Los defensores de Bataan fueron obligados a mantenerse en constante retirada, bajo la penetrante presión de las fuerzas japonesas. Sidney Stewart, también luchando en Bataan, proporciona un vívido testimonio del estado mental en el que se encontraban:

Fuerzas estadounidenses resisten en Bataan

Tropas japonesas avanzando en las Filipinas.

Podíamos escuchar el fuego de artillería en la colina y el estallido y silbido de los proyectiles mientras iban por el aire. Pero al menos estábamos teniendo un descanso. Ocasionalmente se escuchaba el silbido de las balas de los francotiradores zumbando y rozando las hojas de los árboles.

 

De repente, un proyectil explotó por encima de nuestras cabezas alarmantemente cerca. Nos tiramos de nueva cuenta dentro de la trinchera y nos levantamos cuando no vinieron más. Un susto momentáneo. No pude dejar de comparar ese susto con el gran temor que teníamos en general.

 

El miedo es una cosa del momento, atacas como lo hace un animal acorralado, en cuestión de un segundo. Pero el temor crece de forma ulcerosa, pulsante y vivo, que se adhiere a uno como una sanguijuela de la selva. No hay fuego en los cielos que pueda quemarlo y librarnos de él. Algunas veces no es tan malo, pero luego se aferra de nueva cuenta y te ata de tal forma que no te permite el más mínimo movimiento. Sin embargo, en otras ocasiones, sólo por el absoluto cansancio, se puede sentir liberado de él. Pero no, sólo puedes tener la esperanza de controlarlo.

 

Siempre está allí. Vive contigo, susurrando sonidos que se escuchan fácilmente por encima del mundo que estalla alrededor tuyo, y tú eres dos individuos, tú y el temor que vive dentro de ti. Cuando un hombre es volado en pedazos al lado tuyo, te martilla en el cerebro y hace que huelas la tibia, nauseabunda sangre, un olor que ni siquiera el agrio olor del humo de la pólvora puede quitar.

 

Oh, Dios mío, danos descanso, no descanso de la fatiga, porque con gusto no cerraríamos los ojos si tan sólo este temor que nos roe se muriera.

Si deseas saber más, lee “Give Us This Day” [Danos este día], de Sidney Stewart.

Por su parte, Willibald C. Bianchi, un oficial en los Exploradores de Filipinas, recibió la Medalla de Honor por sus acciones en Bataan, Filipinas, el 3 de febrero de 1942. En su citación se lee:

Por notoria valentía e intrepidez más allá del llamado del deber en la acción contra el enemigo, el 3 de febrero de 1942, cerca de Bagac, provincia de Bataan, Islas Filipinas. Cuando el pelotón de fusileros de otra compañía recibió la orden de acabar con dos fuertes nidos de ametralladoras enemigas, el teniente primero Bianchi, de manera voluntaria y por iniciativa propia, avanzó con el pelotón liderando parte de los hombres.

 

Al ser herido al inicio de las acciones por dos balas que traspasaron su mano izquierda, no se detuvo a solicitar primeros auxilios, sino que se desechó su rifle y comenzó a disparar con su pistola. Localizó el nido de ametralladoras y él personalmente lo silenció con granadas.

 

Al ser herido por segunda ocasión por dos balas de ametralladora a través de los músculos del pecho, el primer teniente Bianchi se montó en la parte superior de un tanque estadounidense y utilizando la ametralladora antiaérea, disparó en contra de posiciones en férreo control del enemigo hasta que fue completamente derribado del tanque por una tercera herida muy grave.

Willibald Bianchi fue condecorado con la Medalla de Honor por sus acciones en Bataan. Murió en 1945 cuando el barco de prisioneros en el que era trasladado fue bombardeado.

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