La amenaza detrás del “Nuevo Orden”

Adolf Hitler pronuncia su discurso ante la multitud reunida en el Palacio de los Deportes de Berlín el 30 de enero de 1941, durante el octavo aniversario de su nombramiento como canciller. En los últimos minutos, proclamó el advenimiento de un “Nuevo Orden” europeo y reiteró su amenaza contra los judíos de Europa. (Foto: Narodowe Archiwum Cyfrowe, 2-12174).
El 30 de enero se había convertido en una fecha ceremonial para el régimen nacionalsocialista. Cada aniversario del nombramiento de Adolf Hitler como canciller permitía presentar los años transcurridos desde 1933 como una marcha continua desde la crisis hacia el poder. En 1941, ocho años después de su llegada a la Cancillería, aquella celebración encontraba al Reich en una posición que pocos habrían podido imaginar al comenzar la guerra.
El mapa europeo favorecía abrumadoramente a Hitler. Alemania ocupaba gran parte de Polonia y dominaba buena parte de Europa occidental y septentrional; Francia había sido derrotada y dividida entre la ocupación alemana y el gobierno establecido en Vichy. Desde Noruega hasta la costa atlántica francesa, las victorias de 1940 habían convertido al Reich en la principal potencia militar del continente.
La guerra, sin embargo, no estaba decidida. Gran Bretaña había conservado su independencia tras la Batalla de Inglaterra y continuaba combatiendo desde las islas, el mar y su imperio. El Blitz golpeaba sus ciudades y los U-Boote atacaban sus rutas de abastecimiento, pero Alemania no había conseguido obligarla a negociar ni abrir el camino para una invasión.
En el Mediterráneo, las campañas italianas habían revelado, además, los límites del Eje. Las fuerzas de Mussolini retrocedían en el norte de África ante la ofensiva británica, mientras que en los Balcanes el ejército griego había rechazado la invasión italiana y llevado la lucha hasta Albania. Hitler conservaba la iniciativa, pero debía sostener a su aliado y evitar que las dificultades de este alteraran el equilibrio militar de la región.
Las victorias de 1940 habían creado así una situación contradictoria. Alemania dominaba el continente, pero no había derrotado a Gran Bretaña; Italia necesitaba ayuda y el sudeste europeo se convertía en una preocupación creciente. Al mismo tiempo, los mandos alemanes preparaban en secreto la campaña contra la Unión Soviética ordenada por Hitler desde diciembre.
En esa situación, el régimen hablaba cada vez más de un “Nuevo Orden” europeo. La expresión prometía dejar atrás las rivalidades nacionales y la influencia británica, pero encubría una Europa construida en torno a la supremacía alemana. En los territorios ocupados, aquel orden ya significaba gobiernos subordinados, economías explotadas, desplazamientos de población y una jerarquía racial que determinaba quién podía formar parte del futuro imaginado por el nacionalsocialismo.
La persecución de los judíos ya formaba parte visible de aquel orden. En Alemania y en los territorios incorporados al Reich habían sido privados progresivamente de derechos, propiedades y medios de subsistencia. En la Polonia ocupada, cientos de miles estaban siendo concentrados en guetos, separados del resto de la población y sometidos al hambre, las enfermedades y el trabajo forzado.
El 30 de enero de 1941, la principal ceremonia del octavo aniversario de la toma del poder se celebró en el Palacio de los Deportes de Berlín. El discurso comenzó a las cuatro y media de la tarde, más temprano de lo habitual, debido al riesgo de incursiones aéreas británicas.
Durante buena parte de su intervención, Hitler volvió a narrar la historia del movimiento nacionalsocialista, atacó a Gran Bretaña y presentó las conquistas de 1940 como prueba de la superioridad del régimen. Al aproximarse al final, reunió las promesas militares, la reorganización de Europa y la amenaza racial dentro de una misma visión del año que comenzaba:
Y así entramos en el nuevo año con una Wehrmacht armada como nunca antes en la historia de Alemania. En tierra, el número de nuestras divisiones ha aumentado enormemente. Se ha mejorado su paga; la inmensa y singular experiencia de combate de mandos y soldados ha sido aprovechada y analizada. Se ha trabajado y se continúa trabajando sin descanso. El equipo ha sido mejorado y nuestros adversarios verán hasta qué punto.
En el mar, la guerra submarina comenzará en primavera. Y allí también advertirán que no hemos estado durmiendo. La Luftwaffe también se presentará debidamente ante ellos. Toda nuestra Wehrmacht forzará una decisión, de una u otra manera. Además, ha habido un enorme aumento en todos los ámbitos de nuestra producción. Lo que otros planean, nosotros ya lo hemos realizado. El pueblo alemán permanece sereno tras sus dirigentes, confía en su Wehrmacht y está dispuesto a soportar lo que la Providencia le exija, porque así debe ser.
Estoy convencido de que 1941 será un año histórico en la gran reorganización de Europa. El programa no puede ser otro que hacer el mundo accesible a todos, quebrar los privilegios de individuos, quebrar la tiranía de ciertos pueblos y la de sus dirigentes financieros.
Y, por último, este año contribuirá a asegurar las bases de un verdadero entendimiento internacional y, con ello, de una reconciliación entre las naciones.
No quisiera dejar de repetir la advertencia que formulé ante el Reichstag alemán el 1 de septiembre de 1939: que, si los judíos conseguían arrastrar al resto del mundo a una guerra general, entonces se habría acabado con los judíos en Europa.
Todavía pueden reírse hoy de esto, como antes se rieron de mis profecías. Los meses y años venideros demostrarán que, también esta vez, he previsto correctamente las cosas. Nuestra idea racial ya se apodera de un pueblo tras otro. Y espero que quienes hoy son nuestros enemigos reconozcan algún día a sus enemigos internos y formen con nosotros un solo frente: un frente contra la explotación judía internacional y la corrupción de los pueblos.
El año transcurrido desde el pasado 30 de enero ha sido un año de grandes éxitos, pero también de grandes sacrificios. Aunque el número total de muertos y heridos sea pequeño en comparación con el de guerras anteriores, el sacrificio pesa sobre cada uno de los afectados. Nuestro afecto, nuestro amor y nuestros cuidados pertenecen a quienes tuvieron que hacer esos sacrificios. Han sufrido lo que en materia de sacrificios sufrieron las generaciones anteriores a nosotros, pero cada alemán hizo también su sacrificio. La nación trabajó en todos los ámbitos y, sobre todo, la mujer alemana trabajó para sustituir al hombre.
Es la maravillosa idea de la comunidad la que rige a nuestro pueblo. Que esta idea se conserve con toda su fuerza será hoy nuestro deseo. Que trabajemos por esta comunidad será nuestro juramento. Que alcancemos la victoria al servicio de esta comunidad será nuestra fe y nuestra confianza. Y que el Señor Dios no nos abandone en esta lucha durante el año venidero será nuestra oración.
¡Alemania! ¡Sieg Heil!
La referencia al 1 de septiembre de 1939 pertenece a las propias palabras de Hitler y es incorrecta. La amenaza que estaba retomando había sido pronunciada ante el Reichstag el 30 de enero de 1939.
Si deseas saber más, lee Hitler: Speeches and Proclamations, 1932-1945 - The Chronicle of a Dictatorship (Vol. IV, 1941-1945) [Hitler: discursos y proclamaciones, 1932–1945 - La crónica de una dictadura (Vol. IV: 1941–1945)], de Max Domarus.
El “Nuevo Orden” fue presentado aquella tarde como una reconciliación entre las naciones. Hitler hablaba de abrir el mundo, quebrar privilegios y establecer un entendimiento internacional genuino. Pero la comunidad que describía no reconocía la igualdad entre los pueblos ni entre quienes vivían dentro de ellos. Solo podía construirse tras aceptar la supremacía alemana y las categorías raciales del nacionalsocialismo.
La amenaza contra los judíos no fue una digresión aislada al final del discurso. Formaba parte de la misma visión política. Después de atribuir la guerra a Gran Bretaña, a los intereses financieros y a supuestas conspiraciones internacionales, Hitler ofrecía a los pueblos europeos un enemigo interno en torno al cual debían reunirse. La reconciliación prometida desembocaba así en un frente racial que excluía a quienes el régimen ya perseguía y confinaba.
El 30 de enero de 1941, el Reich podía contemplar sus conquistas y seguir confiando en nuevas victorias. Sin embargo, las palabras pronunciadas en el Palacio de los Deportes mostraban que el futuro imaginado por Hitler no significaba el final de la violencia. El “Nuevo Orden” nacía de la conquista, de la exclusión y de la necesidad permanente de señalar nuevos enemigos.

Vista general del Palacio de los Deportes de Berlín durante la ceremonia celebrada el 30 de enero de 1941. La escenografía, los estandartes y la multitud formaban parte de la presentación pública de las victorias del régimen y del futuro europeo anunciado por Hitler. (Foto: Narodowe Archiwum Cyfrowe, 2-12176).
Adolf Hitler habla ante el Reichstag el 30 de enero de 1939. En este discurso formuló la amenaza antisemita que volvería a citar dos años después en el Palacio de los Deportes. (Fotograma: Bundesarchiv Filmarchiv, vía United States Holocaust Memorial Museum).

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