo cazado. No se podía ver un pedazo de refugio. ¡Allí, un pequeño hueco! Era de unos 40 centímetros de ancho por 10 centímetros de profundidad ¡Era prácticamente nada! No había tratado de hacerme tan pequeño en mi vida entera. Mis piernas estaban presionadas contra el suelo, boca abajo, brazos extendidos hacia el frente. Hubo una explosión tras otra. Allí estaba, desprotegido, un pequeño bulto de humanidad indefenso sometido a esta demostración de fuerza concentrada producida por la mano del hombre. Los cohetes explotaban constantemente a mi alrededor, un momento aquí, el siguiente allá. ¿Esto nunca finalizaría? Metralla de proyectiles zumbaban a través del aire. Esperé y no sabía si estaría soñando. Permanecí quieto por varios minutos –completamente pasmado por esta ‘bendición matutina’. No pude decir cuántos cohetes hubo. En tales momentos, olvidas los números y sólo tratas de salvar tu propio pellejo. El constante explotar de los cohetes fueron segundos hasta la eternidad.

Si deseas saber más, lee “An Infantryman in Stalingrad: From 24 September to 2 February 1943” [Un soldado de infantería en Stalingrado: del 24 de septiembre de 1942 al 2 de febrero de 1943], de Adelbert Holl.

Una andanada de cohetes soviéticos Katyusha contra posiciones alemanas.

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