Una oración fúnebre para Stalingrado

Celebración en el Gran Salón del Ministerio de Aviación del Reich con motivo del décimo aniversario de la llegada de los nazis al poder, Berlín, 30 de enero de 1943. Ese mismo día, Hermann Göring pronunció desde el ministerio el discurso radiado en el que vinculó Stalingrado con los Nibelungos y las Termópilas. (Foto: Ernst Schwahn / Bundesarchiv / Bild 183-J05038).
El 30 de enero de 1943 se cumplían diez años desde que el presidente Paul von Hindenburg había nombrado a Adolf Hitler canciller de Alemania. Durante la década anterior, el régimen nacionalsocialista había convertido aquella fecha en una de sus grandes conmemoraciones: una ocasión para presentar la llegada al poder de 1933 como el comienzo de una nueva era y para reafirmar públicamente la unión entre partido, Estado y Führer.
El décimo aniversario llegaba, sin embargo, en circunstancias muy distintas. En Stalingrado, el 6.º Ejército llevaba más de dos meses cercado y el espacio que aún ocupaba entre las ruinas se había reducido drásticamente. La conmemoración seguía adelante, pero había perdido parte de su ritual habitual: el 29 de enero, el Ministerio del Interior anunció que aquel año no se celebraría la acostumbrada ceremonia de las banderas.
La crisis de Stalingrado pesaba sobre la fecha. Hitler optó por no comparecer personalmente ante una gran audiencia y las principales intervenciones públicas recayeron en Hermann Göring y Joseph Goebbels. Göring hablaría desde el Salón de Honor del Ministerio de Aviación del Reich; unas horas después, Goebbels ocuparía el Sportpalast.
La intervención pública de Hitler quedó limitada a una proclamación escrita. A las cuatro de la tarde, Goebbels subió al podio del Sportpalast para leerla ante el público reunido. Hitler no estaba allí, pero las palabras eran suyas:
En esta lucha, la más poderosa de todos los tiempos, no podemos esperar que la Providencia nos entregue la victoria como un regalo. Cada pueblo será puesto en la balanza, y aquello que resulte demasiado ligero caerá. El 1 de septiembre de 1939 declaré que, ocurriera lo que ocurriera, ni el tiempo ni la fuerza de las armas derrotarían a la nación alemana.
Los últimos diez años, por tanto, no solo estuvieron llenos de enormes logros en el trabajo pacífico en todos los ámbitos, de progreso cultural y recuperación social, sino también de hechos militares de una grandeza singular. Las victorias que la Wehrmacht alemana y sus aliados han obtenido en esta guerra no tienen parangón en la historia. Ante la certeza de que en esta guerra no habrá vencedores y vencidos, sino únicamente sobrevivientes y aniquilados, el Estado nacionalsocialista continuará la lucha con el mismo celo que el movimiento hizo suyo desde el momento en que comenzó a tomar el poder en Alemania.
Ya dije el 30 de enero de 1942 que cualquier débil puede sobrellevar las victorias, pero que es el destino el que primero pone a prueba a los fuertes con sus golpes. El invierno pasado, los dirigentes judíos de las plutocracias ya se regocijaban por el derrumbe de la Wehrmacht alemana, que a sus ojos se había vuelto inevitable. Las cosas se desarrollaron de otro modo.
Pueden volver a esperar lo mismo este invierno. Vivirán para comprobar que la fuerza de la idea nacionalsocialista es mucho mayor que sus anhelos.
Cuanto más dure la guerra, más unirá esta idea al Volk, le dará fe y aumentará sus logros. Esta idea inspirará a todos a cumplir con su deber. Destruirá a quien intente eludir sus obligaciones. Librará esta lucha hasta obtener un resultado claro, un nuevo 30 de enero, es decir, la victoria inequívoca.
…
Desde el norte hasta el desierto africano, desde el océano Atlántico hasta las extensiones del Este, desde el Egeo hasta Stalingrado, resuena un canto épico que sobrevivirá a los milenios.
Que la patria se mantenga digna de estas hazañas únicas y especialmente difíciles es un mandato de su honor. Así como hasta ahora ha realizado enormes aportaciones al esfuerzo de guerra en la ciudad y en el campo, el esfuerzo total de la nación debe incrementarse todavía más.
La lucha heroica de nuestros soldados en el Volga debe servir de recordatorio a todos de que cada uno debe hacer cuanto esté en su mano en la lucha de Alemania por la libertad, por el futuro de nuestro Volk y, en un sentido más amplio, por la preservación de todo nuestro continente.
Si deseas saber más, lee Hitler: Speeches and Proclamations, 1932–1945 – The Chronicle of a Dictatorship, Volume IV: The Years 1941–1945 [Hitler: discursos y proclamaciones, 1932–1945 – La crónica de una dictadura, vol. IV: los años 1941–1945], de Max Domarus.
La proclamación permitió que la voz de Hitler ocupara el centro del aniversario sin que él apareciera ante el público. Stalingrado, sin embargo, llevaba ya varios días incorporándose a un vocabulario distinto del de las grandes victorias de años anteriores.
Dos días antes, en un radiomensaje, Göring había colocado Stalingrado junto a Langemarck, el Alcázar y Narvik: a los tres primeros los asociaba con la audacia, la tenacidad y el valor; a Stalingrado, con el sacrificio.
El 30 de enero, aquella línea reapareció en un escenario público mucho mayor. El discurso fue transmitido por las emisoras alemanas y Hermann Göring, mariscal del Reich, tomó la palabra ante una audiencia militar. Al hablar de Stalingrado, recurrió a imágenes históricas y legendarias que ya circulaban en torno a la batalla:
De todas estas luchas gigantescas se alza ahora, como una imponente construcción monumental, Stalingrado, la lucha por Stalingrado. Algún día será considerada la mayor lucha heroica que se haya librado en nuestra historia. Conocemos un poderoso canto heroico sobre una lucha sin igual; se llama “La lucha de los Nibelungos”. También ellos estuvieron en una sala llena de fuego y llamas y apagaron la sed con su propia sangre, pero lucharon y lucharon hasta el último. Una lucha semejante ruge hoy allí, y todavía dentro de mil años todo alemán pronunciará con sagrado estremecimiento la palabra Stalingrado y recordará que allí Alemania, a fin de cuentas, estampó el sello de la victoria final, pues un pueblo capaz de luchar así tiene que vencer.
…
Mis soldados, la mayoría de vosotros habréis oído hablar de un ejemplo semejante en la grande y poderosa historia de Europa. Aunque entonces el número era pequeño, en último término no hay diferencia en el acto mismo. Pensad: han pasado milenios. Entonces, en un pequeño desfiladero de Grecia, un hombre infinitamente valiente y audaz se apostó con trescientos de los suyos: Leónidas con trescientos espartanos, de un pueblo conocido por su valor y audacia. Una mayoría abrumadora atacó una y otra vez. El cielo se oscureció por la cantidad de flechas disparadas. También entonces fue un asalto procedente del Oriente asiático el que se quebró allí contra hombres nórdicos. Jerjes disponía de un número enorme de combatientes, pero los trescientos hombres no cedieron ni vacilaron; lucharon y lucharon en un combate sin esperanza, sin esperanza en cuanto a su resultado, pero no en cuanto a su significado. Y entonces cayó el último hombre.
En aquel desfiladero se encuentra hoy una inscripción: “Caminante, si llegas a Esparta, cuenta que nos viste aquí yaciendo, como lo ordenaba la ley”. Eran trescientos hombres, camaradas míos. Han pasado milenios y aún hoy aquella lucha, aquel sacrificio, conserva su carácter heroico como ejemplo del más alto espíritu militar. Y algún día también se dirá: “Si llegas a Alemania, cuenta que nos viste yaciendo en Stalingrado, como lo ordenó la ley, es decir, la ley para la seguridad de nuestro pueblo”.
Si deseas saber más, visita thersites, vol. 10 (2019), artículo “Leonidas in Stalingrad. Gebrauch, Wirkung und Wahrnehmung antiker Motive und Mythen in der 6. Armee”, de Loretana de Libero, pp. 1–49, que analiza el discurso de Göring y reproduce el pasaje de las Termópilas conservado en el Deutsches Rundfunkarchiv, 52/8920.
El discurso no quedó confinado al salón donde había sido pronunciado. La radio lo llevó por Alemania, por los territorios ocupados y hacia los frentes, mucho más allá de Berlín. También llegó a Stalingrado.
Entre quienes se reunieron alrededor de un receptor para escuchar la transmisión estaba Joachim Wieder. Separado con un pequeño grupo de oficiales del resto del estado mayor de su cuerpo de ejército, mantenía contacto con una división suaba cercana cuya sección Ic, encargada de la inteligencia sobre el enemigo, había logrado conservar un receptor de radio del Ejército:
Formaba parte de mis deberes reunir toda la información posible sobre la situación. Por esa razón mantenía un estrecho contacto con el estado mayor de una división suaba que durante mucho tiempo había estado bajo nuestro mando y que se había atrincherado cerca, en un laberinto de búnkeres. Allí era visitante habitual de mis antiguos conocidos de la sección Ic. A pesar de toda la destrucción del equipo, habían conseguido salvar un receptor de radio del Ejército que ahora nos prestaba un buen servicio.
La mañana del 30 de enero reinaba en el búnker de la sección Ic el habitual ambiente fúnebre. El jefe de la sección, un capitán de baja estatura que siempre había sido pesimista, estaba aún más sombrío y ensimismado que de costumbre; su ordenanza, un hombre alto, que sufría intensamente de hambre y había envejecido visiblemente, mascaba sus habituales granos de maíz, que siempre llevaba consigo en una bolsa que guardaba celosamente. La estancia estaba llena de oficiales del estado mayor y de otros procedentes de los sótanos vecinos. Como yo, habían venido a escuchar el anunciado discurso de Göring. Nadie esperaba nada en particular, pues ya no quedaba nada que esperar. ¿Escucharía Alemania aquel día la verdad desnuda sobre nuestra catástrofe aquí, en el Volga? Quizá pudiéramos obtener al menos algún pequeño consuelo de aquel discurso para nuestros camaradas ausentes.
La música festiva de marcha procedente del Ministerio de Aviación de Berlín, que inauguraba el décimo aniversario del Tercer Reich y sonaba por el altavoz del búnker entre las ruinas de Stalingrado, formaba un curioso contraste con la atmósfera de fatalidad que nos rodeaba.
Pronto resonó la voz de Göring. Durante el largo discurso quedaba ahogada de vez en cuando por las explosiones cercanas de bombas y proyectiles que hacían temblar nuestro búnker.
…
Durante aquel discurso, lleno de frases vacías y mentiras, desbordado de glorificaciones y elogios histéricos, la actitud de los presentes, profundamente desengañados e indignados, se volvió cada vez más hostil. Las miradas, los gestos y las palabras a nuestro alrededor mostraban inequívocamente la ira que crecía en los ánimos. Quien todavía hubiera confiado en la promesa de ayuda desde el exterior tenía ahora que comprender, con creciente horror, que en casa, donde los familiares aún esperaban reunirse con ellos, los combatientes de Stalingrado habían sido definitivamente dados por perdidos. Todos sentimos que habíamos escuchado nuestra propia oración fúnebre antes de tiempo.
…
¿No debieron de clavarse como puñales en el corazón de nuestros seres queridos en casa las palabras de Göring y arrebatarles toda esperanza, ahora que se encontraban sumidos en la más angustiosa inquietud por nuestras vidas? ¡En casa nos habían declarado muertos!
…
¡Dados por perdidos y declarados muertos en casa! Esa fue la impresión demoledora que el discurso de Göring en Berlín produjo en nosotros, los hombres que todavía seguíamos vivos en el infierno de Stalingrado. Era un último y cínico llamamiento, una orden para que fuéramos héroes espartanos hasta el final.
Si deseas saber más, lee Stalingrad: Memories and Reassessments [Stalingrado: memorias y reevaluaciones], de Joachim Wieder y Heinrich Graf von Einsiedel; el pasaje de Wieder pertenece al capítulo “We listen to our own Funeral Oration” [“Escuchamos nuestra propia oración fúnebre”], pp. 106–109.
El décimo aniversario obligaba al nacionalsocialismo a encontrar un uso político para una clase de experiencia que sus años de victorias no habían exigido con la misma urgencia. Si ya no podía prometerse el triunfo inmediato, todavía podía exigirse obediencia; si la pérdida amenazaba con resultar incomprensible, podía revestirse de deber, honor y sacrificio.
Los Nibelungos y las Termópilas permitían efectuar esa transformación antes de que la situación hubiera llegado siquiera a su desenlace. No se trataba solamente de explicar Stalingrado, sino de decidir de antemano cómo debía ser recordado. La guerra empezaba así a exigir una propaganda capaz de apropiarse también de la derrota y convertirla en una razón para continuar.
Pero había algo especialmente brutal en aquella anticipación. Los héroes de la leyenda y de Esparta pertenecían ya al mundo de los muertos; los hombres llamados a imitarlos seguían pasando hambre, compartiendo refugios, esperando noticias y escuchando la radio. Desde Berlín ya se pronunciaba el epitafio; dentro del cerco todavía quedaban hombres para escucharlo.

Soldados soviéticos combaten entre las ruinas de Stalingrado, enero de 1943. A medida que el perímetro ocupado por las fuerzas alemanas se reducía, los combates continuaban entre edificios destruidos y posiciones improvisadas. (Foto: fotógrafo no identificado / TASS / ADN-Zentralbild / Bundesarchiv, Bild 183-P0613-308).
%2C%20un%20piloto%20de%20Mosquito%2C%20y%20su%20navegante%2C%20o.jpg)
El oficial de vuelo A. Whickham (izquierda), piloto de Mosquito, y su navegante, el oficial piloto W. Makin, fotografiados en la Sala del Consejo del Aire del Ministerio del Aire, Whitehall, el 31 de enero de 1943. El día anterior habían participado en el primer ataque diurno de la RAF contra Berlín; seis Mosquitos de los escuadrones 105 y 139 realizaron dos incursiones programadas para coincidir con las transmisiones de Göring y Goebbels. (Foto: B. Bridge, fotógrafo oficial de la RAF / Imperial War Museums / Air Ministry Second World War Official Collection, CH 8522).

Un Mosquito de la RAF aparece sobre el barrio gubernamental de Berlín en el afiche británico Into Action. La ilustración de Jobson formó parte de la propaganda destinada a los ataques diurnos de la RAF contra la capital alemana. (Jobson / H.M. Stationery Office / Imperial War Museums, Art.IWM PST 14882).

%20Large.png)







